La enfermedad que padeció Diomedes Díaz

Encontramos en Medellín un ingeniero que padeció el Guillain Barré, enfermedad que lo acercó al juglar vallenato.

Por:
Mayo 26, 2014
La enfermedad que padeció Diomedes Díaz
Cortesía Mario Franco

Tres meses antes de viajar al mundial de fútbol de México 86, el ingeniero de sonido y gerente técnico de Caracol Radio, Herbert Rafael Botero Botero, empaquetó sus maletas, después de su regreso de España, donde había cubierto la vuelta ciclística de aquel país con marcado rating de sintonía. Por primera vez los ingeniosos colombianos habían transmitido ciclismo en movimiento y en vivo desde Europa.  Esa noche, en Bogotá, se sintió liviano de equipaje. La vida le sonreía. Desde su llegada de Medellín, donde había nacido hacía  36 años, crecía como persona y como profesional. Con la cotizada cadena radial viajaba por el mundo, coordinando exitosas transmisiones. Tenía esposa- una extraordinaria mujer -y dos hijos, quienes muchas veces se quedaban solos por los interminables viajes de Botero, quien se codeaba con los mejores periodistas de Colombia, desde Juan Gossain,  pasando por Mike Smuklson, Yamid Amat, hasta el doctor Hernán Peláez, que apenas comenzaba.

Alistaba la maleta, pendiente de que al día siguiente debía adelantar su viajar a México para hacer los enlaces de prueba de una nueva transmisión, por eso se levantó temprano, haciendo los que pudieron ser los últimos estiramientos de sus brazos, sin saber que con ese gesto, inconscientemente el cuerpo estimulaba los puntos energéticos en  los que los médicos alternativos clavan las agujas en desarrollo de las curaciones quimio prácticas. Sólo lo sabría años más tarde, cuando ya andaba en los mismos caminos del cantante Diomedes Díaz, a quien no conocía y cuya música le era indiferente. Le sigue siendo indiferente.  La vida, sin embargo, le tenía reservado un acercamiento con el polémico cantante. Por algún punto de su naturaleza humana empezaron a parecerse, padeciendo vidas y sufrimientos paralelos. Esa mañana, cuando trató de apretar el tubo de pasta dental para cepillarse la boca no pudo hacerlo. Sus dedos se crisparon sobre el tubo, que le pareció tan pesado como tratar de manejar una buldócer de pedal después de tres días de hambre.  Tuvo que abrir el dentífrico con la boca y cepillarse le fue casi imposible. A duras penas podía sostener el cepillo en sus manos frágiles. Sentía un leve cosquilleo en el cuerpo y le zumban los oídos. Mientras caminaba del baño a su cama, arrastrando un poco los pies, pensó en que el desvelo de la noche, y haber dormido con el brazo debajo de la almohada –pegando los ojos  ya en la madrugada- le había adormecido parte del antebrazo, donde empezó a sentir una sensación de pesadez. Por su mente- mientras trataba de dormir- pasó parte de su vida: era el primero de ocho hermanos, cuya pobreza les hizo levantarse unos prestándose las cosas de los otros. Vio de repente la hermosura hecha mujer. Se llama Alma y la conoció en un baile. No era tan bonita por fuera como por dentro. Atenta, inteligente, despierta, ella le cambio la vida. Antes de conocerla solía conquistar solo muchachas en el barrio, porque no tenía plata para desplazarse a otros sectores, de modo que se conformaba con lo que le ofreciera la barriada. Curiosos que la hubiese conocido en un baile sin ser buenos bailarines. Se la presentó el novio de su hermana, hoy cuñada eterna. El padre de la muchacha ennoviada (hoy suegro) no la dejaba salir sin la compañía de su cuñada (hoy su mujer). La primera vez que salieron, en grupo, lo descrestó su ternura, sus ojos y su atención. Pidieron cerveza y ella se apresuró a servirle en un vaso, sin calcular que ese gesto de apoyo seria vital para levantarlo de la silla de ruedas y llevarlo por la vida, cuando él cayo de bruces. Ella le dio dos hijos y lo llevó en los brazos por siempre. Nunca ha dejado de decirle hermosura. Y tiene razón.

 

II

Después del sueño pesado abrió los ojos y enfrentó la realidad: su viaje a México 86 era otra de sus metas por cumplir después que el presidente Belisario Betancur había frustrado el mundial para Colombia. El consuelo lo tenía a tiro de escopeta, después de su viaje al Mundial del España 82, pero las fuerzas solo le alcanzaron para bajar al parqueadero, manejar su carro por última vez y llegar  justo al médico.

 

El  galeno, muy profesional, con aquella humorística sutil y tan vital a la hora de entregar malas noticias, le dijo, después de revisarlo:

–         Le aconsejo que arregle sus cosas personales más urgentes, pues se va usted para un largo viaje, mucho más largo y duradero que a México 86.

Con idéntico humor, Botero, le replicó:

–         ¿Más grave que una isquemia cerebral o un infarto?

–         ¡Más grave!, apuntó el galeno, mirándolo por encima de los anteojos.

