Opinión

La irrelevancia de los políticos: corrupción y elecciones

Congresistas que se burlan en la cara de la gente dejando de sancionar severamente a los corruptos, y un carretazo político monumental, la segunda vuelta para la Alcaldía de Bogotá

Por:
junio 23, 2019
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La irrelevancia de los políticos: corrupción y elecciones
El presidente de la Cámara, Alejandro Chacón lee el comunicado oficial sobre lo sucedido con el proyecto anticorrupción en la plenaria. Foto: Twitter/Cámara de Representantes

Se acerca el final del primer año del período del nuevo Congreso de la República. Elegido en el 2018, cuando la corrupción fue eje fundamental del debate político, este Congreso pasará a la historia como el que le dio la espalda a la lucha contra la corrupción. Quizás, la fórmula es innecesariamente grandilocuente, en realidad ningún congreso de Colombia ha pasado a ninguna historia. O bueno sí, diría que ese que aplaudió de pie a unos paramilitares que fueron a decir que ellos eran dueños de eso. La barbarie y la sangre de los más pobres de las regiones del país, homenajeadas en el congreso. Este de ahora, pensándolo bien, tendrá sus componentes históricos, al fin y al cabo, allá llegó Santrich que representa el enredo judicial más grande del “posconflicto” ante la mirada atónita de las mayorías que no entienden el circo, congreso también que tuvo el regreso de Petro a su mejor arena, el legislativo, y la consolidación de Uribe como presidente eterno desde el Senado, ante la parálisis total de Duque, su pupilo o su rehén, que no puede quejarse en todo caso, no habría llegado hasta donde está sin el eterno. Queda la consistencia de Robledo que, contra viento y marea, desde el período pasado se ha encargado de llevar al congreso el debate de Odebrecht. No es poca cosa, esa discusión fue fundamental para la renuncia del fiscal Martínez.

Habrá pues algo para la historia, pero no la lucha contra la corrupción. Increíblemente los congresistas, ayudados por el desorden habitual del gobierno Duque, echaron a perder la oportunidad de sancionar con mayor severidad a los corruptos. Ante la debacle, Duque desde algún país del mundo, anunciaba que todo volvía a empezar y Marta Lucía, desde otro lugar, que estaba triste. A los congresistas de la corrupción poco o nada les importa la indignación ciudadana. Después de pedir que se les agradeciera haber “trabajado” durante un partido fútbol fueron a celebrar con los mismos de siempre. Y, más allá de la molestia y la rabia de ver a los cínicos y los ladrones burlarse en la cara de la gente, no debería perderse de vista la pregunta más importante: ¿cómo es que a esos congresistas no les importa lo que piense la gente? La pregunta es fundamental porque la intuición elemental, y la justificación esencial, de la democracia que tenemos es que los políticos representan al pueblo.

 

 

A los congresistas de la corrupción poco les importa la indignación ciudadana.
Después de pedir que se les agradeciera haber “trabajado”
durante un partido fútbol,  fueron a celebrar con los mismos de siempre

 

 

Y no está funcionando, o nunca ha funcionado en realidad. Aunque, sin duda, en las elecciones presidenciales y, en algunas regiones, las elecciones para alcalde y gobernador suelen representar a partes importantes de la población, no es polémico concluir, una y otra vez, que el congreso, los concejos y las asambleas, representan intereses muy distantes de los de la “gente”. Representaron, por momentos, los intereses del paramilitarismo, los de algún sector económico, los de clientelas locales o, para decirlo de otra manera, representan los congresistas a otros políticos. Vean, por ejemplo, el ilustrativo caso del presidente de la cámara, el señor Chacón: es un representante de un criminal muy poderoso de Norte de Santander, Ramiro Suárez Corzo, y de César Gaviria, otro presidente eterno tras bambalinas que es más fácil. Su mentor, claro está, Germán Vargas Lleras, el más hábil de todos los políticos en representar otros políticos. Es decir, el señor Chacón es un tramitador de poderes de la periferia y un puente entre el centro político y la región. No es sorpresa, por supuesto, que su agenda no sea la lucha contra la corrupción. Basta con que cada uno piense cuántos concejales de su ciudad o diputados de su departamento conoce, de qué hablan y qué representan para darle más fuerza a la obviedad esa, la de que estamos llenos de políticos que representan políticos y no más.

