“La literatura se ha vuelto un atajo a la política”: Ricardo Silva

El escritor bogotano trata en su última novela Rio Muerto el sufrimiento de mujeres que vivieron la perdida de hijos, hermanos, esposos en el conflicto armado.

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septiembre 19, 2020
“La literatura se ha vuelto un atajo a la política”: Ricardo Silva

Los caminos para llegar a la literatura son infinitos, en el caso del escritor Ricardo Silva Romero no fueron las típicas obras clásicas del arte, la música o el teatro. Fueron los comics, el fútbol y las películas de los quioscos de la Bogotá ochentera.

De su vida –y obsesiones- se sabe todo lo que él ha querido contar, y todo lo que su literatura nos ha permitido imaginar. Se sabe que tanto el cine como el futbol son experiencias que lo ponen “al borde de la silla” y que, aunque muchos digan que le ha devuelto el carácter literario al periodismo se abstiene de considerarse como tal.

Su primera casa editorial fue El Aguilucho, la revista del Gimnasio Moderno donde es recordado por tener un crudo e ingenioso sentido del humor, habilidad que además comparte con uno de sus directores de cine favoritos: Alfred Hitchcock.  Fue justamente en “la ventana indiscreta” de 1954 donde descubre que “partir de un personaje y espiarlo en el peor día de su vida” podría ser perfectamente una síntesis de sus obsesiones; una idea presente en algunos personajes de la obra de Ricardo quien los retrata en sus momentos menos afortunados.

La ventana indiscreta, 1954 de Alfred Hitchcock, una de las películas más vistas por Ricardo.

Recuerda que era intimidante ver a su hermano mayor Eduardo de 13 años leyendo Crimen y Castigo mientras él veía “todo tipo de barbaridades” que vendían en un quiosco de películas de la 100 con 7ma. Cuenta que le costó mucho salir de la televisión y el cine porque fue a lo que dedicó gran parte de su infancia: “Yo he visto películas y películas y películas desde que tengo memoria. Eso soy. Eso estudié. Ahí vivo. Temo a los baños públicos solitarios por culpa de Testigo en peligro.” escribe en su última columna sobre cine.

Pero su cinefilia no es nueva para nadie; bien conocido fue su trabajo como crítico de cine en Semana, durante 12 años. Sin embargo, para haber escrito tanto antes de los 39 se necesita más que una influencia cinematográfica: había una verdadera obsesión por contar historias, oficio que de paso le permitió aprender a vivir su propia vida como ficción, como es el caso de Walkman (2012) una autobiografía donde descubre que todas las desgracias de la familia son producto de un trabajo de brujería.

Ricardo tampoco pudo no obsesionarse con la experiencia de la sala oscura y la gran pantalla: “me acuerdo que tenía tres años y fue muy impresionante ver esa pantalla grande. Esa situación me dejo siempre con ganas de vivir ese momento” comenta en su texto sobre Carlos Mayolo, donde recuerda que siendo un niño se resistía con pataletas a salir de la sala de cine después de haber estado todo el día en ella.


Teatro Palermo que se ubicaba en la calle 45 entre carrera 13 y avenida Caracas; hoy  convertido en un local de billares. Foto archivo de teatros de Bogotà 1897-1940.

En su biografía sobre Woody Allen, Ricardo señalaba que el director sufría de una infinita incomodidad con el mundo que le llevó rápidamente a refugiarse en la ficción. En su caso la ficción más que un refugio se convierte en el lugar desde el cual ha ido creando una posición crítica del mundo que habita: “todo lo que está pasando tarde o temprano va a llegar a la ficción”, comenta en entrevista con Álvaro García.

En entrevista con Camilo Hoyos, señala que los escritores de su generación se han bajado del pedestal y le han devuelto a la literatura su cercanía con el mundo, de paso haciendo cada vez más de la literatura un atajo a la política. En su última novela Rio Muerto, una de sus obras más urgentes y más personales, trae a Hipólita, el personaje que encarnara a todas las mujeres que vivieron la perdida de hijos, hermanos, esposos en medio del conflicto armado. Esta última novela reafirma la necesidad de la ficción, la imaginación y la memoria, para sobrevivir al drama de la realidad colombiana.

Después de terminar su maestría sobre cine en Barcelona aparecieron sus primeros guiones, y su primera obra fue una pieza para teatro titulada Podéis ir en paz (1997). Desde la fecha hasta hoy a escrito obras que lo han llevado a ser parte de una generación de escritores que esta sobre la marcha y que está representado la cultura urbana del país.

Aunque según él la cinefilia no tiene necesariamente toda la culpa de su literatura, del cine rescatará la idea más elemental sobre lo que es “narrar” el mundo: “traer a las personas hacia uno, llevarlas de un lado a otro.”

 

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