El colegio adulto
Opinión

El colegio adulto

Por:
julio 28, 2013
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En una misma generación de adultos educados y capaces de leerse como iguales, cruzar la frontera de la paternidad es fácilmente un detonante de disparidad y sectarismo.  De un lado, el asentamiento cíclico y ordenado de la reproducción humana; del otro, el desarraigo, el nomadismo social, la volatilidad. Insistiendo lo suficiente en las ideas de la abnegación o de la independencia, ambos son una fuente irritante de cursilería. El terreno donde cada bando, con sus elecciones, se juega la conquista de la superioridad, como si la hubiera.

El baby boom de mi generación se siente ahora que las personas que conozco han entrado a los 30. La catarata de nacimientos y el derroche de energía que suponen ofrece mil historias, tan únicas como corrientes. Que con peridural y cesárea programada; que sin anestesia, a palo seco. Que con yoga y concentración; que en la tina propia y con partera. Si se suman las particularidades a las que puede llegarse en semejante ritualización, el abanico se abre al invento de la tradición —“con el médico que atendió a mi mamá”— o a las suposiciones de la originalidad  —“rodeados de delfines”— . Las hormonas y los nervios hacen de todo. Reaparecen en nuestro descreimiento las medallitas de la Virgen, los consejos de las tías, usos desconocidos del perejil, junto a las promesas antropológicas de mundos más puros y descomplicados, más “naturales”.  Aparecen también las migraciones. Parejas entrañables de mujeres o de hombres torean la  burocracia de las nacionalidades extranjeras, en dónde poder criar un niñito simplemente porque se puede adoptar, porque hay un contexto menos pacato y más amigo de la infancia. En cualquiera de sus formas, esta opción exige valentía y una cierta confianza en el universo, en el futuro, una forma de fe. La más grande que yo haya presenciado.

Del otro lado estamos los que no tenemos hijos, pero asistimos con amor, con recelo y sorpresa, a la aventura ajena que estamos descartando o que —no falta un suspiro— nos ha descartado a nosotros. Hay quien se queje de la egolatría de la reproducción, hay quien insista en la infamia de que los padres desaparezcan diluyendo su identidad, quizá para siempre, en los eventos —nimios y fabulosos—del recién nacido. Libre de la urgencia de prolongarse en otros, este destino implica una entrega feroz a la responsabilidad de saberse efímero. Se elige una vida que descarta la ilusión de las segundas oportunidades.

Y entre los adultos de cada escogencia hay cariño y también envidias silenciosas y, claro, hay juegos de estatus. La reproducción no sólo alumbra al vástago heredero, encarna también las ilusiones y la frustración del mundo social. Este tiempo entre mis amigos es un laboratorio en el que priman, fundamentalmente, hipótesis y leyes: así se debe hacer. Así se vive. Al tiempo, campea eso que llamamos la realidad. Lo sabemos porque entre todos —padres, bebés y parejas sin hijos— alguien llora alguna vez a las 3:00 a. m.

Ocurre que entre los padres y los que no somos padres (debería existir una sola palabra para denominarnos) se abre una franja delgada pero muy profunda. La que media la experiencia. Y en este caso no es cualquier cosa, sino el paso por un evento contundente: nada menos que el de encarnar a alguien. Esa grieta es casi el mismo abismo existente entre padres e hijos, con la diferencia de que somos pares o alguna vez lo fuimos. Aparece una frasesita, que puede terciar o censurar cualquier opinión: “es que ella es mamá” o “es que tú no tienes hijos”. Y esa frontera es infranqueable. La paridad entre treintañeros, el retazo de vida común llega a un límite que parece definitivo. El sosiego, tan de verdad, con que alguien abraza a su crío y se reconforta es intransmisible. La urgencia con que los que no tenemos hijos nos ponemos en el primer lugar, el afán con que nos cuidamos de la promesa eterna de la paternidad, desde el otro lado, se banaliza, se olvida, parece incomprensible.

Y en medio de ese mundo que pierde las líneas esenciales de la equivalencia, que desconoce el terreno mutuo en que se ha construido, juzgamos. Y también queremos compartir. Pero ambas cosas nos ocurren con un salvajismo digno de la guerra. Esos juicios, tan enmarcados en cómo deban ser las cosas, aparecen a destajo y sin filtros, aunque se dicen en voz baja. Y las ganas de librar a los padres de los compromisos que escogieron y el deseo por comunicar los brillos de dar vida se estrellan en relaciones cada vez menos cómplices, menos compasivas.

Ahora somos, como nunca, tajantes. Ahora se nos vuelve difícil la tolerancia. Quién sabe, en el fondo, por qué. Acaso porque el futuro nos resulta amenazante.  Yo no sé. Quizá por primera vez en verdad nos llega la hora de pensar cómo, entre nosotros, se va a fundar la tierra de la concordia o de decidir si nos vamos a sumir en el país de la neurosis; ese en el que vivirán, acompañados de tíos infértiles, los hijos de nuestros amigos.

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