La estética de la muerte

"Bajo la siniestra sonrisa de la oligarquía, los paramilitares también hicieron su aporte a este legado que nos acompaña desde tiempos lejanos; eso sí, no han sido los únicos"

Por: Jhon Jairo Salinas
agosto 13, 2020
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La estética de la muerte

Siempre se ha creído que la estética se puede apreciar solo en la belleza de una obra pictórica, en la danza, en las mismas bondades de la naturaleza, en la música, en la poesía o en la belleza de los cuerpos que se juntan para procrear la vida. Pero no. La estética también está implícita en el arte y el placer de la muerte; la sevicia por ella misma, por la sutileza de la mano asesina de escultores del dolor.

En la antigua Roma era estético clavar en una cruz a aquellos que desobedecían los dictámenes de un imperio, donde emperadores saciaban su espíritu viendo cómo los leones devoraban en carne viva a hombres esclavos. La tortura era el cuadro perfecto para plasmar la sevicia de los artistas y alquimistas de una obra de terror.

El nuevo mundo descubierto por aventureros venidos de Europa hizo de la muerte la partitura de una macabra danza de horror. Desollar víctimas, arrancar sus uñas en carne viva, cercenar sus genitales, desmembrar sus extremidades, hacer sus cuerpos arder en la hoguera, descuartizarlas y llevarlas a la horca (eso sin olvidar que desfloraban a las niñas indígenas con falos de madera). Todo ello hacía parte de la paleta poética de la barbarie.

Niños esclavos servían de desayuno a los mastines y caballos de los gendarmes de la corona y de un dios... Sus gritos se confundían con el cántico de las aves de rapiña que daban la última pincelada de un grito desgarrador. ¡Sí! Fuimos un continente plasmado en la estética de la muerte. Miles de gritos desgarradores de indios, esclavos y mestizos hicieron el coro celestial de tafiletes dorados en lírica muerte.

Uno de ellos lo describió y lo plasmó de la siguiente manera:

Entraban los españoles en los poblados y no dejaban niños, ni viejos y tampoco mujeres embarazadas que no desbarrigaran y los hicieran pedazos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría un indio por medio o le cortaba la cabeza de un tajo.

Arrancaban a las criaturitas del pecho de sus madres y las lanzaban contra las piedras. A los hombres les cortaban las manos. A otros los amarraban con paja seca y los quemaban vivos. Y les clavaban una estaca en la boca para que no se oyeran los gritos.

Para mantener a los perros amaestrados en matar, traían muchos indios en cadenas y los mordían y los destrozaban y tenían carnicería pública de carne humana. Yo soy testigo de todo esto y de otras maneras de crueldad nunca vistas ni oídas (Fray Bartolomé de las Casas).

Qué ironía, nos dijeron que los españoles nos trajeron el idioma más bello del mundo, pero también debemos decir que nos trajeron la estética del arte de la crueldad, dejando en ella la mueca más perfecta del dolor en un nuevo mundo, llamado América.

Recordar el gran escultor del holocausto Adolfo Hitler: Las fauces de perros del ejército fascista, dirigidos por alquimistas de una novela de terror, Gas mostaza fueron la adoba del redentor/ La furia de los tanques de guerra como bolas de fuego/ pánico miedo al calor del fuego/ Metralla atravesaron corazones de miedo/ Gente atónita como flor purísima de uranio/ color del cielo pálido de helio/ cientos de cuerpos ardieron en llamas, como bolas de carne fueron lirios de mineral carnívoro.

En Colombia, “las motosierras no eran para talar los árboles inmensos /que llegaban /ellas eran para cercenar los cuerpos /del bosque hermoso de indefenso pueblo. No /Esas fosas comunes eran /para enterrar la vida, /esconder el crimen bajo sagrada tierra; / cubrirla de espanto, aplastar ideas, opacar el sol de las nuevas banderas, /desplazar los músculos agrarios, /apuntalar con sanguinolenta tierra el tenebroso imperio” (C.C.).

“Lo echaron vivo ahí (…) El horno lo manejaba un señor que le decían ‘funeraria’, creo que se llama Ricardo; dos señores le hacían mantenimiento a las parrillas y a las chimeneas, porque se tapaban con grasa humana (...)”, confesó un paramilitar.

Los ejércitos privados del Estado colombiano, en su afán de consolidar su seguridad “democrática”, fueron pequeños monstruos fascistas que descuartizaban vivas a las personas, las quemaban en hornos crematorios en carne viva y las arrojaban a sus criaderos de caimanes... paramilitares henchidos de religión, machismo y anticomunismo, que depredan al pueblo colombiano, bajo la siniestra sonrisa de sus amos de la oligarquía, para quienes despejaban el país de reivindicación social. Ellos también hicieron su aporte en una estética de guerra.

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