Opinión

La fabulosa prosa de Enrique Gómez Carrillo

Por:
julio 28, 2013
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harold_1Un cambio vertiginoso en el crecimiento de las ciudades de América Latina se produjo en el último cuarto de siglo del XIX. La Argentina de Darío, con su capital donde no había cien personas que comprasen un libro, pero que editaba uno de los periódicos más importante del continente, parecía dar razón a las tesis de Sarmiento. Entre 1860 y 1913 se invirtieron allí 10.000 millones de dólares, el 33% de las inversiones extranjeras en el área. En ese mismo lapso ingresaron al país 3.300.000 personas que se enrolaron en la economía agropecuaria; en 1887 sus vías férreas alcanzaban 6.200 kilómetros y en 1900 totalizaban 16.600, mientras las exportaciones pasaron de 260 millones de dólares en 1875 a 460 millones en 1900.

El Modernismo tuvo como escenario mundial la Belle epoque. Su epicentro fue Buenos Aires y es contemporáneo al simbolismo y el parnasianismo como un proceso de transformación nacido de la insatisfacción y necesidad de renovación de formas y asuntos agobiados por arquetipos románticos. Los modernistas sostuvieron un punto de vista melancólico y pesimista del hombre, atrapado muchas veces entre dualidades como la vida y la muerte, el alma y la carne. Escépticos, decidieron importar formas y asuntos. Sus novelas son a menudo reflexiones sobre las ideas europeas de moda, soslayando toda confrontación o siquiera retrato de las que ya se producían sobre el arte o el estilo en América. Como había sostenido Darío, prefirieron inventar el pasado a fin de ser libres como artistas.

De la prosa modernista perduran las crónicas de vida y viajes, pequeñas piezas maestras que evocan pueblos, lugares y sensaciones cuyo exponente fue Enrique Gómez Carrillo (Guatemala, 1873-1927). A pesar de haber escrito mucho sobre frivolidades: Una sentencia contra el abuso de los sombreros femeninos en el teatro; Los crímenes del díaEscándalos parisienses; La sala de armas del Círculo de Esgrima o El renacimiento de la magia negra, es el más notable artífice de la prosa cotidiana de comienzos de siglo pasado.

harold_2Hijo de un hombre de letras, rector de la Universidad de San Marcos, y de una dama de origen belga, lo que explica su conocimiento del francés desde niño, lengua en la cual sin embargo no escribió, fue un pésimo estudiante. Aficionado a los enredos amatorios, fue obligado por su padre a trabajar desde joven, optando por el periodismo, oficio en el cual conoció a Darío en 1890 cuando éste dirigía El correo de la tarde en Guatemala. Darío envió al joven Gómez Carrillo ante el presidente-general Manuel Lisandro Barillas, quien le otorgó una bolsa de estudio en Europa. Antes de llegar a Madrid, lugar señalado por Barillas, se detuvo en París, instalándose en Saint Germain de Prés y entrando en contacto con Verlaine, Moréas, de Lisle, Duplessis y Lajeunesse. Pero hubo de dejar la capital de Francia ante los requerimientos de su benefactor. Se encontró, entonces, con un Madrid que poco tenía que ver con el resto del mundo cosmopolita europeo y donde se hallaba a disgusto. Allí, no obstante, publicó su primer libro y colaboró asiduamente en revistas como Madrid cómico, La vida literaria, Blanco y negro, La ilustración española y americana  y Revista crítica. Pero fue su segundo volumen, Sensaciones de arte (1893), el que le dio consagración literaria. De nuevo en París trabajó para los hermanos Garnier colaborando en la redacción de un diccionario y publicando dos antologías. Tras un corto viaje por América Central, en 1898 fue nombrado por el dictador Estrada Cabrera cónsul general en París, donde pasó el resto de su vida. En 1905 comenzó a publicar crónicas de viajes, género en el cual es más conocido. Trabajando para El liberal de Madrid, viajó por Rusia, India, China, Japón, el norte de África, Grecia, Tierra Santa, etc. Sus mejores libros, verdaderos modelos de relatos de viajes, son, entre otros: El Japón heroico y galante (1912) y Jerusalén y la Tierra Santa (1914). Al estallar la Primera Guerra Mundial fue nombrado corresponsal de La Nación de Buenos Aires y recorrió distintos frentes en varios países. Las crónicas de lo que vio y sintió durante la contienda están reunidas en  Campos de batalla y campos de ruinas (1915) y Reflejos de la tragedia (1916). Aun cuando publicó varias novelas, El evangelio del amor (1922), entre ellas, no logró sobresalir en el género. Murió siendo ciudadano argentino, gracias al afecto que por él tuvo Irigoyen, quien le hizo no sólo cónsul en París sino que le naturalizó. Sus Obras completas se publicaron en  Madrid, 1919-1923.