 

III

En 1986, Diomedes Díaz había brindado con el alma y no era tan famoso. No había sido acusado de matar a una mujer, ni  padecido aun del síndrome de Guillain Barré, una enfermedad de origen incierto y de la que de cada cuatro casos tres pacientes mueren y de cada cuatro a dos le repite. Y cuando repite es más agresiva todavía, pues regresa por su victoria, si es que a la muerte se puede calificar como tal. Mata por paro respiratorio, pues paraliza los músculos.  Si hubiese sido ahora,   El médico, muy seguramente le habría dicho:

–         Usted tiene la misma enfermedad que tropezó a Diomedes Díaz. Usted es portador del Gallain Barré.

Pero no. Diomedes era tan distante para Botero, que prefirió cerrar los ojos y llorar. La enfermedad que popularizo Díaz, se trataba como un síndrome precisamente porque no había sido muy estudiada y era casi intratable. Al menos al diabético se le inyectaba insulina, pero la mielina, que es la que causa esa especie de tullimiento,  era una incógnita.  Se sabe que el páncreas es una fábrica de insulina ¿Pero qué órgano genera la mielina?

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En el mundial de España 82, mientras Botero se metía en la parte técnica con tanta pasión que hasta se le olvidaba el resultado de los partidos, siquiera se enteró que el llamado Cacique de la difunta, había descrestado en todas las transmisiones interpretando aquel éxito de Calixto Ochoa, en el que anunciaba que trabajaba solo para ella: Todo es para ti.

II

Setenta y dos horas después del dictamen, Botero estaba paralizado. Tenía el cuerpo dormido, yacía desmayado, como si estuviera borracho y sin la posibilidad de mover un solo dedo. Lo único que meneaba eran los ojos y la nuca, pero como un robot cuya película es pasada en cámara lenta. La respiración le era entrecortada. Parecía un muñeco de trapo que al cargarlo en los  brazos no era capaz siquiera de apoyarse en la nuca de quien lo llevara. Cargar una persona con esta enfermedad es de titanes, pues ésta no tiene fuerzas ni para apoyarse en la nuca de su protector. Esa fue una de las lecciones. En la cama, cuando lo acostaban, tenían que voltearlo cada hora, para evitar que se le formaran coágulos sanguíneos y ampollas.  Escaras, le dicen a eso.  Aquella vez fue la última vez que condujo su carro hasta su casa y la última que subió las escaleras del segundo piso solo. Casi no pudo subirlas. Se acostó a dormir y allí se fue paralizando. Al día siguiente lo bajaron cargado, ante el shock de los niños, que jamás lo habían visto en esa precariedad. El médico fue tan preciso que al llegar a la clínica de regreso, ya le tenían una habitacion separada, entonces comenzó la tragedia. El tal Guillain  Barré, más parecido a un tal Joaquín Guillén, que se dedicaba a dirigir la carrera de Diomedes Díaz, era totalmente desconocido para la familia y los adelantos científicos para combatirlo muy precarios. Aun no lavaban la sangre del paciente para controlar los desvaríos de los glóbulos blancos, casi vueltos loco.

Su madre llamó a Rafael, un médico casado con una de sus hijas y éste se alarmó:

–       Ojo, que esa enfermedad es muy peligrosa y deben internarlo enseguida, porque un  paro respiratorio lo puede matar. A Botero lo salvó caer en los brazos de cinco mujeres con alma de ángeles, quienes fueron y son artífices de esta historia. Las otras heroínas son su mujer, que se dedicó por completo a atenderlo, tomando una musculatura propia de quien alza pesas; la fisioterapeuta que encontró en el camino en la clínica de rehabilitación, una cuñada y una nutricionista. Pero más allá de esas mujeres, Botero se levantó de la nada por su gran poder mental y porque tuvo que empezar gateando después de que su cuerpo había perdido la musculatura y pesaba la mitad de su peso normal: solo 34 kilos.

Ponerse de pie, después de nueve meses en una clínica y de años en silla de ruedas, era tener cojones. Al enfermo de  Guilain Barré se le adelgazan los músculos, entre ellos los de los testículos, de modo que los huevitos quedan colgando de los conductos del semen.

El primer día que Botero logró ponerse en pie, supo que levantarse ante aquel dolor, era cosa de machos. ¡ El dolor en los testículos mata cualquier macho!

III

Sincelejo, Sucre. Sábado 15 de marzo de 2014. Tengo previsto viajar a San Jacinto a visitar a mis familiares, después del chasco electoral del domingo electorero. Estoy esperando la camioneta que me ha de llevar, cuando suena mi celular. La voz de tono paisa que escucho con dificultad ante el golpe de brisa veraniega que golpea el alar del rancho y hace ruido, se me hace la de un palabrero de esa región. Es fuerte.  Clara.

–         Soy el ingeniero Herbert Botero y el Ministerio de las Tics me ha comisionado para hacerle una auditoria administrativa a la emisora que usted dirige.