En medio entonces de esta crisis que es constante de representatividad, nos metieron un carretazo de gran tamaño. En Bogotá, acostumbrada a carretazos empezando por el del metro que va en el render mil, los políticos salieron a decir que habían encontrado la solución a los problemas de la ciudad: crear una segunda vuelta para la elección de la alcaldía. Increíble. Una ciudad agobiada por problemas de transporte, de seguridad, con discusiones pendientes sobre el modelo de educación que quiere implementar, con la sombra aún no resuelta de la corrupción de Samuel Moreno y todos sus tentáculos, en fin, una ciudad con problemas importantes, está sometido a que sus políticos digan que el camino es hacer otra vuelta para elegir alcalde. Dicen que se resolvería la “gobernabilidad” del alcalde, término que ya se usa para cualquier cosa.

La evidencia es pobre. Veamos: el esquema complejísimo que proponen - toca tener 40 % de los votos y más de puntos sobre el segundo- es casi idéntico al que se usa en Argentina. Con ese esquema se eligió a Macri que cabalga ahora sobre una polarización total y con un gobierno con muy poco margen de acción. Más allá del enredo de las cuentas de votos, es evidente que, a nivel nacional, aunque Duque y Santos hayan sido elegidos en dos vueltas, las dificultades para gobernar se mantienen. Santos lo resolvió con puestos y contratos, la “mermelada”, y Duque no lo resolvió y entonces no gobierna, pero es obvio que el problema no es el número de vueltas de la elección. Dicen los políticos en Bogotá que la medida favorecerá acuerdos y coaliciones programáticos. Son estos mismos políticos los que viven en un país en el que el Partido Liberal, después de apoyar a Humberto de la Calle – la cabeza del acuerdo de La Habana y de monumental quemada en primera vuelta-, apoyó sin problema a Iván Duque, es decir a Uribe – el mayor opositor al acuerdo de La Habana-. Por supuesto, no fue un asunto de programa lo que primó en esa coalición entra la primera y la segunda vuelta. Fue lo que ya sabemos. Más sorprendente aún, dicen que la segunda vuelta favorece coaliciones y, lo que vemos ahora, es que por un lado ya lidera Claudia López una coalición a la izquierda con el petrismo y Miguel Uribe una coalición a la derecha con el uribismo. No hace falta segunda vuelta para que los políticos se organicen.

 

 

Una colombianada, pensar que una ley o un artificio electoral,
resuelve un problema de fondo político.
 Artificio que nos va a costar decenas de miles de millones de pesos

 

 

Una colombianada, pensar que una ley o un artificio electoral, resuelve un problema de fondo político. Artificio que nos va a costar decenas de miles de millones de pesos. Resulta, además, que en la misma Bogotá hubo alcaldes con inmensos consensos y generadores de profundos cambios en los años 90, sin segundas vueltas, pero sí con un discurso, una visión coherente y consistente. Es más, gran paradoja, con ese cuento de la segunda vuelta, probablemente no habrían llegado esos alcaldes independientes por fuera de la estructura tradicional del poder.

Por último, vamos pues para un escenario patético: mientras Bogotá preparará su segunda vuelta, en el resto del país habrá alcaldes y gobernadores elegidos en primera vuelta. Es decir, se acentuará la distancia política entre lo que ocurre en el centro y en la periferia. No han explicado los políticos como es que el problema supuesto de “gobernabilidad” de Bogotá se va a resolver en un departamento como Antioquia, muchísimo más grande geográficamente que Bogotá y con una población ligeramente inferior, o bien en ciudades como Barranquilla, Cali, Bucaramanga y otras más. Eso para no ir más lejos: no es claro porque entonces no deberíamos hacer segundas vueltas en cada lugar del país, así sea un pueblo pequeño. El centralismo total, ineficiente, burocrático.

El orangután con sacoleva de Darío Echandía. Mientras estos políticos nos dicen que el problema es de planchar el vestido en Bogotá, la corrupción se ríe en nuestra cara y en Tierralta, Córdoba, matan a la mamá en frente del hijo. El dolor y la irrelevancia total de los políticos y la política. La paradoja, la solución, solamente pasará por la política y los políticos, así no nos gusten, que entonces hay que cambiarlos.

@afajardoa

 

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