La médica de la Nacional que se entregó a salvar vidas guerrilleras

Formada al lado del Mono Jojoy, Laura Villa organizó en la selva hospitales móviles y preparó 700 enfermeros para asegurar la atención en todas las FARC

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enero 29, 2017
La médica de la Nacional que se entregó a salvar vidas guerrilleras

Ese invierno del 2003, las bombas del Plan Colombia arreciaban sobre el bloque oriental de las Farc. Jorge Briceño, alias el Mono Jojoy, atendía desde su búnker a los heridos que dejaban los bombardeos. Su obsesión había sido entrenar la mayor cantidad posible de enfermeros y no depender de médicos externos que permearan la seguridad del frente que comandaba. Su diabetes le impedía la cicatrización de las heridas que a diario le proporcionaban las caminatas de diez horas por la selva. De las únicas personas que se dejaba aplicar la insulina diaria era de las siete mujeres que lo acompañaban y le servían de guardia. Necesitaba alguien que hubiera pasado por la universidad, que pudiera enseñarle a los guerrilleros como extraer una bala, como sacarle el comején a un palo, encenderlo y calmar el dolor insoportable que deja la picadura de una raya. Ese año, en medio de la zozobra y las urgencias de la guerra, apareció la persona que esperaba: Laura Villa.

Había estudiado nueve semestres de medicina en la Universidad Nacional, una de las mejores facultades del país, cuando optó por la guerrilla. Decidió levantarse en armas para protestar con su ejemplo contra la humillación a los pacientes, sobre todo a los más pobres, en los hospitales y de ver arrumado el dolor en los pasillos de las urgencia; una rabia frente a la indolencia que se transformó en rebelión.

Empezó como líder estudiantil en Tunja y llego con bríos a la Nacional, donde entrar a la facultad de medicina era un desafío académico, a dar la batalla desde el primer día por el acceso a la salud y a la educación para cualquier colombiano. Las protestas, los repetidos paros de cada semestre y los enfrentamientos con la policía empezó a verlos inútiles y en las navidades del 2001 tomó la decisión más drástica de su vida.

Enterrada en una vereda de Boyaca en donde se había internado a cumplir el año rural, tuvo su primer contacto con la guerrilla. Recién se rompían las negociaciones entre las FARC y el gobierno de Andrés Pastrana en el Caguan, y a sabiendas de que tenía por delante camino de dificultades y riesgos, Laura Villa no titubeó: le había encontrado un nuevo sentido a su vida. Tenía 23 años.

La lesmaniasis y el paludismo no la mermaron tanto como comprobar el machismo que gobernaba la tropa guerrillera que se le atravesaba incluso a la posibilidad de ejercer su profesión. La posibilidad de una deserción empezó a ocupar sus cavilaciones nocturnas hasta cuando se topó con el Moño Jojoy en el mayo del 2003

Briceño, el comandante el Bloque Oriental, había defendido, más de diez años atrás, en la VIII Conferencia de las Farc de 1993, la necesidad de garantizar un Presupuesto para la salud para atender los problemas recurrentes nacidos en la agreste selva, las heridas ocasionadas por los combates, además de las enfermedades derivadas de la guerra bacteriológica desatada por el ejército con los bombardeos. El Secretariado en la VIII Conferencia de 1993 aprobó además recursos para poderse ocupar de los Inválidos de guerra.

La energía, la destreza y los conocimientos le confirmaron a Jojoy que había finalmente encontrado la persona que buscaba. Con la médica Villa había llegado el momento para iniciar el plan que se había trazado de hospitales móviles y de formación de enfermeros. Además ella se convirtió en la persona para atenderlo de sus graves dolencias. Los ocho años que compartieron fueron los mismos de la Seguridad democrática del Presidente Uribe que se propuso golpear el Bloque Oriental hasta su eliminación. Al tiempo que huían del cerco militar, Jojoy, seguro de su plan de resistencia, organizaba cursos de formación de todo tipo, incluidos los de enfermería. Bajo su tutela, Laura Villa preparó 700 guerrilleros que se convirtieron en enfermeros, médicos, odontólogos, bioanalistas, radiólogos, farmaceutas y hasta cirujanos. Ya en el 2009, y sólo en casos excepcionales, cuando la gravedad lo exigía, los guerrilleros debían dejar sus campamentos para ser atendidos.

Con un sentido del humor siempre encendido, Briceño no sólo era el comandante de la médica sino su consejero. Fue él quien le recomendó escribir a su mamá en Tunja para avisarle, después de seis años de ausencia, que estaba viva. En esa carta le contó que se sentía satisfecha, que no había disparado una bala y al contrario había salvado cientos de vidas y que de ella dependía la atención de salud de  80 frentes guerrilleros.

En agosto del 2010 las bajas que arrastraban desde el gobierno Uribe se traducían en incomunicación entre los frentes. Los bombardeos la aislaron del campamento donde estaba el Mono Jojoy a quien la diabetes le impedía caminar. Noche y día era custodiado por una guardia de ocho mujeres formadas por Laura.  El 20 de septiembre, una bomba teledirigida a un chip que le habían incrustado en una bota, terminó con la vida del Mono Jojoy. Laura Villa se enteró dos días después. No se amilanó. Tenía el suficiente prestigio y respeto del Secretariado y ya, hacía años, su condición de mujer había dejado de ser un obstáculo. Levantó la cabeza y continuó con sus tareas.

En abril del 2013 ya fue convocada para formar parte de la negociación de La Habana. Las guerrilleras habían empezado a tener voz y las lideraba Victoria Sandino. Viajó con Ignacio Ibañez después de haber superado el riesgo en que los colocó el ex Presidente Uribe al entregarle al ejército las coordenadas geográficas del lugar donde iba a ser recogida por la Cruz Roja Internacional.

Tres años después, cuando se avanza en la implementación de los Acuerdos y los guerrilleros se preparan para en reintegración a la vida civil piensa, desde la zona de transición veredas del Catatumbo, como una gran ironía, que en términos de salud, a juzgar por la atención que le ofrecen las Eps y el sistema de salud público a los guerrilleros, incluidos los comandantes, como sucedió con Pastor Alape , se estaba mejor en la guerrilla. No es la única que lo cree.

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