Todavía afectado por la noticia del asesinato de John Lennon, aunque ya habían pasado algunos meses, Carlos Lehder terminaba una de sus acostumbradas fiestas en las que había mucho whisky y de fondo música de The Beatles.
Lehder se apartó del grupo y habló durante horas con una persona de confianza sobre lo que representaba Lennon para él. Esa noche, en medio del humo de la marihuana y de los tragos, el capo tomó una decisión: encargaría que le hicieran una escultura en honor a su músico preferido. Buscó al mejor artista colombiano de aquel tiempo: Rodrigo Arenas Betancur.
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La Posada Alemana, lugar donde ocurrió el encuentro entre Arenas Betancur y Lehder, era una de las propiedades más llamativas del hoy excapo. El complejo había sido construido tras su salida forzada de Bahamas, donde había adquirido una isla clave para el tráfico de cocaína hacia Estados Unidos. Expulsado de ese territorio, regresó a Colombia y levantó en el Quindío un hotel de lujo que buscaba proyectar una imagen de empresario próspero. El lugar contaba con 24 cabañas multifamiliares de dos niveles, cada una con tres habitaciones, sala de televisión con chimenea y alfombras en todos los espacios. Las instalaciones estaban pensadas para alojar familias de hasta seis personas. A un costado se ubicaba el restaurante Bávaro, mientras que en otra zona funcionaba la discoteca John Lennon, que se convirtió en uno de los sitios de rumba más concurridos de la región durante los años ochenta.
Lujo y excentricidades
El hotel también incluía elementos que llamaban la atención por su carácter poco común. Había jaulas con leones y cóndores, pensadas como parte del atractivo para los visitantes. En ese contexto, la escultura de Lennon no era un elemento aislado, sino parte de un conjunto que buscaba impactar a quienes llegaban. La fascinación de Lehder por el músico no se limitaba a su obra musical: también decía admirar sus posturas políticas y su discurso sobre la paz.
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El encargo al maestro Arenas Betancur se concretó poco después. El escultor viajó al Quindío, conoció la Posada Alemana, se quedó allí como huésped de lujo durante varios días, mientras recibía material sobre Lennon para trabajar en la idea. En su taller, meses después, dio forma a una pieza en bronce de tres metros: la obra representaba al músico con elementos simbólicos que aludían a su vida y a su muerte, y fue instalada frente a la discoteca del hotel, convirtiéndose rápidamente en uno de los puntos más visitados del lugar.
El gran escultor
Para entonces, Arenas Betancur ya era una figura consolidada. Nacido en 1919 en Fredonia, Antioquia, había desarrollado una carrera extensa en Colombia y México, con obras monumentales encargadas por entidades públicas. Su trabajo se caracterizaba por el uso de materiales como el bronce, el concreto y el acero, y por una escala que buscaba dialogar con el espacio público. Entre sus creaciones más reconocidas está el Monumento a los Lanceros del Pantano de Vargas, ubicado en Paipa, Boyacá, realizado entre 1968 y 1971 y considerada la escultura más grande de Colombia. Esa obra fue declarada Monumento Nacional en 1975. Su trayectoria también incluyó episodios difíciles, como su secuestro en 1987, y concluyó en Medellín en 1995, cuando murió a causa de un cáncer.
Mientras tanto, la vida de Lehder tomaba otro rumbo. Su crecimiento dentro del Cartel de Medellín y su participación en el tráfico de cocaína lo llevaron a convertirse en una figura central del narcotráfico en los años ochenta. Fue capturado en 1987 y extraditado a Estados Unidos por orden del entonces presidente Virgilio Barco Vargas. Allí cumplió una condena de 33 años.
Ruina y olvido
Tras su captura, la Posada Alemana quedó en manos del Estado como resultado de un proceso de extinción de dominio. Con el paso del tiempo, el lugar se deterioró y muchas de sus estructuras quedaron en ruinas. La escultura de Lennon permaneció allí durante años, expuesta a las condiciones climáticas, hasta que en 2003 fue robada. Desde entonces, su paradero había sido incierto.
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Durante un breve periodo la pieza apareció en Pereira, donde fue vista en las instalaciones del Concejo municipal. Sin embargo, desapareció nuevamente a los pocos días. Con el tiempo surgieron versiones que apuntaron a que podría estar en manos de la familia del escultor, aunque no existió una confirmación oficial. La falta de información convirtió a la obra en una pieza rodeada de misterio e incertidumbre.
Ahora, años después de que nadie sabía del paradero de la escultura, Lehder envió una carta manifestando su intención de que sea devuelta y donada nuevamente a la Posada Alemana. El predio, que ya no le pertenece y que pasó a manos del departamento del Quindío, y donde se hará un parque, será el lugar donde la obra volvería a exhibirse.
La historia de la escultura reúne trayectorias distintas. Por un lado, la de un capo del narcotráfico que combinó intereses políticos, negocios ilegales y la admiración por un músico británico. Por otro, la de un artista que dejó una huella profunda en el arte público colombiano y que aceptó un encargo en un contexto marcado por el poder económico de su cliente. En medio de ambos aparece una obra que, más allá de su valor artístico, terminó convertida en un objeto icónico por el hombre que la construyó, por su dueño y por el ícono al que representa.
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