La familia paisa que hizo de la compra y venta de pelo un negocio exitoso

Cientos de mujeres les entregan sus melenas a las tijeras de negociantes como los Restrepo en Bogotá que las vuelven pelucas por las que cobran millones

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enero 23, 2022
La familia paisa que hizo de la compra y venta de pelo un negocio exitoso

Camila Vanegas y su mamá se acercan tímidamente a la puerta del almacén Bari, donde llevan más de 50 años fabricando pelucas y extensiones de cabello. Camila tiene 18 años. Tiene un pelaje crespo que sin estirarlo son 40 centímetros de largo; le pregunta al dueño del almacén Bari, Santiago Restrepo, un paisa bonachón, si le compra su pelo. El hombre de 58 años mira la melena de la joven y no la compra porque una de las reglas en el mercado de pelo natural, que al parecer todos respetan en el sector, es que el largo mínimo sea de 60 centímetros.

Santiago Restrepo lleva toda su vida metido en la compra y venta de pelo. Es un negocio familiar que le heredó a sus padres, hace unos 15 años, quienes lo empezaron a comienzos de los años 70, más por necesidad que por interés en el negocio.

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Cuando la empresa de confección McGregor cerró sus puertas, a Guillermo Restrepo, el papá de Santiago, le pagaron la liquidación con un par de máquinas de coser, que ni él ni su esposa, doña Bernarda Villa, una ama de casa consagrada, sabían utilizar. Como buenos paisas y con tres hijos pequeños a cuestas, no se asustaron ante el desempleo de don Vicente.

Doña Bernarda había tomado unos cursos de belleza, en los que le enseñaron, entre otras cosas, a tejer pelo y a hacer moñas postizas, que en aquellos años 70 empezaron a ponerse de moda en Bogotá. Mientras que don Guillermo lograba ubicar un nuevo trabajo, le propuso a su esposa hacer postizos para él salir a venderlos. Las máquinas sin usar las tenían y el pelo lo conseguían fácilmente en las peluquerías de barrio. El negocio lo empezaron en el barrió Restrepo, en el sur de la ciudad.

venta de pelo

Este negocio lleva abierto 50 años, es el pionero en Bogotá en la fabricación de pelucas nacionales con cabello de personas que venden sus melenas por unos miles de pesos.

Las primeras clientas de aquellas colas de caballo postizas fueron por muchos meses las mujeres que atendían y visitaban los cafetines en el centro de Bogotá. Poco a poco la demanda de postizos fue aumentando a la misma velocidad que mejoraba la técnica y calidad de confección de doña Bernarda.

El par de esposos se dio cuenta que allí había un buen negoció y se volcaron a aprender, hacer y a vender pelucas. Montaron un pequeño local en el barrio Santa Sofía que llamaron Barí y contrataron dos costureras más. El éxito del negocio llegó cuando a don Guillermo Restrepo lo contactaron de Promec, una programadora colombiana que estuvo activa entre 1972 y 1991, para que Bari les fabricara las pelucas para el programa Revivamos nuestra historia, donde los actores personificaban a los grandes próceres y políticos de la historia colombiana.

Hace unos 25 años arrendaron el local en el que los Restrepo siguen atendiendo, queda en el número 11-26 de la calle 64, en el céntrico Chapinero. El pelo les dio y les sigue dando para vivir. Con la comercialización de cabello humano compraron el local, casa, carro y un par de fincas, donde don Guillermo y doña Bernarda pasan su buen retiro.

Hoy es Santiago Restrepo y su esposa quienes se quedaron con el negocio, que ya no es tan rentable como en aquellos años cuando eran los únicos en Chapinero que hacían pelucas y peluquines o barbas y bigotes, para artistas del teatro o la televisión, para hombres a quienes les daba pena ser calvos, para mujeres que buscaban tener una cabellera más bella que la propia, o para travestis que buscaban sentirse más mujeres con un pelo hasta la cintura, o para quienes padecen la pérdida del cabellos por enfermedades como el cáncer.

Venta de pelo en Bogotá

En Bari y en otros locales de Chapinero se pueden encontrar pelucas hechas con pelo natural desde los 300 mil pesos y el valor puede llegar a los dos millones.

La materia prima para la fabricación de las pelucas es el pelo natural del ser humano. Un comercio totalmente legal que ha tenido detrás una sombra tabú. Hay cuentos que hablan del robo de pelo en buses de servicio público, pero Santiago cree que eso es solo un mito. El pelo que él y los demás locales de pelucas que nacieron detrás de Bari, usan el cabello que ellos mismos le cortan a quienes buscan unos pesos por sus largas melenas.

Quienes más venden el cabello son las mujeres, aunque los rockeros de pelo largo también han llegado hasta Bari a ser peluqueados gratis y a recibir unos miles por sus pelos que miles de veces agitaron al ritmo de Iron Maiden, Metallica, Sepultura o Kraken, para no ir tan lejos.

“La gente cree que vendiendo el pelo se van a hacer millonarios, por eso muchas de las que llegan con esa ilusión prefieren seguir con su melena bien puesta en su cabeza”, dice Santiago mientras suelta una sonora carcajada de las muchas que acompañan esta entrevista.

Si el pelo es largó, superior a 60 centímetros y, además, es abundante, se pagan no más de 300 mil pesos. Si es largo pero el volumen es poco, Santiago y sus colegas, que son unos seis locales que rodean a la pionera fábrica de pelucas Bari, pagan entre 100 y 150 mil pesos. También, como desde siempre se ha hecho, las pelucas se fabrican con pelo comprado en las peluquerías, donde también conocen el valor del pelo.

Para hacer una buena peluca larga y de gran calidad, que se vende en uno o hasta dos millones de pesos, se necesita en promedio los 300 mil pesos que compran en cabello y hasta un poco más. Una peluca de cabello corto cuesta en promedio unos 300 mil pesos. El precio varía dependiendo del lago y el grosor y el tipo de cabello: la de buenos crespos vale más que una de pelo liso.

Aunque la compra de pelucas ya no es como hace algunos años, en Bari no faltan los compradores de estos artículos que se usan principalmente para exaltar la belleza de la mujer y ocultar la calvicie producida entre otras por la genética y algunas enfermedades como el cáncer.

Dice Santiago que todos los días pasan por su local jovencitas y mujeres ofreciendo sus bellas melenas. La oferta de pelo, dice el dueño del negocio, se incrementa con la llegada de fechas especiales en donde la gente necesita dinero, por ejemplo, a finales de enero cuando arranca la temporada escolar o en diciembre, cuando hay necesidad de tener más plata en el bolsillo porque los gastos se incrementan.

Desde hace algunos años el negocio ha decaído un poco en cuanto a las ventas. Dice Santiago, que los calvos, como él, ya no se cubren la cabeza con peluquines, sino que ahora se pelan totalmente y lucen con orgullo su calva brillante. Los travestis también dejaron de ser clientes frecuentes, ahora los gais viven en un mundo un poco más liberal y lucen sus propios pelos largos o compran pelucas o extensiones coloridas traídas de China que son mucho más económicas.

Aunque Santiago no sabe si sus hijos o alguien de la familia tome las riendas del negocio cuando él también se canse o se jubile, dice que Bari seguirá estando ahí, cubriendo cabezas de quien lo necesite y comprando el pelo de quien también lo necesite vender.

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