José Luis ‘Joche’ Zuluaga desafió a la élite de Barranquilla para seguir su pasión por el vallenato. Hoy el folclor llora al creador de 'La dueña de mi suerte'

 - La inesperada muerte de José Luis Zuluaga, leyenda del vallenato, a orillas del río Magdalena

La historia de José Luis ‘Joche’ Zuluaga León, quien falleció este domingo en su natal Mompox, es una oda a la convicción. Joche no solo fue un virtuoso del acordeón, fue un hombre que desafió las convenciones sociales de la Barranquilla de los años 70 y 80 para seguir el llamado del fuelle.

Criado en el icónico barrio La Campiña, en la crema y nata de Barranquilla, Zuluaga creció en el seno de una familia conservadora y prestante. Mientras sus hermanos optaron por la medicina —campo en el que hoy son eminencias reconocidas—, Joche decidió abrazar un instrumento que, para la época y en su círculo social, no gozaba del prestigio actual.

Su camino no fue sencillo. Se movió en la dualidad de pertenecer a una élite que miraba de reojo la música de acordeón, mientras él se convertía en un profesional del género, demostrando que el talento no entiende de clases sociales, sino de herencia y pasión.
Aunque su técnica era impecable, el nombre de Joche Zuluaga quedó grabado en letras de oro en la historia discográfica colombiana gracias a su unión con el cantante Ramiro Padilla.

Bajo el nombre de Ramiro y Joche, lanzaron al mercado un tema que se convirtió en un batacazo mundial: la dueña de mi suerte, de la autoría del guajiro Tico Mercado. Esta canción no fue solo un éxito radial, fue y es hoy un himno que rompió fronteras y se instaló en el olimpo de las piezas más reproducidas del vallenato, compitiendo en popularidad con los clásicos de Diomedes Díaz, Jorge Oñate o los hermanos Zuleta. Con este éxito, la pareja recorrió el mundo, llevando el sentimiento ribereño a escenarios internacionales.

En sus últimos años, Joche decidió devolverle a la vida lo que el acordeón le regaló. Se instaló en su amada Mompox, donde fundó la Fundación Musical Macondo. Allí, lejos de los reflectores, se dedicó a la enseñanza, transmitiendo el lenguaje del acordeón a los niños de la región. Su labor social dignificó el instrumento y aseguró que la tradición no se perdiera en el olvido.

Aunque un infarto lo sorprendió a orillas del Magdalena, donde su corazón latía al ritmo del río, Joche Zuluaga será sepultado en Barranquilla, la ciudad que lo vio crecer y donde inició su lucha por ser músico. Con su partida, nace la leyenda del momposino universal. Un artista que demostró que para ser un grande del vallenato hay que tener la valentía de romper moldes y la sensibilidad de conversar con las notas. Paz en su tumba, maestro. Su suerte ya tiene dueña: la inmortalidad del folclor colombiano.

También le puede interesar:

Sigue a Las2orillas.co en Google News

Anuncios.