La historia de dos mujeres en la selva de cemento

Rosa y Alba, desde orillas diferentes luchan todos los días por salir adelante

Por: Fernando Dorado
septiembre 19, 2014
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La historia de dos mujeres en la selva de cemento
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Alba es una menuda y bella mujer que trabaja como ejecutiva en una red de servicios varios de Bogotá. Se codea con sus iguales en los centros comerciales, bancos, fondos de pensiones y demás instituciones gubernamentales y privadas. Vive en un edificio de 18 pisos en un conjunto residencial por los alrededores de Suba. Rosa – por el contrario – es una robusta, gruesa y hermosa hembra que habita en uno de los numerosos barrios del sector del 7 de agosto y sobrevive vendiendo café tinto y desayunos entre las 3:30 y las 10 am. Ambas llegaron a Bogotá, muy jóvenes, casi niñas, huyendo de la violencia de los años 80. La primera de la violencia intrafamiliar y la otra, del conflicto armado.

Alba tiene la piel blanca, es “finita” en todo el sentido de la palabra, es heredera de estirpes españolas que se ubicaron en los Santanderes, región en donde se creó desde la época de la colonia una clase campesina que conservó sus rasgos hispánicos y evitó la relación matrimonial y de parentesco con comunidades indígenas. Rosa es trigueña y con rasgos indígenas. Proviene de la región cundi-boyacense, más exactamente de Chitaraque, y es fruto del mestizaje entre español y muisca que le dio vida a los campesinos paperos, cebolleros y lecheros que protagonizaron recientemente el Paro Nacional Agrario de 2013. Ambas tienen alrededor de 35 años, son madres de hijos adolescentes fruto de amores juveniles. Las dos se baten día a día en las calles de la Capital y deambulan por mundos aparentemente diferentes y lejanos.

Rosa empuja con sus piernas un triciclo de carga en donde lleva 20 termos con café, chocolate, milo y agua de panela, además de arepas, panes, queso, envueltos y toda clase de bocadillos que sirven para organizar un desayuno proletario. Sus clientes son los lavadores de autos de las carreras 24 y 30 de ese sector de la ciudad, los repartidores de prensa, los conductores de taxi y de vehículos de carga que cumplen su jornada de “trasnocho” en las horas de la mañana, cientos de trabajadores y estudiantes que desde las 4:30 am inician sus jornadas de trabajo o estudio y encuentran en su triciclo un desayuno rápido y barato. Cuenta que “se acuesta con las gallinas” a eso de las 6 de la tarde para levantarse a las 2 de la mañana a preparar sus elementos de trabajo y sus productos comestibles, que prepara en una hora y media.

Alba se sube en el alimentador de Transmilenio que desde su barrio la lleva al Portal de Suba, de donde en 50 minutos llega al sector de la calle 72 entre la Avenida Caracas y la carrera séptima. Allí funcionan grandes centros comerciales como el Granahorrar y Avenida Ciudad de Chile donde es ejecutiva y asiste también a los centros administrativos del Estado por los alrededores de la Plaza de Bolívar o el CAM de la 26 con 50. Hace su trabajo utilizando como principal herramienta su “Smartphone”. Está todo el día “conectada” y “con acceso a la red”. Ese es su medio natural. Se mueve en el Facebook y Twitter como pez en el agua, usa diferentes programas de computador para trasladar información a un ritmo frenético usando sus finos dedos que digitan su celular como si tocara una sinfonía clásica en un diminuto piano.

En la actualidad paga junto a su segundo esposo un apartamento en un conjunto residencial y tiene una vida de “clase media baja”. Tiene pocos amigos en el “conjunto” en donde la “vida hacia arriba”, el “mundo vertical” que se comunica por ascensores, impide una relación más cercana y estrecha entre sus habitantes, que muy de vez se encuentran en actividades organizadas por las juntas administradoras que intentan infructuosamente “construir comunidad”. No lo consiguen porque cada familia o individuo tiene una vida activa por fuera del conjunto residencial o dentro de sus apartamentos; se mueven en sus autos o motocicletas con gran rapidez, su sitio preferido es el Centro Comercial más cercano, aunque muchas veces las necesidades económicas los obligan a abastecerse de bienes de consumo en los barrios populares aledaños donde pululan pequeños negocios que tienen “servicio a domicilio” para responder a los pedidos por teléfono provenientes de los “edificios de apartamentos”.

Rosa vive de arriendo en dos piezas de una antigua casa de habitación construida durante la primera época de expansión de Bogotá en los años 50s y 60s del siglo pasado. Comparte esa casa con otras 4 familias y por ahora su principal preocupación es financiar la educación universitaria de su hijo que estudia bachillerato en un colegio público. Él aspira a entrar a la Universidad Nacional, a la Distrital o a la UNAD, pero tiene también como alternativa de estudio algún curso técnico o tecnológico en el SENA, “la universidad de los pobres”. Ella mantiene una buena relación con la vecindad tanto de la casa como del barrio en donde el “mundo horizontal” – viviendas de máximo 3 pisos – permite un intercambio más fluido y permanente entre sus moradores. Algo de “comunidad” existe en esos barrios.

Alba y Rosa son el prototipo de millones de mujeres trabajadoras que a veces se encuentran por las calles de la capital de la República pero que no son, ni se reconocen del mismo sector de clase. Una tiene como meta ascender en el mundo “acomodado”, debe vestir bien, a la moda, aspira a que sus hijos la superen y se conviertan en exitosos profesionales y se esfuerza a diario para estudiar y capacitarse en su trabajo. Sabe de su origen humilde pero tiene en mente dejar ese mundo atrás, aunque de vez en cuando vuelve a su pueblo cuando muere algún familiar pero, lo siente ya muy lejano. Sus hijos son citadinos y no tienen el más mínimo vínculo con la región donde nació y se crió su madre.

La otra, es decir Rosa, tiene las mismas aspiraciones que Alba, pero por el trabajo que ejerce siente que hace parte de la economía popular que sobrevive y se desarrolla en medio de una resistencia sorda y callada a la invasión de centros comerciales y “plazitas campesinas modernas” que tienden a reemplazar a las antiguas tiendas tradicionales de barrio. No viste a la moda, se identifica como vendedora ambulante, ya está vinculada a la red internet pero sólo como medio de comunicación y sólo tiene un celular sencillo, una “flecha”, para comunicarse con sus familiares campesinos que se resisten a desplazarse a la selva de cemento. Todavía conserva muchas costumbres campesinas y cuando puede va con sus hijos a la vereda, a visitar a los abuelos, en donde se sienten a gusto al encontrar todavía un “sitio propio”.

Ellas son un ejemplo de la principal revolución que se ha operado en el mundo durante el siglo XX y lo que va del siglo XXI. La mujer se ha vinculado al mundo productivo de una forma veloz y se va liberando de costumbres y hábitos coloniales que la hacían esclava de la familia. Ese proceso aún no termina y muchas son cabeza de familia o tienen que llegar a sus hogares a trabajar hasta altas horas de la noche. Pero también hacen parte de un “nuevo proletariado” que se diferencia radicalmente de los trabajadores de la era “fordista” del siglo XX. Hacen parte de fenómenos sociológicos que recién empiezan a estudiarse por las universidades y los institutos de investigación.

Hay que hacerlo con consistencia y sistematicidad.

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