El rostro del desplazamiento

La historia de María del Carmen, a quién la violencia alejó de su tierra hace más de 10 años

Por: Eduardo Menco González.
octubre 24, 2014
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El rostro del desplazamiento
Foto: Archivo del Autor

Lamentable testimonio de María del Carmen, víctima del conflicto armado.

Cuando uno tiene la oportunidad de conversar con doña María del Carmen, la frase “los ojos son la ventana del alma” queda demasiado corta para determinar el grado de dolor que esta mujer tiene dentro de sí. Después de escuchar su testimonio uno queda con la impresión que ni su cuerpo entero es capaz de ofrecer con precisión qué es lo que realmente siente éste ser que ha tenido que padecer el sufrimiento de muchas maneras.

Nació hace más de 55 años, de padres netamente campesinos. Se casó muy joven con Daniel (Ñaño), a quien la guerrilla asesinó brutalmente. Como si el asesinato de su esposo no fuera suficiente, lleva en su doblada espalda el peso memorial de la masacre de sus dos únicos hijos y la violación de dos nietas, una de las cuales después del despiadado incidente desarrolló una aversión tal hacia los hombres que, desde ese día, no es capaz de estar sola. Para rematar, la señora María del Carmen fue despojada de su tierra y, desde hace menos de una década, es desplazada. Vive como si no existiera y como si la melancolía fuera su más eterno huésped. Asume que tiene que vivir porque se salvó de la muerte, pero a veces siente una fuerte necesidad de estar con sus seres queridos a quienes recuerda todos los días con el dolor de esposa, madre y abuela.

Escucharla relatar algunos episodios de la crueldad experimentada, desarma a cualquiera. Su narración no es un elogio a la palabra, sino más bien unos versos al llanto que se derrama inclementemente por las pupilas arrugadas de la mujer que a veces da la impresión de ser la personificación de la pena en su más elocuente y aterradora expresión. Esa es María del Carmen, la que ahora sobrevive en un registro que a diario le recuerda que su vida de antes jamás regresará.

Conoció la muerte en vivo y en directo, a su marido lo cargó en sus brazos cuando después de recibir 5 balazos apenas pudo lanzar unas cuantas palabras, esas que ella nunca olvida: “no me deje morir mija”; recuerda que ese día justamente saldrían de su caserío con la intención de vender unos cuantos quintales de yuca y con el dinero recibido comprar algo de mercado y alguna ropita. Finalmente ni la yuca se vendió y tampoco se compró nada; si se hizo acreedora de una profunda herida que se ensancharía con el horror que le produjo la noticia de que a sus hijos los masacraron vilmente unas semanas más tarde; a uno le cortaron la cabeza, esa que ella misma besó la mañana de aquel diciembre que prometía ser diferente. Al otro, el mayor, no lo volvió a ver nunca más, nunca más; y aunque a veces no niega conservar la esperanza de saber en qué lugar de esta tierra están los restos para recogerlos y darles santa sepultura, prefiere asimismo no saber nada.

Cuando tiene la intención de hablar de sus nietas, el nudo en la garganta es poco lo que le permite contar de manera fluida; su rostro cambia y su tez, un poco morena, se enrojece dejando entrever que los términos rencor y odio la visitan de cuando en vez. La nieta mayor tomó rumbo a otro país; unos gringos o europeos (ella no sabe qué) se la llevaron para que se encargara del cuidado esporádico de dos pequeños; al parecer allá ha recibido apoyo profesional. De vez en cuando le envía algo de dinero, al tiempo que una o dos cartas al año acompañadas de fotografías que reflejan un semblante más tranquilo, aunque en esas cartas le cuenta que a veces de noche algo de la atrocidad vivida la visita. La otra nieta vive con doña María del Carmen. No tiene opción. Después del suceso que cambió (destrozó) su vida, la menor de las hermanas no es capaz de estar sola; el delirio de persecución y la sensación de que alguien está detrás de ella es permanente. Se despierta dando gritos, sus manos sudan constantemente, su mirada con frecuencia es perdida sin contar que los espacios de silencio prolongado reflejan un estado cuasi – inerte en ella. En todo caso, ambas se hacen compañía. Su yerna no soportó tanta vergüenza y se escapó con otro hombre para Venezuela.

Mita María del Carmen, como le dicen sus nietas está radicada en Sincelejo; desde su llegada y por sugerencia de una paisana se acercó a las oficinas de Acción Social (en su momento) con el objetivo de solicitar ayuda por su condición de desplazada; por vez primera relató algunos detalles (solo algunos) de su tragedia, motivo y razón suficientes para haber sido incluida en el Registro Único de Población Desplazada, el cual fue sustituido por el Registro Único de Víctimas en el marco de la Ley 1448 de 2011. En su momento recibió algún apoyo económico; no obstante, después de no volver a recibir nada más, prefirió dejar las cosas así para “no prestarse a la burla” como ella misma declaró. Sabe que el Estado colombiano tiene programas que se están implementando en favor de la víctimas; conoce de muchas marchas (participó de alguna) y acciones que la población victima ha realizado con el objetivo de obtener la atención y reparación por parte de gobierno; tiene conocimiento de los diálogos de paz y sabe que algunas víctimas han ido a Cuba a representarlos; en fin, no es ajena a las noticias que a diario se conocen relacionadas con la guerra y el conflicto colombiano. Pero para ella ha sido más importante tratar de elaborar su duelo sin necesidad de buscar ayudas insuficientes en el Estado, que ciertamente puede tener mucha buena voluntad pero nunca podrá devolver lo que el destino le arrebató, un Estado que incluso les agudiza su tragedia.

Se cansó de los procedimientos que una y otra vez le recordaban que el sentido de su vida tal vez estaba en el dolor y la opresión. No quiso volver a saber más de rutas de atención, ni de reparaciones, ni de ayudas, ni de apoyos sicosociales, ni de nada de esas cosas “que suenan bonito pero no sirven para nada”. Sabe que a su esposo y a sus hijos no los verá más y a sus nietas nadie les devolverá la dignidad perdida. Por eso si puede evitar sumarle más angustia a su vida, lo hace.

A dios no lo menciona para nada, sin embargo cree que algún día se hará justicia en este mundo o en otro. Por lo pronto tiene claro que debe luchar por sacar adelante a lo único que queda de su familia, aunque reconoce que preferiría no seguir viviendo pues su corazón a veces siente que no puede con tanto dolor.

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