Opinión

La guerra

¿Quienes promueven la guerra en Colombia, a nombre de qué están convocando a matar y morir?

Por:
abril 28, 2021
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La guerra
La guerra es un acto. La paz una potencia

Postulo: la paz, o mejor, las paces, son estadios donde las comunidades humanas desarrollan la capacidad de crear en libertad. La paz es siempre una potencia. Puede ser un acto, muchos actos.

Crear: lo hacen los dioses. En ese sentido los hombres y mujeres creadores son, a su manera, dioses. El mejor y más fácil ejemplo es el de los artistas: crean obras para provocar el espíritu.

Libertad: a la Amartya Sen, hay dos tipos: libertad positiva y libertad negativa. En nuestros términos: superar los obstáculos que limitan la libertad negativa es superan las limitaciones de acceso a las condiciones individuales y colectivas de existencia digna, en salud, alimentación, vivienda, educación, seguridad. La libertad positiva es la capacidad de ejercer la autonomía de decidir, de elegir, de autogobernarse.

Capacidad: todo ser humano y todo grupo humano tiene la capacidad de crear, pero esta es una potencia. En cierta forma todo acto creador es también creación colectiva. Se requieren condiciones especiales para desarrollar tal potencia, convertirla en acto, en actos creativos. En medio de la guerra puede desarrollarse mucha capacidad creadora, eso es cierto, pero entonces tal creatividad no se da en condiciones de libertad. Esa es la diferencia con la paz: capacidad de crear en libertad.

La guerra, como lo explicó Carl von Clausewitz, “es un acto de violencia destinado a obligar al adversario a hacer nuestra voluntad”. Los conflictos humanos pueden superarse (resolverse) por medio de la guerra, pero también mediante la construcción de acuerdos, consensos, o por el ejercicio de la autoridad que convence, mediante la persuasión. Así los conflictos en realidad no desaparecen: se transforman y cambian, como cambia la sociedad.

Para ir a la guerra –a matar y a morir en ella– debe existir el enemigo, el otro. El otro hay que construirlo, nominarlo, darle los atributos (adjetivos) que permitan a las partes reconocer que la guerra es justa, preferible al sometimiento o al consenso. Así, el otro puede ser un “chusmero”, “terrorista”, “chulo”, “tombo”, “asesino”, “oligarca”, “proimperialista”, “castrochavista”, “indio”, “negro”, “hereje”, “pagano”, “espía”, “traidor”, “apátrida”, “miserable”, “uribista”, “farcotalia”, “mamerto”, “paraco”, “pájaro”, “godo”, “cachiporro”, “chulavita”, “guerrillero”, “milico” o cualquiera combinación de las anteriores. Por eso es que la verdad es la primera víctima en la guerra. Antes de matar al enemigo tengo que nombrarlo, con odio.

Las guerras se hacen a nombre de la nación, “mi nación”; de Dios, “mi dios”; para conquistar o expulsar al invasor; para defender intereses que pueden ser privilegios o para obtener derechos, “nuestros derechos”. Desde el 11 de septiembre de 2001 se hizo doctrina hacer la guerra para prevenir la guerra. Era lo que faltaba. El recurso al pillaje, al saqueo, las violaciones, asesinatos, torturas, destierros, todo tipo de violencia física y cultural, se “justifica” a nombre del “interés superior” nación, Dios, derechos, etcétera. Hannah Arendt (1963) llama la atención que desde el siglo XX aparece la justificación de la guerra y de la violencia para conquistar la libertad. Son tiempos de dictaduras, tiranías, de colonialismos y de apartheid.

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El otro puede ser un “terrorista”, “chulo”, “tombo”, “asesino”, “oligarca”, “proimperialista”, “castrochavista”, “indio”, “negro”, “hereje”, “uribista”, “farcotalia”, “mamerto”, “paraco”...

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 «La guerra que es necesaria es justa, y benditas sean las armas cuando no hay esperanza sin ellas», dijo Tito Livio y lo cita Arendt. Siempre se emprenden las guerras convencidos, y convenciendo a los aliados, de que la guerra es justa. Los analistas, los historiadores y los vencedores luego se encargan de decirnos si la guerra fue justa o injusta.

Con la pandemia de ahora y los recuerdos de las anteriores, cada vez es más claro que la guerra contra la naturaleza, o como ha sido llamado, contra el “estado de naturaleza”, para imponerle a la naturaleza la voluntad humana –el llamado antropocentrismo–, es una guerra perdida de antemano. La especie humana es un hecho contingente. Puede existir o no. La tierra y las bacterias sobrevivirán.

Justo por el encierro de la pandemia y por el desprograme, algunas veces escucho Sputnik radio. Una emisora rusa en internet donde hablan académicos latinoamericanos y españoles. Me aterra que antes de pasar los informes oficiales sobre los pronunciamientos semanales de Putin, siempre, sin querer queriendo, “informan” de las nuevas armas rusas invulnerables frente a las defensas norteamericanas. El mensaje es claro: la guerra nuclear sigue siendo la garantía de que no habrá guerra contra Rusia, como cuando la “guerra fría”. La semana pasada Putin anunció que la respuesta rusa sería asimétrica e inmediata, ante cualquier amenaza que cruce las líneas rojas. Entonces prefiero cambiar el dial y pensar en la pandemia que solo deja tres millones largos de muertos, por ahora.

También la semana pasada escuché a Carlos Medina y a Mireya Téllez, en el Diplomado “Paz, desarrollo territorial y democracia”, de la U. Nacional, hablando del “fenómeno paramilitar” y antes del “fenómeno guerrillero” y del horror de la guerra y de las respuestas asimétricas que todos sufrimos.

Me pregunto, ¿quienes promueven y hacen la guerra en Colombia, a nombre de qué están convocando a matar y a morir? Me gustaría escuchar la respuesta del señor de la tierra y del poder, el señor Álvaro Uribe Vélez, y del señor del bolivarianismo y el nacionalismo, el señor Iván Márquez. Si quedan claras las razones de la guerra, al menos sabremos por qué están matando líderes sociales, ambientales, indígenas, negros, campesinos, soldados, policías, guerrilleros y exguerrilleros, hombres y mujeres, niños y niñas, que saben que mueren pero no saben por qué los matan. Otro día hablaremos de necropolítica. Porque la guerra es un acto. La paz una potencia.

 

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