Opinión

El género ligero

El odio feminista al género está justificado. La necesidad vital trans del género está justificada. Dos orillas opuestas. El mismo tema: los derechos humanos

Por:
septiembre 06, 2022
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El género ligero
Apelo a libertad total, al derecho a existir en el mundo real y simbólico sin las hieleras, rosa o azul. Imagen: iStock

Yo creo profundamente que cuanto menos mutilante sea un pensamiento,
menos mutilará a los seres humanos.
Edgar Morin

Quiero dar mi opinión acerca del debate feroz entre el feminismo (movimiento que lucha por los derechos y el reconocimiento pleno de las mujeres) y el transgenerismo (movimiento que lucha por los derechos y el reconocimiento pleno de las personas que no se ajustan a las identidades tradicionales de género, es decir a la masculina y a la femenina). Golazo del patriarcado. Nunca en mi vida como psiquiatra dedicada en buena parte a la salud mental de las mujeres desde una perspectiva clínica feminista, he visto un desafío tan fuerte para el feminismo en cuanto a su visión del género, considerado siempre como la estrategia más poderosa del patriarcado para mantenernos a raya a las mujeres. Como persona abierta, liberal y progresista este debate confronta mi talante incluyente y profundamente democrático y al mismo tiempo reta mi posición desafiante y transgresora de feminista, luchadora por los derechos y el bienestar de las mujeres.

Es un debate que gira en torno a la identidad sexual, que incluye el sexo biológico, el género y la orientación sexual, características que, desde los distintos poderes culturales, han determinado la forma como buena parte de la humanidad se ha organizado o desorganizado según la perspectiva que se tenga. De manera discutible se ha sostenido que el sexo, variable biológica, genética, determinada cromosómicamente diferenciaba sólo a machos de hembras; el género, sostenida hasta ahora como variable cultural, y derivada del sexo, aparentaba ser como un traje, digamos in-vestido por la sociedad; y la orientación sexual, como una apetencia erótica moldeable por la crianza, es decir educable. Pues no. Resulta que todo eso ha cambiado, está cambiando. En unas cosas para bien, en otras para mal. Y esto ha puesto contra las cuerdas a las mujeres y obliga a la población trans a buscar una identidad sexual a como dé lugar y al costo que sea.

Creo entender la disputa. El odio feminista al género está justificado. La necesidad vital trans del género está justificada. Dos orillas opuestas. El mismo tema en la agenda: los derechos humanos. Ambas posiciones defienden el derecho inalienable, como seres humanos, a existir, contar, ser nombrado y reconocido, amado y cuidado y tener salud con una buena y larga vida. No lo conseguimos y que conste que ambos grupos lo han luchado. Los indicadores de bienestar y felicidad humanos insisten en mostrarnos que las mujeres y la población trans no acceden a esos derechos de igual forma que los hombres.

La razón fundamental de la disputa es que la noción tradicional de género estalló y nos tenemos que reacomodar – todas, todos y todes. El género parece ser un hecho biológico, un sentimiento y también una identidad a la luz de la evidencia científica más reciente. He ahí el meollo del asunto: que lo que era considerado asignado por un orden cultural y binario/bipolar en sus extremos, ahora es de origen multifactorial, diverso, y para mayor remezón, biológico también. Una maravilla.

El problema radica en que la ruptura es dolorosa para ambas posiciones porque la visión tradicional se afianza y se anuda bajo el rigor de la férula del sistema sexo-género binario, que remarca muy bien las diferencias y sobre todo las jerarquías, y nos dice a las mujeres y a los hombres (no caben más opciones porque es binario) quiénes somos, cómo somos, cómo lo expresamos, qué hacemos, cómo hablamos, cómo sentimos, cómo nos imaginamos y muchos cómos y qués más. Con una clara subordinación de uno de los polos, el femenino.

Dolorosa para nosotras porque esa jerarquía nos ubica como alteridad, siempre en falta, en la lucha permanente por nuestros derechos y para la población trans porque ni siquiera existen. A ambos sufrimientos les llamo “sufrimiento de género”, pero no porque estén desajustados los individuos o las poblaciones sino porque el molde pretende que no hay diversidad donde sí la hay.

