La falsa inmunidad de la juventud

El tiempo nos ha mostrado que la falta de años no es sinónimo de garantías. El virus también ha matado a jóvenes en varios países

Por: Paula Medina Muñoz
abril 06, 2020
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La falsa inmunidad de la juventud

Creímos que nos quedaríamos en casa para proteger a los ancianos y a las personas con enfermedades crónicas. Pensamos que cerrábamos nuestras puertas por el clamor de los débiles. Nos sentimos los reyes de la caridad en favor de los seres vulnerables que señalamos con el dedo. Pensamos que la juventud era sinónimo de exención y la realidad nos cerró la boca.

Cuando inició esta epidemia se pensaba que la fatalidad solo alcanzaría a los mayores y a quienes ya estuviesen peligrando por sus propios achaques. Entonces, los jóvenes nos pusimos el uniforme de conscientes salvadores, no sin antes presumir la nobleza de nuestras almas. Nos encerramos en casa en virtud de los abuelos y los dolientes, mientras pregonábamos, de cara al público internauta la valía de aquella difícil tarea.

Sin embargo, el tiempo nos ha mostrado que la falta de años no es sinónimo de garantías. El virus, que ya no hace falta nombrar por mera obviedad y extrema repetición, también ha matado a jóvenes en varios países. Personas sin patologías previas, que gozaban de buena salud murieron a causa del contagio. Una mujer de 21 años en Reino Unido, una adolescente de 16 años en París, un deportista de 34 años en Italia y una mujer de 33 años en Cartagena son solo algunos ejemplos de víctimas mortales que dejan al descubierto el alcance, en principio insospechado de la pandemia.

Es claro que las muertes de los jóvenes no son comparables a los fallecimientos de personas mayores, pero es evidente también, que la edad no es prenda de protección. De acuerdo con las cifras del Instituto Nacional de Salud, en Colombia un 43.94% de portadores del virus tiene entre 20 y 40 años. De hecho, el primer caso registrado en el país fue el de una mujer de 19 años en Bogotá. La respuesta del organismo ante la patología es relativa y ahora los casos que parecían insólitos son cada vez más frecuentes.

Es lamentable que muchos niños e incluso bebés ya sean parte de las estadísticas de la enfermedad en varias partes del mundo. Puede que esa sea una triste muestra del azar que reviste la condición humana. Muchos se recuperan y otros tantos ya reposan en lo desconocido, con recurrente perplejidad y sin justificación aparente. A eso, es a lo que nos enfrentamos ahora, un enemigo de mil caras que no deja de darnos sorpresas; mientras nosotros lo que único que podemos hacer es escondernos con el orgullo herido, en un lugar sin espacio para nuestra acostumbrada arrogancia.

No hay lugar para mártires. Los héroes visten trajes de hospital y no tienen tiempo para vociferar su grandeza. Aquí nadie se sacrifica por otros. Nos estamos protegiendo todos porque nadie es más que carne y hueso. Aquellos que en capacidad de acatar las medidas deciden no hacerlo al preciarse de una falaz inmunidad, son presos de la ignorancia; seres poseídos por el virus incesante de la egocéntrica estupidez. Esa es la verdadera y más plausible pandemia que habita a los seres humanos.

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