La historia del temible coronel Granko, el torturador del ejército venezolano cuya suerte se desconoce

Inició como escolta de Chávez y ascendió en la sombra ejecutando detenciones y torturas hasta convertirse en ficha clave de Maduro. ¿Qué hará con él Delcy Rodríguez?

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enero 08, 2026
La historia del temible coronel Granko, el torturador del ejército venezolano cuya suerte se desconoce

El nombre de Alexander Granko comenzó a circular en voz baja mucho antes de convertirse en sinónimo de miedo. En los pasillos de los cuarteles, en las salas de interrogatorio sin ventanas y en los relatos fragmentados de quienes lograron salir con vida de la Dirección General de Contrainteligencia Militar, su figura fue creciendo como una sombra que no necesitaba presentarse. Bastaba la mención de su apellido para que el silencio se impusiera. No era un militar más del engranaje chavista: era uno de los hombres en los que el poder confiaba cuando la obediencia ya no se lograba con discursos. Hoy está acusado detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, torturas y violencia sexual contra opositores del régimen chavista.

Granko nació en Puerto Cabello a comienzos de los años ochenta, en una Venezuela que todavía no imaginaba el largo deterioro institucional que vendría después. Eligió pronto el camino de las armas y la disciplina. Ingresó joven a la academia militar y se destacó por una mezcla de rigor, ambición y una comprensión temprana de cómo funcionaban las lealtades dentro de la estructura castrense. No era un ideólogo ni un tribuno. Era, más bien, un ejecutor eficiente, alguien que entendió que en los regímenes cerrados el ascenso no depende solo del rango, sino de la disposición a hacer lo que otros no quieren hacer.

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Sus primeros destinos no fueron ornamentales. Pasó por zonas sensibles, por espacios donde la frontera entre el control y el castigo se vuelve difusa. Allí aprendió el valor de la información, el peso del miedo y la utilidad del anonimato. Ese aprendizaje sería clave más adelante, cuando comenzó a moverse en el terreno de la contrainteligencia, un mundo donde el enemigo puede ser cualquiera y donde la sospecha se administra como método de gobierno.

El salto definitivo llegó cuando fue incorporado al círculo de seguridad del poder político. Se convirtió en escolta de Hugo Chávez, cuando llegó al cargo de presidente en 2012. Custodió su entorno más íntimo y se ganó la confianza tanto del mandatario como de figuras clave del aparato de inteligencia le permitió construir una red propia. Granko no solo obedecía órdenes: interpretaba el clima del poder y se anticipaba. Esa capacidad de lectura lo convirtió en una pieza valiosa para un régimen cada vez más obsesionado con la conspiración y la traición.

Con el paso de los años, su nombre empezó a asociarse a operativos que marcaron un punto de quiebre. Bajo su liderazgo y con la venia del gobierno chavista, la represión se convirtió en una política sistemática. El Coronel Granko fue uno de los mayores responsables de coordinar acciones destinadas a neutralizar a opositores y él fue el artífice de detenciones sin orden judicial, traslados clandestinos, interrogatorios prolongados y métodos de coerción que buscaban quebrar al detenido antes que obtener información verificable se volvieron parte del paisaje.

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El coronel Granko, a la izquierda, es considerado el mayor torturador del ejército Bolivariano que le era fiel al chavismo y al derrocado expresidente Nicolás Maduro

Su fama de crueldad fue construida a partir de testimonios coincidentes, de informes internacionales y de casos emblemáticos que fueron corriendo primero como rumores y luego como versiones escalofriantes. Bajo su mando, la contrainteligencia se consolidó como un espacio opaco, donde la ley era una referencia lejana y la impunidad, una certeza. Granko, quien en 2020 fu nombrado por Nicolás Maduro, como jefe de la División de Asuntos Especiales de la Dirección General de Contrainteligencia Militar, se convirtió así en el rostro operativo de una represión que el poder político prefería mantener en segundo plano.

Esa reputación trascendió fronteras. Organismos internacionales comenzaron a señalarlo como responsable directo de violaciones graves a los derechos humanos. Las sanciones llegaron como una consecuencia lógica, pero no alteraron de inmediato su posición interna. Dentro del sistema, seguía siendo útil.

Su carrera avanzó como avanzan las cosas en los regímenes cerrados: sin preguntas incómodas y con premios claros para quien supiera obedecer. Cada ascenso no era solo un escalón más en el uniforme, sino una confirmación silenciosa de que la eficiencia represiva —esa palabra fría— era, en realidad, una virtud cotizada. En ese mundo, hacer bien el trabajo significaba endurecerse, no dudar, cumplir.

Fuera de los cuarteles y los interrogatorios, la vida parecía otra. Había viajes, negocios, fotos bien encuadradas, una actividad constante en redes sociales que construía la imagen de alguien exitoso, casi banal. Una normalidad cuidadosamente exhibida que chocaba con los testimonios de quienes lo señalaban como torturador. Esa exposición no era ingenua: era un gesto de poder. Una forma de decir, sin decirlo, que estaba protegido, que nada iba a pasarle, que el respaldo del régimen era tan sólido como visible.

Durante un tiempo, funcionó. Pero los climas políticos cambian, incluso para los hombres que parecen intocables. La presión internacional comenzó a cerrarse como un cerco y el tablero interno se volvió más frágil. Lo que antes sumaba —la visibilidad, el alarde— empezó a ser un riesgo. Entonces llegó el repliegue. Las cuentas se cerraron, las publicaciones desaparecieron, los rastros digitales se borraron uno a uno. El silencio ocupó el lugar del ruido. No fue casualidad: fue instinto de supervivencia. Hasta los más temidos saben reconocer cuándo el viento gira.

Para el gobierno de Estados Unidos, Granko no es un actor secundario. Lo considera una pieza clave de la maquinaria que sostuvo al chavismo mediante la persecución sistemática de la oposición. No por sus discursos ni por su lealtad pública, sino por su eficacia operativa. En los informes internacionales aparece descrito como un engranaje central de un modelo de control basado en la tortura y la humillación como método.

Hoy, Alexander Granko es descrito como alguien que intenta confundirse con el fondo, pasar sin ser visto, casi diluirse. El contraste es brutal si se lo compara con el rol protagónico que tuvo durante años. Sin embargo, su nombre sigue siendo una temida pieza clave para entender cómo operó el engranaje represivo venezolano en sus momentos más oscuros.

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