Que existan personas que se quieran sentir animales suena a ficción prehistórica. El ser humano, que tardó siglos para caminar erguido, por cuenta de unos vivientes no adaptados pretende regresar a épocas pretéritas. Esta extraña idea produce, mínimo, una sonrisa burlona. Y aunque parezca una fábula infantil, el hecho es que ahora se reclama como un derecho portarse como animal, o como se perciba, según se dice hoy para recurrir a ciertos modismos.
Las posturas extremas han llevado a rumiar conceptos contrarios a las propias leyes de la naturaleza. Una cosmovisión moderna que busca equilibrio con el medio ambiente incluye el respeto por los animales y el hábitat de la fauna, pero está lejos de visiones que algunos consideran reduccionistas, como las políticas de tracción animal vistas en administraciones pasadas en Bogotá.
La esquizofrenia animalista no es nueva; aunque hoy parece estar de moda percibirse como animal con el invento de los "Therians", el ser humano hace rato que se porta como tal. No es gratuito que hace décadas se cantara sobre querer ser "civilizado como los animales". Esta manifestación de identificarse con otras especies parece inspirada en la idea de que los humanos pueden ser más implacables que cualquier especie silvestre.
Esta descripción invitaría a que los humanos se avergüencen de ciertas conductas y rectifiquen. Hay quienes requieren atención y solo parecen lograrlo a través de estas expresiones histriónicas porque, de lo contrario, se sienten invisibles. No se puede pensar solo como quien enjalma al burro, pero hay que tener cuidado de no terminar pensando como el burro.
En la "jauría" política, donde abundan las conductas de supervivencia, no son nada novedosas las estrategias de quienes integran dicha clase. Muchos son los que hacen la del avestruz ante los problemas del país mientras otros juegan hábilmente en el tablero del poder. Se han visto alianzas cínicas que parten de saber que, sin ciertos sectores que conocen el terreno electoral, es difícil alcanzar la victoria.
Felinos, reptiles y aves de rapiña parecen inundar las aguas mansas de la democracia. Casi todos, aunque no se perciban así, terminan por disputarse el protagonismo, ya que hoy escasea el pudor. Han desarrollado un instinto de supervivencia que les enseña en qué "palo trepan". Aunque vistan de etiqueta, muchos son expertos en las maniobras más rudimentarias de la política tradicional.
Saben "marranear" cuando hay recursos y protestar cuando no reciben su tajada; el que no llora no mama y la mermelada no se da por generación espontánea. Mientras tanto, los electores se preparan para una jornada donde las consultas definirán el futuro. En este escenario de fieras y estrategias camaleónicas, la ciudadanía deberá decidir si sigue a la manada o busca un nuevo rumbo este 8 de marzo.
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