A cuatro décadas del texto de García Márquez sobre la hecatombe atómica, la carrera armamentista no solo sigue en pie, sino que ha crecido exponencialmente

 - La humanidad sigue sentada sobre cuatro toneladas de dinamita al borde de un abismo
Texto escrito por: Lizandro Penagos

En agosto de este año El cataclismo de Damocles cumplirá 40 años. El texto, escrito por Gabriel García Márquez y leído por el premio Nobel de Literatura en la segunda reunión cumbre del Grupo de los Seis (G-6) que se celebró en Ixtapa, México el 6 de agosto de 1986, a pesar de su claridad estremecedora no ha servido para nada. Por lo menos no para detener la carrera armamentista. Dicho grupo, que duró lo que dura una buena intención en un alma llena de codicia, nada tiene que ver con el grupo homónimo conformado en 1975 por las seis principales potencias económicas del mundo (Francia, Alemania, Italia, Japón, Reino Unido y EE. UU.)  y que es el antecesor del G-7. No. Este G-6 lo conformaban Argentina, México, Tanzania, Grecia, India y Suecia; y estaba más condenado al fracaso que la intención de detener la hecatombe nuclear que provocaría una expansión atómica, pues lejos de haberse detenido, ha crecido exponencialmente.

Habían pasado sólo 45 días de la victoria 2-1 de Argentina sobre Inglaterra en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, durante los cuartos de final del Mundial en el que Maradona anotó los dos goles más históricos de su carrera: “La mano de Dios” y “El gol del siglo”, en solo cuatro minutos. Ese país, al igual que el planeta fútbol, estaba anestesiado. La reunión pasó casi desapercibida, aunque la delegación la encabezara el presidente de la campeona albiceleste, Raúl Alfonsín. Además —como suele ocurrir— escogieron Ixtapa, un lugar del estado de Guerrero (mal presagio) donde el turismo, los campos de golf y los morros para clavados, no dejan espacio para asuntos tan complejos. (En Sitges y Benidorm, dos ciudades costeras españolas, se definió el Frente Nacional). Un descalabro para la fecha: no se puede conmemorar el aniversario número 41 de la bomba de Hiroshima en un balneario.

La cuestión es que semejante perfección de texto en medio de aquella cumbre aciaga, se reseñó como otro encuentro de un puñado de locos que persigue una utopía y después se van a beber unos buenos tragos enfundados en sus camisas de lino. Un dato tan impresionante como el que señalaba que la potencia destructora de las más de 50 mil ojivas nucleares emplazadas en ese momento, equivalía a que cada ser humano estuviera sentado en un barril con cuatro toneladas de dinamita. Y añadía uno aún más conmovedor, que tenían la capacidad de destruir doce veces todo rastro de vida en la tierra e inutilizar cuatro planetas como el nuestro. Tan ha servido para nada esa escalofriante declaración abierta, que hoy sólo Rusia y EE. UU. tienen entre 12.000 y 15.000 ojivas nucleares cada uno. Francia, China, Reino Unido, Pakistán, India, Israel y Corea del Norte suman otro millar y material suficiente para construir más, si llegaran a necesitarlas. Así, ¡como cuando antaño los papás compraban buenas correas!

Si se detonaran, se podrían destruir todas las ciudades con más de 100.000 habitantes en la tierra y borrar de un soplo la mitad de la población del mundo, que moriría al instante. Y la otra mitad, al poco tiempo como consecuencia de sus devastadores efectos. Hoy, la mayoría son bombas de hidrógeno (termonucleares), miles de veces más potentes (50 megatones, es decir, 3.000 veces más letales) que la bomba lanzada sobre Hiroshima en 1945 (Little Boy fue de aproximadamente 16 kilotones) y Nagasaki (Fat Man fue de 21 kilotones). Más allá de la destrucción inmediata, una guerra nuclear total provocaría un invierno nuclear, afectando el clima global y la supervivencia de futuras generaciones. De ahí el peligro de tener a un loco a la cabeza de una gran potencia nuclear.

Entonces de nada ha valido ni valdrá que el mundo de desgañite gritando que detengan esa carrera, porque esa es la carrera del poder y en esa compiten sólo los poderosos que con miedo controlan el mundo para satisfacer las desaforadas fauces de su codicia. Lo mismo que hacen los supuestos ‘líderes del mundo’, lo replican los nuestros con una violencia arcaica, de sicarios pobres, fusiles obsoletos, sobrados vietnamitas y cilindros bomba llenos de metralla y mierda, que se esconden para matar civiles y no “enemigos”; y con esto sembrar miedo para cosechar un bienestar que venden a través de su pócima de seguridad. No se sabe quién está más enfermo mentalmente: si el que la ofrece o los que se la toman.

La humanidad no ha dejado de matarse nunca. Ha superado las tres grandes dificultades que impedían su desarrollo: la hambruna, la peste y la guerra. Hoy se produce comida para el triple de la población, pero un tercio de la misma no tiene acceso y, o sufre desnutrición, o muere de física hambre; hay cura para casi todo —menos para la muerte—, pero más de la mitad no tiene acceso a salud y medicamentos; y de nada han servido los espejos de todas las guerras anteriores y hoy se desarrollan más de 100 conflictos el mundo, porque las decisiones son políticas, económicas y no técnicas ni humanas, y matan más gente que todas las guerras juntas. Hoy el ‘mundo occidental’ se indigna y arma un escándalo mediático porque se cierra el estrecho de Ormuz y nadie dice nada porque se bloquea el cruce de Rafah para que no le llegué ayuda humanitaria Gaza. Importan más lo mercados que la gente y más el dinero que la vida.

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Por Nota Ciudadana

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