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Geografía del poder del Estado Islámico

Claves para superar la desinformación sobre la facción sunita insurgente que suma más de 900 millones de fieles

Por: Oscar Andrés Castaño
Noviembre 19, 2015
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Geografía del poder del Estado Islámico
Foto: tomada de girabsas.com

Sin lugar a dudas, todos los prejuicios y el desconocimiento del pueblo árabe y musulmán en una gran parte de la opinión nacional han salido a relucir a raíz de los atentados del 14 de noviembre en París, cuya autoría reconoció el Estado Islámico (EI).  Rápidamente se fueron expandiendo por las redes sociales toda clase de rechazos y comentarios contra las practicantes del islam; opiniones cuyo fundamento son las nociones e ideas inscritas en la información y el cubrimiento producidos por medios oficiales, los cuales a menudo favorecen la estigmatización y la confusión sobre un asunto políticamente complejo.

Esta reflexión tiene por objeto contribuir a la caracterización del Estado Islámico y generar un marco de compresión sencillo que le permita al lector interesado profundizar en la historia del enfrentamiento entre el yihadismo y el mundo occidental.  El mundo musulmán, vale la pena reiterarlo, está dividido en dos grandes grupos, sunitas y chiítas, siendo los suníes la mayoría de los practicantes de esta religión, que según cifras oficiales sobrepasan los 900 millones fieles. Estado Islámico es una facción radical, un paraestado con influencia transnacional y control efectivo del territorio en ciudades enteras de Irak y Siria.

El hito que marca la conformación de este grupo debe situarse en el violento período de la ocupación norteamericana en Irak y los enfrentamientos internos y la inestabilidad política que derivaron tras la disolución del régimen de Saddam Hussein en 2003. En ese momento, líderes del sunismo wahabista que actuaban bajo las órdenes de Hussein deciden organizar una reacción violenta contra Occidente y Estados Unidos que contempla la expansión de este proyecto que busca devolver al islam los territorios perdidos tras la caída del imperio turco-otomano al finalizar la I guerra mundial (1918), a la cual se incorpora rápidamente Al Qaeda (grupo yihadista conformado en Afganistán) y así, en el 2006, nace el Estado Islámico liderado por un gabinete de 12 ministros.  Hoy en día EI ha declarado a la ciudad Siria de Al Raqua como su capital, la cual es objeto, al día de hoy, de bombardeos aéreos por parte del gobierno francés, en retaliación a los ataques del 13 de noviembre.

La expansión de semejante proyecto ha rediseñado la geografía y las fronteras de la región, tal como lo ha expresado uno de sus portavoces: “La legalidad de todos los emiratos, grupos, estados y organizaciones queda anulada a merced de la expansión de la autoridad del califa y la llegada de sus tropas a los territorios”. En otras palabras, se trata de abolir el acuerdo Sykes-Picot de 1916 mediante el cual Inglaterra, Francia y Rusia acordaron la división y el control de los territorios de Oriente Próximo, con el cual se lastima la libre autodeterminación de estos pueblos para organizarse políticamente como Estados y configurar un proyecto económico a partir de la riqueza energética y la situación geográfica estratégica. Pero tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, especialmente, la región fue objeto de intervención político-militar por parte de los soviéticos y los norteamericanos alineando a los Estados de la región en torno a una u otra potencia.

El proyecto expansionista es quizá el sueño de todo sunita radical: el retorno a la forma política del califato, una propuesta antigua y superada, pero no del todo descabellada, pues como lo afirma Loretta Napoleoni en su libro La Yihad, este se asemeja al objetivo de los judíos sionistas que se concretó en la creación del Estado de Israel, “en la tierra de sus antepasados”. Al respecto es necesario precisar que las fuentes de financiamiento desarrolladas por EI son variadas y sofisticadas: van desde el apoyo económico recibido por líderes de las potencias regionales con el fin de derrocar a Bashar Al Assad en Siria, pasando por el control de la cadena económica petrolera, hasta el diseño de mecanismos para recoger impuestos en las ciudades sirias bajo su control, donde se calcula, según expertos como el profesor Victor Currea de Lugo, que EI cuenta con más de 50 mil hombres armados, solo en territorio sirio.

Es por ello que sus acciones terroristas están orientadas a las principales ciudades europeas y estadounidenses, como lo han anunciado sus líderes en diferentes ocasiones. Ello no debiera ser novedoso para líderes como Hollande, pues el control y el dominio político-económico de los estados de la región fueron impuestos a través de una lógica esencialmente militarista justificada por la universalización de valores como la democracia, la libertad y los derechos humanos. La respuesta, bajo estas condiciones, naturalmente iba a ser bélica.

Es necesario aclarar que estas acciones también tienen como objetivo el mismo pueblo musulmán, especialmente a los chiítas, rama que es mayoritaria en Irak y el pueblo kurdo (el pueblo más grande sin Estado), cuyos focos de resistencia han enfrentado decididamente la represión del EI en Irak. No obstante, a diferencia de otros grupos radicales, EI ha logrado un control territorial prolongado en diferentes ciudades, cuestión favorecida por simpatizantes sunitas que ven en este proyecto un factor de estabilidad y poder preferible a la corrupción de décadas anteriores o a la subordinación a intereses hegemónicos, lo cual constituye la expresión de una voluntad de independencia.

Queda por indagar el papel de las hegemonías occidentales sobre la región, particularmente, desde la ocupación norteamericana en Irak, para establecer elementos de juicio mucho más afinados y amplios que los que difunden los medios oficiales nacionales y no reducir el asunto a la cuestión de la vieja lucha entre el bien y el mal, pues claramente este es un fenómeno donde confluyen toda clase de intereses. Soluciones a esta problemática no se ven cercanas en el tiempo y no serán otras distintas de la militar.

 

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