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El feminismo hace más de un siglo empezó a romper el molde y ahora el trasgenerismo lo acabó de reventar. Una maravilla, a ver si por fin somos capaces de pensar la humanidad de una forma más humana

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El feminismo hace más de un siglo empezó a romper el molde y ahora el trasgenerismo lo acabó de reventar. Una maravilla, a ver si por fin somos capaces de pensar la humanidad de una forma más humana. La revolución, la revolución queer, que significa torcido, está torciendo la férula. El problema, a mi modo de ver, es que la férula se ha torcido con el mismo yeso de la férula con la que nos enyesaron en el modelo binario. Es de color rosado la una o de color azul la otra. Se mantiene la férula. La revolución queer necesita el género, paradójicamente se aferra al género binario para encajar y acaba reforzándolo. Y nosotras, las feministas, defendiendo nuestro lugar, sin pretenderlo, nos aferramos al género binario y lo reforzamos. Una desgracia para ambas poblaciones: basta ver los indicadores de bienestar y felicidad.

No se puede abolir el género, lo que hay que abolir es el género binario. El maldito género binario. Ahí, a mi manera de ver, está la trampa, ahí es donde hiede a patriarcado. Propongo este ejercicio: pensemos en el color de los ojos. Cómo sería un color de ojos binario y jerárquico. Negro o azul, y negro igual a mejor. Y quienes no lo tienen azul o negro serían “transcolordeojos”. O “colordeojos fluido”, o “colordeojos diverso”. Pues no, lo que yo pienso es que cada color merece su nombre y pronombre. Su inclusión total, desde el lenguaje. Por eso me parece absurdo el término trans, creo que ese término es, de entrada, una condena porque denota que están entre algo. Como transhumantes, tránsfugas (el que se fuga, bajo sospecha, que rompió algo que lo obligaba a estar y se voló), todo aquello que quiera decir que no estás, que no existes, que eres algo o alguien que tiene que arribar a “buen puerto”, es decir, a puerto seguro, el binario por supuesto. Todo denota que no hay sitio para elles. En el lenguaje, desde neologismos hasta el triste trans que denota también un sitio en tránsito, en búsqueda.

Muchas preguntas tengo todavía. Las que quiero compartir:

  1. Si la biología no es destino, puntal de la lucha feminista, pero la misma biología es destino, puntal de la lucha trans, ¿qué hacemos?
  2. ¿En dicha pugna quién gana? ¿TERFS o TRANS? Aclaro que TERF es el acrónimo para Trans-Exclusionary Radical Feminist que en su traducción literal al español significa "Feminista Radical Trans-Excluyente".
  3. ¿Cancelamos a las TERFS y seguimos matando TRANS, o nos ponemos de acuerdo en que es el género binario el problema crucial, que perpetúa las dominaciones, exclusiones y violencias que los dos grupos poblacionales sufrimos? ¿Qué hacemos entonces con el maldito género binario?
  4. ¿Cómo vamos a hacer para que a las mujeres no nos apriete jurídica, administrativa y socialmente la revolución queer? ¿Cómo logramos que la población trans exista jurídica, administrativa y socialmente sin tener que estar en tránsito de nada?

Soy consciente de que no es fácil romper ese viejo modelo categorial, pero si lo pensamos lo logramos. La disforia de género (que entre otras patologiza la inconformidad – no el molde, lo más absurdo que se le ha ocurrido a la psiquiatría) no existiría si ser de un género o el otro no fuera un mandato ignominioso, y pensar en "transiciones" no fuera una obligación sino una opción. Tenemos que nombrar distinto para incluir sin aludir a lo binario. Estoy apelando a la libertad total, al derecho a existir en el mundo real y simbólico sin las hieleras, rosa o azul, y ahora la hielera de los que no son ni lo uno NI lo otro (ese es precisamente el gol del patriarcado, eso también es binarismo).

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