La misteriosa Nijolė Šivickas, una mamá particular

La fuerza de la artista lituana que enviudó cuando Antanas Mockus tenía catorce años, marcó la vida del líder político quien la despidió junto a unos muy pocos amigos

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Septiembre 14, 2018
La misteriosa Nijolė Šivickas, una mamá particular
Foto: Cromos/Daniel Álvarez

En un hospital en Stuttgart, Alemania, la joven estudiante de bellas artes Nijolė Šivickas buscaba modelos para inspirarse. Quería recrear cuerpos enfermos. Allí encontró a un joven de 25 años, Alfonsas Mockus, quien padecía una tuberculosis severa que le aseguraba pocos meses de vida.  Nada la detuvo y las sesiones de dibujo avanzaron. Alfonsas parecía revivir. “Usted hace milagros” le dijeron los médicos. Un año después salía del sanatorio. Empezaba una nueva vida al lado de Nijolė, quien como tantos otros lituanos se resistía a vivir en un país invadido por Stalin. Era 1948.

Colombia apareció en el horizonte como de uno de los países recomendados por la ONU para quienes padecieran tuberculosis y los Mockus tomaron rumbo Bogotá, la capital a 2.600 metros de altura. Era la oportunidad para Nijole de dejar atrás su trabajo en una fábrica de municiones. Quería pintar, esculpir.

Desembarcaron en Puerto Colombia, en el caribe colombiano. Con la ayuda de tres sacerdotes ortodoxos los casi 600 lituanos que llegaron a Colombia en 1950 lograron ubicarse en tres ciudades, Barranquilla, Bogotá y Medellín. Alfonsas había estudiado ingeniería por correspondencia y quería conseguir trabajo pero la situación económica del país, que aún vivía el cimbronazo del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán y atravesaba el primer periodo de una época conocida como La violencia, era nefasta. La situación de la pareja era tan crítica que compartían un pequeño apartamento en el centro de Bogotá con Arankas, un filólogo clásico que también había emigrado de Lituania.

El 25 de marzo de 1952 nació el primer hijo de la pareja, Aurelijus Rutenis Antanas. Tiene tres nombres porque cada uno de los miembros de la casa escogió el que le parecía mejor. Su papá le puso Aurelijus, el amigo filólogo Rutenis y su mamá Antanas. Él se quedaría con el nombre que le dio Nijolė. Ese mismo año se comercializa la Isoniacida, el fármaco más eficaz para combatir la tuberculosis. Alfonsas estaba salvado.

Todas las versiones convergen en una sola: Antanas era un niño diferente. A los dos años sus papás le leían cuentos de Chejov que él increíblemente aprendía. En el rebusque la pareja de lituanos vivían de hacer letras en icopor para colegios. Las que quedaban mal se las lanzaban al suelo y el niño empezaba a armar palabras. Nijolė logró ilustrar algunas de las historias que salían en la revista Cromos y por esa época trabajó en el taller del alfarero lituano radicado en Bogotá Juozas Bagdonas. En 1955 expondría por primera vez su obra en el Museo Nacional. La situación de la familia cambiaría completamente cuando, después de estudiar ingeniera por correspondencia,  Alfonsas consiguió trabajo como jefe de metalmecánicos en la empresa Distral. Antanas entonces pudo ingresar al Colegio Francés y Nijolė se dedicó de tiempo completo a desarrollar su obra como ceramista y escultora sobre todo después de que su maestro Bagdonas le heredera su taller en Quinta paredes después de que este se radicara en Nueva York.

La vida familiar tendría un giro trágico cuando en 1966 el avión de Avianca en el que viajaba Alfonsas cayó al mar después de despegar en Santa Marta. Después de un entierro simbólico en el cementerio alemán de Bogotá Nijolė le dijo a un Antanas de 14 años que ahora, además de estudiar, tendría que trabajar. Nadador avezado el único deporte que haría sería el de transportar las inmensas esculturas que su mamá esculpía. A ese continuo ajetreo es que Antanas le atribuyó sus portentosos antebrazos.

Desde ese momento la relación de Antanas y su madre fue casi una relación de maestra y alumno. Ella fue tal vez su crítica más despiadada y su apoyo más firme en momentos difíciles como la derrota en las presidenciales del 2010 o en la enfermedad que combate. Ella fue la única razón por la que no se quedó en París cuando fue a estudiar allá a mediados de la década del setenta. De esa época queda un intercambio epistolar que, los pocos que lo han leído, afirman vale la pena publicarse.

A Nijolė nunca le gustaron las fotos ni la exposición pública. No dio entrevistas y, además de las que tenía con su hijo, las únicas conversaciones que tenía era con su pipa. Era una hormiga que se movía incansablemente todo el día y que hablaba en parábolas. Un personaje de cuento, la llama que iluminó a Antanas hasta el pasado 13 de septiembre cuando se apagó a los 92 años. No sólo se va la mamá del senador sino una de las artistas más enigmáticas que ha desarrollado su obra en el país. Las claves para entender su vida quedaron plasmadas en las esculturas que dejó.

 

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