La historia en Colombia: ¿entre amos y esclavos?

Ilustra la relación de antagonismo entre los terratenientes y despojadores de tierra, llamados en algún tiempo como "los amos", y los indígenas como "los esclavos"

Por: Stella Ramirez G.
agosto 05, 2022
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La historia en Colombia: ¿entre amos y esclavos?
Imagen: Canva

¿Qué es el amo y el esclavo en Hegel?

Hegel escribe que el sujeto –el amo– se constituye cuando el objeto –el esclavo– acepta su condición. Esto implica muchas consecuencias. La primera es que la acción nace de la negación de ese vínculo de dependencia por parte del esclavo que quiere acabar con la supremacía del amo.

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El esclavo renuncia a su deseo para satisfacer el afán de dominación del amo, pero a la vez éste existe en la medida que es reconocido por su antagonista. Hegel escribe que el sujeto –el amo– se constituye cuando el objeto –el esclavo– acepta su condición. Esto implica muchas consecuencias. La primera es que la acción nace de la negación de ese vínculo de dependencia por parte del esclavo que quiere acabar con la supremacía del amo.

Y la acción no es otra cosa que deseo que genera un vacío, una nada que se materializa en algo tras el rechazo de lo existente. "El deseo es la presencia de una ausencia", concluye Hegel.

Esta reflexión puede parecer muy abstracta pero explica muy bien la esencia de la política y, sobre todo, ilustra la relación de antagonismo entre los terratenientes y despojadores de tierra, llamados en algún tiempo como "los amos", y los indígenas como los "esclavos", según siguen pensando [email protected] a quienes el 'talante' y el recuerdo mezquino y perverso esclavista de sus antepasados, sigue vivo, intacto, en sus mentes que, como una buena película les gustaría volver a mirar, es tanto que, aún quisieran ardientemente revivir la historia.

Leyendo en el muro de un amigo, al escritor Julio César Londoño, me pareció muy interesante compartir éste escrito:

La Casa Valencia

El papel de la Casa Valencia en la política colombiana ha sido espeluznante. A su lado, la Casa Arana, la de los caucheros de La vorágine, es una entidad de beneficencia. El registro de sus malos pasos empieza con Ignacio Muñoz. Suegro del poeta Guillermo Valencia y tatarabuelo de Paloma Valencia, Muñoz era de linaje de encomenderos. Tenía una gran hacienda, propiedad que incrementó limpiando montañas baldías con el trabajo de centenares de esclavos indios. Luego limpió sus tierras de indios arrojándoles jaurías de mastines amaestrados.

Coletilla:

El encomendero era un español o un mestizo de bien que recibía de la Corona española grandes extensiones de tierra con usufructo total sobre todo lo que allí hubiera: vegetales, minerales, ríos, animales e indios, que eran considerados poco más que animales; o menos, por su evidente falta de alma, hecho certificado por la solícita Iglesia católica. Los indios eran poca cosa, como hoy. El encomendero, un trigueño de peluca y tacones.

A los 50 años del garrote de la Conquista, siguieron los 250 años del garrote de la Colonia, empuñado por el virrey, el alférez y el encomendero.

Con la Independencia, los encomenderos cambiaron de nombre y se llamaron hacendados. Semántica revolucionaria…
La República no puso fin al desplazamiento, esa infamia que hoy prolonga una formidable minga mestiza (guerrilleros, paramilitares, policías, soldados, notarios y senadores).

El garrote no ha parado un solo día. Con todo, el pueblo indígena sigue en pie. Los indios tienen 300.000 hectáreas, “dos veces Bogotá”, dice con toda la boca el presidente, pero olvida explicar que esas tierras están en los páramos del sur y en los nevados del norte, en los esteros y en los manglares del litoral Pacífico, en las selvas del sur y del oriente del país y en los desiertos de la Guajira. 500 años de garrote no han logrado exterminarlos completamente pero sí arrinconarlos en las zonas más ásperas, olvidadas por Jehová y Bachué.

¿Tiene usted conocimiento de alguna chagra indígena en la parte plana de Cauca o del Valle o de los Llanos orientales o de las mejores tierras del Valle del Magdalena? Yo tampoco.

Un movimiento indígena “sedicioso” en el Cauca, que abarcó el periodo 1914-1918, fue reprimido violentamente por una liga de liberales y conservadores liderados por Ignacio Muñoz y el poeta Valencia. El poeta encerró al líder indígena Quintín Lame, lo escupió y lo golpeó en el calabozo. Lo llamaba “asno montés”. (El Espectador, julio 12 de 1924).

La poesía de Valencia, elegante y repleta de referencias europeas, evidencia su desprecio por todo lo que huela a criollo. En sus poemas no aparecen los Andes sino los Alpes. No hay camas sino ebúrneos triclinios. No hay lloronas ni patasolas sino mercurios y junos. No hay tabaco sino rapé. No hay chicha sino absenta. Y en lugar de caballos, lánguidos camellos de elásticas cervices que a grandes pasos miden los yermos campos de los Valencia, porque, hay que decirlo, los Valencia y todos los terratenientes caucanos han sido flojos para trabajar la tierra.

Si descontamos las vastas plantaciones de caña de azúcar, el Cauca está lleno de lotes de engorde. El contraste con los laboriosos minifundios de Nariño, departamento que tuvo la fortuna de no tener trece presidentes ni Mosqueras, Valencias, Veláscos ni Chaux, habla por sí solo. Cuando uno pasa de Nariño al Cauca, empieza a ver mendigos en la carretera en cambuches improvisados.

En 1964 la Casa Valencia vuelve a escena. Guillermo León Valencia Muñoz, hijo del poeta, cazador de patos, internacionalmente bruto («¡Brindo por el futuro y la grandeza de España!», le dijo a Charles de Gaulle), bombardea Marquetalia y convierte la protesta de un puñado de campesinos en una de las guerrillas más numerosas y fuertes del mundo.
En 2015 Paloma Valencia lanza su célebre propuesta de dividir el Cauca en dos, uno para indios y otro para mestizos. El 7 de agosto de 2018, se burla del tono conciliador del discurso del presidente Duque y expele su macabra advertencia: “Una cosa es el Gobierno y otra el Centro Democrático”. El tiempo le está dando la razón.

Coletilla final:

Hubo, quién lo creyera, un Valencia bueno. Álvaro Pío Valencia, oveja negra del linajudo clan, hijo del poeta, historiador, humanista, comunista y rector universitario, conoció a una indígena caucana y vivió con ella en un resguardo del cañón del Patía. Enamorado de ella y de su pueblo, decidió escriturarles a los indios las tierras que había heredado. “No regalé nada”, me explicó un día. “Solo les devolví lo que les robamos a sangre y fuego”.

Así las cosas, considero que, aún la deuda con el pueblo indígena no se ha pagado.

Que la condición de 'esclavos' del pueblo indígena ya no existe, a pesar, de que [email protected] quisieran volverlos a someter no van a poder y, que tal cual como sucedió en Canadá en donde el papa Francisco pidió perdón a los sobrevivientes de internados indígenas por graves abusos y por la destrucción de su identidad y su cultura, en Colombia [email protected] algún día, tendrán que pedirle perdón a los indígenas de este lado del Continente.

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