Cubierta GOMEZ CARRILLO.epsHecha de un ritmo particular y en extremo atractiva, la prosa de Gómez Carrillo revolucionó la crónica mediante la concepción de que debía ser una obra de arte. En su ensayo El arte de trabajar la prosa contrasta la manera francesa de escribir con la española, que considera descuidada. Para Gómez Carrillo los franceses trabajan de un modo estético y no gramatical los materiales de la construcción del estilo, «los han afinado, han impedido la formación del inmenso lago muerto que, entre nosotros, forman los vocablos anticuados». «El arte, que en poesía es tan anticuado cual el mundo, en prosa es una conquista reciente. Labrar la frase lo mismo que se labra el metal, darle ritmo como a una estrofa, retorcerla ni más ni menos que un encaje, os juro que ningún abuelo lo hizo.» Para él, la imaginación y la observación eran dotes de poeta o novelista que no podía usar el nuevo cronista, pues este debía burilar y esmaltar más que crear. Sus frases son resultado de una paciente labor a fin de producir en el lector la falsa ilusión de levedad y frivolidad que le atrapa a medida que destila en él ideas e imágenes, lecturas y conocimientos puestos allí como si nada. «El arte debe ser arte, sin teorías, como la belleza es belleza; como el amor es amor; como la vida es vida». Virtuoso y lógico, su prosa no está recargada con ritmos definidos y monótonos, como en Vargas Vila, sino que usa de variados metros sin caer nunca en la prosa que se conoció a principios de siglo como poética.

Su primer libro, Esquisses (1892), retrata a varios escritores famosos en su tiempo. Gómez Carrillo, de veinte años entonces, es seducido por los aspectos vistosos y raros que encuentra en sus admirados maestros: el dandismo y las paradojas de Wilde, las extravagantes rarezas del español Sawa, el lirismo decadente de Verlaine, el esoterismo de Nervo, todo compendiado en la figura de Darío. Luego vendrían sus restantes ochenta y cinco volúmenes, cifra descomunal para una vida que apenas llegó a los cincuenta y cuatro años. En sus ensayos, con los cuales daría cuerpo a sus libros, está la mejor memoria de los asuntos y motivos que interesaron a los modernistas.

El que mejor le define es La psicología del viaje. Gómez Carrillo se pregunta, con Paul Bourget, maestro francés del género, para qué viajar si jamás podremos conocer las almas de los hombres de otros países; para qué ir a lugares remotos en busca de documentos humanos si ni siquiera somos capaces de conocer nuestras propias patrias, nuestro propio ser. «El conócete a ti mismo de los griegos es una fantasía engañadora.» Y puesto que es inútil pretensión descubrir a los otros en los viajes, para el guatemalteco viajar es buscar sensaciones, como las que ha visto en la América tropical: días de sol en los cuales todo parecía hervir en una formidable hornada, en que los árboles retorcían sus ramas sin que la más leve brisa las agitara, en que los troncos rugosos inflabanse de sustancia misteriosa, en que la tierra misma tenía contracciones de espasmo. El placer del viaje está en el viaje mismo porque partir es morir un poco, reviviendo, lejos de los haceres cotidianos, nuestra alma, que se enfrenta consigo misma.

Lo único que no he visto nunca -dice- es un paisaje muerto, un paisaje quieto, un paisaje invariable. A medida que la humanidad se afina, este sólo placer de ver paisajes raros aumenta por fuerza y obliga a viajar. El que se va no vuelve nunca. Quien vuelve es otro, otro que es casi el mismo, pero que no es el mismo. Y esto que parece una paradoja, no es sino la más melancólica de las verdades.

Viajes más para el cuerpo que para el alma, los de Gómez Carrillo dejan en el lector el sabor de un mundo perdido, el de la burguesía de la Belle epoque.

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