Opinión

La juventud, atrapada entre la violencia y la precariedad laboral

La huelga de los rappitenderos importa como fenómeno social y como ejercicio de un derecho humano fundamental: nuevas formas de trabajo crean nuevas y espontáneas formas de protesta colectiva, de huelga.

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agosto 18, 2020
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La juventud, atrapada entre la violencia y la precariedad laboral
Las víctimas más explotadas de la pandemia son los trabajadores de Rappi, que realizaron huelga nacional de 24 horas el 15 de agosto contra esta empresa. Foto:Twitter

En el contexto de una economía global construida sobre el individualismo y el egoísmo neoliberales que “fomenta y departe líricamente sobre un modo de vida basado en la competitividad, la meritocracia y la flexibilidad”, las mujeres y hombres jóvenes son las víctimas principales de estados debilitados, de educación superior privatizada y de sociedades con alto y permanente desempleo en el que ellos y ellas están condenados a la precariedad y la explotación laboral.

En Colombia, la vida de la juventud es peor porque a todas las dificultades económicas se le suma una violencia brutal, el reclutamiento forzado, miles caen en las redes del poderoso entramado de las economías ilegales. Mientras escribía esta columna llegaban las noticias de la masacre de nueve jóvenes en Samaniego Nariño, justo después de ver las dramáticas imágenes del funeral de cinco adolescentes masacrados en Cali, a los que ya miembros de la policía acusan de ser ellos mismos, las víctimas, los responsables de su propia muerte, otra vez el peor racismo tratando de lavar las culpas de los “blancos”.

En dos años del gobierno Duque se han cometido 42 masacres en nuestro país y eso debería indignarnos. Pero desafortunadamente hemos normalizado la muerte, sobre todo de las personas pobres, más si viven en el campo, peor si son afrodescendientes o indígenas. Pasa lo mismo con las personas que fallecen por Covid, más de 300 cada día. Se han vuelto cifras huecas. Y se nos olvida que podrían haber sido evitadas si se hubieran tomado las decisiones políticas necesarias, contundentes y oportunas, cosa que este gobierno no ha hecho.

A los jóvenes que no están asesinando o reclutando a la fuerza, los descargan en la precariedad laboral disfrazada de “emprendimientos”, una palabra vacía que un minuto de realidad deshace.

Por eso es tan heroico y tan justo, que, en medio de esta crisis económica y social, sus principales víctimas, las más explotadas o mejor casi esclavizadas, los trabajadores y trabajadoras de Rappi Colombia hayan realizado una huelga nacional de 24 horas el pasado sábado 15 de agosto contra esta empresa. Es solo el inicio de lo que puede ser una importante acción colectiva que transforme las relaciones de trabajo que encubre Rappi, a la par que una nueva forma de asociación y de protesta digital.

Esta huelga es el resultado de varias cosas que vienen sucediendo en el mundo del trabajo y sobre las que quiero proponer elementos para la reflexión y para un debate siempre inacabado.

Lo primero es la crisis del empleo y la crisis salarial.  El desempleo sigue creciendo, pero ojo, ya venía así desde antes de la pandemia, por lo que el virus, prácticamente le está sirviendo a Duque para esconderse en él. La crisis del trabajo es el desafío más duro al que nos enfrentamos en el corto plazo y eso demanda nuevas agendas laborales y económicas. Todas las ya probadas, especialmente no hacer nada más que rebajar salarios, fracasaron.

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La mínima protección que daba el Estado al trabajo se derrumbó. Ha crecido el rebusque y la flexibilización laboral ha trasladado a los trabajadores la carga de sobrevivir, a lo “sálvese quien pueda”

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 En segundo lugar, está el increíble aumento de la informalidad, del precariado. La mínima protección que daba el Estado al trabajo se derrumbó. Ha crecido el rebusque y la flexibilización laboral, se ha trasladado a los trabajadores y sus familias la carga de sobrevivir, a lo “sálvese quien pueda”.  Alrededor de este modelo económico de “libre mercado” se ha creado la teoría romántica del “espíritu libre que rechaza las normas de la antigua clase obrera” de la autonomía y del “emprendedor” que ha servido de eufemismo para esconder la explotación laboral.

El tercer asunto es el abismo existente entre la radical flexibilización del derecho laboral individual, especialmente de las formas de contratación y de despido, mientras el derecho laboral colectivo (sindicalizarse, negociar con el empresario o declarar la huelga) son normas grabadas en mármol desde hace casi un siglo, pensadas para un mundo laboral que ya no existe.

Por eso quiero destacar la última sentencia de la Corte Suprema sobre derecho de huelga que tan bien sustentó esta semana su ponente, la Dra. Clara Cecilia Dueñas en el marco de una formación virtual dirigida a trabajadores de la rama judicial. Sostuvo la magistrada que el derecho de huelga es un derecho humano y fundamental, que con esa decisión la Corte Suprema corrigió la postura que la definía como una “sanción”, recordando que el artículo 56 de la Constitución garantiza ese derecho de manera amplia. También dijo la magistrada Dueñas, que la huelga es un derecho que les corresponde no solo a los trabajadores subordinados, sino a todos los trabajadores sin distinción.

Por lo anterior, la huelga de los rappitenderos cobra gran importancia como fenómeno social, pero también como ejercicio de un derecho fundamental y humano. Pone de presente que, ante la flexibilización, la tercerización y la digitalización, surgen formas de trabajo diferentes a las típicamente subordinadas, que también crean nuevas y espontáneas formas de protesta colectiva, de huelga.

Y concuerdo con autores del derecho laboral y de la sociología del trabajo que vienen sosteniendo que el derecho de huelga debe protegerse de forma tan amplia, que cualquier afectación de la normalidad productiva (salvo el sabotaje), de resistencia colectiva, de protesta y de autotutela dirigida, ya sea contra las empresas o contra el gobierno, debe ser entendida como una manifestación del derecho de huelga y merece protección constitucional.

Ya el trabajo fabril, concentrado, centralizado que hizo posible la aparición de los sindicatos y las huelgas en el siglo pasado casi desapareció. Hoy, por eso también viene tomando fuerza el concepto de “fabrica social” para comprender que el trabajo puede darse hasta en la casa y que prácticas como el teletrabajo, pueden ser lugares para ejercer el derecho a la protesta, a la huelga, a la resistencia, como ya hemos dicho en este espacio varias veces.

¿Qué viene después de la huelga de rappitenderos? Creo que sin duda necesitamos un sindicato de trabajadores de plataformas, “una voz colectiva”, juvenil, bullosa, viva, para que a través de ella los trabajadores organizados se legitimen y lleven sus aspiraciones a un pliego de peticiones, que intenten con apoyo de clientes, abogados y otras organizaciones de trabajadores y de estudiantes una negociación para lograr que sus derechos humanos sean protegidos. Como, por ejemplo, el debido proceso a la hora de ser “bloqueados” en la aplicación.

Acompaño esta lucha. Acompañémosla, a la precariedad estamos siendo enviados por millones, no seamos indiferentes, “egoístas, prescindentes, frívolos, posmodernos” pues el costo de nuestra indiferencia para con los demás, es que, cuando vengan por nosotros, ya no habrá nadie que salga en nuestra defensa.

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