La gran aventura Lego es como volver a ser niño

Después de verla saldrá a comprar uno

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febrero 13, 2014
La gran aventura Lego es como volver a ser niño

Puntuación: cinco-estrellas

Mi sobrino Santiago tiene 6 años y es de esos niños que son capaces de quitarles el trincho al diablo. El único sitio en donde está tranquilo es en una sala de cine. Últimamente lo acompañé a ver Frozen , la verdad no fue una buena experiencia para ninguno de los dos. Por eso, más por disfrutar de su visita que por otra cosa me fui con él al matinal del domingo a ver Lego. Nunca tuve juguetes de la marca danesa, a mis papás apenas le alcanzaban para comprarme Armo-todo y cómo toda la vida he sido torpe y descoordinado pues nunca le encontré sentido a eso de estar armando edificios y dinosaurios con ladrillitos de plástico.

Pero ni siquiera el hecho de que no seas fanático de estos juguetes será un impedimento para que disfrutes de esta extraordinaria película. En los primeros 10 minutos te preguntas si los creadores del filme no se habrían vuelto locos al intentar adaptar 1984 para el público infantil. Es que Orwell aparece en todas partes, en el orden que se respira en el mundo que habita Emmet, en el hecho de ver todo el día un estúpido programa de chistes, en el que todos canten una canción cuyo estribillo es “Todo es increíble” invitando a la felicidad, al conformismo y sobre todo a la despersonalización. En el mundo que rige el temido Presidente Negocios no hay espacio para el individualismo y la creatividad. Nadie puede estar deprimido ni mucho menos  pensar por si mismo.

Hay un sector que desea rebelarse ya que tienen el conocimiento de que existe una profecía: un día vendrá el mesías y cambiará las reglas. El presidente negocios no nos obligará a ceñirnos a las instrucciones y cada uno hará de su vida y con sus piezas lo que les dé la gana. Armen lo que quieran, robots con caras de pirata o monjas con patines voladores. El único límite lo pone tu imaginación.

La verdad no esperaba ver un ataque al capitalismo un domingo a las once de la mañana. Preocupado miré a Santiago y él seguía hipnotizado con los colores, con la ilusión de que cada fotograma representara un castillo real de Lego y no a una compleja técnica de animación. Le pregunté si se estaba divirtiendo y estaba tan concentrado que ni siquiera me contestó.

Desde la tercera parte Toy Story- título con la que tiene más de un punto en común- niños y adultos no nos reuníamos a celebrar la aparición de un clásico animado, de una película que en muy poco tiempo se transformará en culto no sólo para los fanáticos de la marca danesa sino a todos los que aman el cine. Los que aman el cine y a Batman; el Batman de Lego es casi tan bueno como el de Cristopher Nolan: un muchacho profundo y oscuro que tiene una fijación por los ladrillos negros y por el Dark Metal. Un atormentado sin sentimientos que enloquece a las chicas con su comportamiento depresivo. Un emo con capa y máscara.

Y los cameos aparecen y cada uno es disfrutable, desde Gandalf a Superman, pasando por Hank Solo acompañado de un Lando Carlrissian un tanto gay. Verás cómo le destruyen el avión invisible a La mujer maravilla y como una tortuga ninja pierde sus chacos. Gracias a que Lego desde la primera década de este siglo hizo acuerdos con la mayoría de estudios para usar juguetes con cada una de las películas nombradas, Warner Bros no tuvo que pagarle derechos a nadie y es por eso que  pudo hacer este festín de superhéroes y celebridades.

Muchos odiarán el largometraje basándose en que esto no es una película sino una propaganda, lo siento por ellos, hay propagandas que son geniales y Lego: la gran aventura no sólo es genial sino que posee una idea absolutamente subversiva, una idea que ya ha despertado malestar en los sectores más conservadores y republicanos de Estados Unidos ya que para ellos es mejor ver a sus niños  rezando en lenguas en el púlpito de una iglesia cristiana, que divirtiéndose mientras piensan en lo aburrido que puede ser un mundo en donde se vea un solo programa y en donde se escuche una sola canción.

Nunca 100 minutos con Santiago fueron más placenteros y pasaron más  rápido. El niño salió feliz, eso sí con la idea metida en la cabeza de que quería comprarse ya un “Armo-todo”. Muchos papás al llevar al niño a la sala deben tener en cuenta esto: cuando las luces se apaguen y los niños tengan los nervios crispados por culpa de las salamandras de dulces que comieron ininterrumpidamente durante la proyección, van a repetir una y otra vez que quieren un lego ya, un lego inmediatamente, un lego para armar como a ellos se les de la gana. No tendrás mas remedio que  con una sonrisa en el rostro ir a la tienda  más cercana y darle a tu hijo uno de los pocos juguetes en donde todavía puede usar su imaginación.

Entonces, así sea por un momento,  dejarás de ser el presidente negocios y te convertirás, otra vez, en un niño. Serás tu propio hijo.

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