La misteriosa enfermedad que derrotó a Leonardo Favio

El cantante argentino que falleció en 2012 recuperó su fama en Colombia por la imitación en Yo me llamo. Crónica de un artista incomprendido

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enero 21, 2022
La misteriosa enfermedad que derrotó a Leonardo Favio

Era otoño en Buenos Aires. El barrio de la Recoleta se llenaba de hojas amarillentas. En el tercer piso de un edificio art decó me abrió una joven. El apartamento olía a madera y el silencio era casi monacal. Al fondo, en un estudio, con su pañoleta, estaba Favio. Ese día de octubre del 2007 no era la primera vez que veía en persona a uno de los artistas más versátiles del continente.

La primera vez era un niño de cuatro años al que una mamá hincha furibunda de Leonardo Favio. En esa época, 1983, la música para planchar no se llamaba así. Era algo parecido al pop para un país como el nuestro, perdido entre montañas, demasiado lejos de todo. Así que Miguel Bosé, Juan Gabriel, Nicola di Bari, Perales, Camilo Sesto, Raphael y Favio eran como dioses del Olimpo. Fue en la cancha Toto Hernández. Hacía el mismo calor devastador de siempre y él, imperturbable, salió de negro, la cara blanca y limpia, como la cera. Esa fue la primera vez que, además, vi a mi mamá llorar.

Yo en esa época no sabía que se llamaba Fuad Jorge Jury Olivera, que era un hijo de un emigrante sirio que lo abandonó en Buenos Aires cuando tenía 5 años y que, inspirado en ese evento escribió y dirigió Crónica de un niño solo, una película que es el equivalente en Latinoamérica a Los 400 golpes de Truffaut. Mi mamá se vino a enterar mucho después que buena parte de la fortuna que Favio hizo con las canciones se la gastó en sus filmes, tan personales y duros, tan poco comerciales que siempre le costó trabajo conseguir financiación. Y sin embargo dejó una de las filmografías más sólidas y entrañables del continente.

Por esa razón había ido a visitarlo. Para hablar de su faceta de director en una entrevista que después se publicaría en la Revista Arcadia. Favio acababa de cumplir 70 años y se veía fuerte a pesar de todos los rumores que hablaban de su salud. La salud de Favio, como la de Sandro, siempre fue frágil. Se tejían muchos rumores alrededor de ella. Unos decían que era polineuritis melaminosa, derivada de una hepatitis C, que tenía todas las características de uno de los padecimientos que sufría el cineasta: rigidez muscular que terminaba con los pacientes reducidos a una silla de ruedas. Sin embargo esto había que descartarlo, Favio se levantó a saludarnos, incluso con una inmerecida efusividad.  Otros le achacaban a una enfermedad nerviosa y había unas versiones que hablaban de cáncer linfático. No le toqué el tema, estaba impactado por ver su brillo, su sonrisa que lo volvía a convertir en ese joven hermoso que había visto en Cúcuta. Además, sabía cuál era la respuesta que daba cada vez que le preguntaban por su salud: “Me duele todo pero sería jodido que me doliera el alma. Por suerte todavía está intacta".

Favio no quería hablarnos del pasado sino de la película que estaba por estrenar en ese momento, la monumental Aniceto que terminaría siendo su canto del cisne. Gracias a los pases de prensa los críticos porteños ya habían regado la voz: Aniceto era una película única, monumental, que alcanzaba a cubrir la ambición de un artista que se exigía, siempre y sin atenuantes, las cotas de calidad más altas. Sin embargo, al poco tiempo, Favio empezó a hablar de su proyecto más soñado, sacó de una de las gavetas una galerada que ya tenía lista, se llamaba El mantel de hule. Decía que no había más latinoamericano que un mantel de plástico en la casa de los más humildes. Mi mamá tampoco sabía que Favio era un hombre político.

1972, Juan Domingo Perón, el ángel de los descamisados, de los que no tenían nada, regresaba a la Argentina después de un largo exilio en Madrid. Favio, convencido peronista, acompañó en el chárter que condujo del aeropuerto de Barajas al de Ezeiza. Aunque el peronismo fue solo un espejismo que se diluiría rápidamente por culpa de la bota militar, el cantante nunca claudicó en su intención de ver un gobierno enfocado en los pobres. El testimonio de Favio quedó plastamado en el mítico documental Perón, sinfonía de un sentimiento. Si ustedes quieren ver que significa el peronismo para los argentinos deberían ver ya uno de los documentales más importantes que se han hecho en Latinoamérica, a la altura de La batalla de Chile de Patricio Guzman o La hora de los hornos de Pino Solanas.

Por eso, cuando lo conocí, no me extrañó que fuera un irredento seguidor del entonces presidente Nestor Kirchner y su esposa Cristina, quien en esa época era la senadora más dura del peronismo.

La carrera de cantante de Favio tardó en despegar. Él creía que al principio intelectualizaba demasiado las canciones, que le faltaba la sencillez que podía tener su colega y paisano Leo Dan. Intentó simplificarlo todo y por eso alguna vez nació con este verso entre los labios:

Hoy corté una flor

Y llovía y llovía

Y entonces todo explotó. Se presentaba en la Botica del Ángel, del empresario Bergara Leumman. Acá una imagen de lo que era Favio en los sesenta:

Pasamos toda la tarde no hablando de cine sino de Colombia, de sus años en Pereira, en donde sigue siendo el último rock star. Nos sirvió vino pero él no tomó. ¿Quién sabe que dolores lo atormentaban? ¿quién sabe qué esfuerzo sobre humano hacía para aguantar de pie? Nos invitó al estreno oficial de Aniceto en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. Fue hace tanto tiempo que ya no recuerdo nada. Lo que se es que ya estaba en Colombia cuando me enteré que lo habían internado en el Sanatorio Anchorena y que, después de estar varias semanas enfermo, murió de neumonía el 12 de noviembre del 2012.

Es una bocanada de aire fresco, realmente esperanzador, que su nombre sea tendencia en Colombia gracias a un reality. El legado de Favio, sus películas, su música, está asegurado. Favio es eterno.

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