Su voz robusta, segura, me hace figurar la de un paisa grueso, bonachón, de cachetes redondos y de unos 35 años. Me informa que me pondrá un email con algunas instrucciones y la lista de los puntos a revisar.

–         Váyase leyendo la normatividad, especialmente la resolución 415 de 2010, que a las dos de la tarde del lunes esteré llegando a Sincelejo, Vuelo por Montería, afirma.

Mi viaje al Sitio de San Jacinto se frustra, pues apenas a él le habían autorizado el viaje el viernes y debo acopiar abundante información para recibirlo.

–         Debemos vernos,  preferencialmente, en una oficina del primer piso, porque tengo dificultades para subir escaleras, sugiere.

Seguramente Botero sabe que en estos pueblos los ascensores son un lujo que tiene pocos edificios.  Y en el que están las oficinas de la emisora Unisucre FM Estéreo, no es la excepción. Tiene solo cuatro pisos y no tiene sino escaleras de 32 peldaños cada una.  Es sábado por la tarde y mientras empiezo a acopiar la información, pienso en Botero. ¿Qué le habrá pasado? ¿Lo atropellaría una moto? ¿Será patuleco de nacimiento? ¿Le daría poliomielitis?Desde entonces empezamos a comunicarnos por teléfono en forma permanente. ¿Recibiste la información? ¿A cuánto está Palmito de Sincelejo? ¿Cómo está el camino? ¿Qué hay por San Pedro el de los mocha- cabezas?

A las diez de la noche le llamé para negociar su cita. No me es posible acopiar tanta información para el lunes por la tarde. Botero es afable, piensa ayudarme, pero ninguno de los otros clientes quiere ni puede ceder la fecha, así que el lunes por la tarde deberé enfrentarme a la visita con la papelería que tenga dispuesta.

A esa hora, en las afueras del conjunto Linares, en el barrio Medellín de Sincelejo, solo suena música de Diomedes Díaz. Mañana tendrá otro afán. La parranda aún sigue después de su muerte tan celebrada. Botero, en Medellín, ya tiene su maleta dispuesta, inocente de la parranda que ha desatado la muerte del artista.

IV

Sincelejo. Lunes 17 de marzo. Hotel Panorama. Habitación  208. 2:35 PM.  El hombre que está sentado al frente del computador portátil mira su reloj Mido de tablero negro, plano y redondo, que enganchado sobre la flacidez de su antebrazo izquierdo, yace recostado en la parte baja de la muñeca, de modo que para ver la hora tiene que doblar un poco la mano. Es en ese momento,  en que cae en cuenta de lo que reza el calendario de la pared:  ( Marzo 17 de 2014) Le parece mentira que haya logrado sobrepasar el umbral de este año y que esté allí dando lora.  Han pasado ya 28 años y allí está, vivito y luchando, levantándose con su bastón del tal Guilain Barré.

Entreabro la puerta y lo veo. El me mira, meneando la nuca con lentitud. Me invita desde su aposento para que siga. Me estaba  mirando, como si ya me hubiese visto antes:

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la enfermedad descubierta por Guilain Barré, aun no tiene cura definitiva

Descubro, que allí sentado, donde me espera, Herbert Botero, primo cercano pero lejano de famoso pintor, es totalmente distinto al hombre que me he figurado desde el sábado, cuando me anunció su visita.  Sus rasgos son finos, con una nariz bien delineada y una cejas negras y pobladas que contrastan con el color cenizo de su pelo aun abundante. Lo único que lo delata de sus limitaciones es un bastón chino comprado en USA, desarmable (para sus viajes en avión),  que yace recostado a la mesita redonda, donde trata de acomodar sus papeles y el computador  portátil y al saludar, pues sus manos están aun semi empuñadas , pues la falta de mielina le secó los músculos de sus extremidades.

Mientras camino a la ventana y echo un vistazo a la calle el Cauca sobre  un Sincelejo aun somnoliento por la siesta eterna del pescado en viudas, él habla a mis espaldas:

–         Gracias, Alfonso por venir, creo que aquí podemos trabajar.

Pese a su estado, en el que para moverse por lo regular tiene que apoyarse en otra persona y en el bastón, Herbert es un hombre de una tremenda lucidez. Un trabajador organizado, incansable:

–         Lamento que mi mujer no me haya podido acompañar, pues mi intención era invitarla a Coveñas, dice.

Botero alguna vez estuvo sentado en el puesto donde yo estoy ahora, pues también ha sido hombre de radio, de modo que lo primero, después de mostrarme su acreditación como ingeniero contratista, es ofrecerme tranquilidad.

–         No estoy aquí en calidad de policía, me dice.

El ingeniero es organizado y aunque a veces le cuesta escribir con su dedos afectados ( es puyo grafo) , el trabajo lo tiene tan esquematizado, que es sólo llenar un formulario con respuestas claves y listo.

Mientras sustrae de la nevera cercana un té que tengo que abrirle, pues no tiene fuerzas para hacerlo, el ingeniero empieza a contarme su historia, que es mucho más fascinante que verificar los datos de una emisora  en proceso de recertificación.

V

En 1975, cuando Herbert Rafael  Botero Botero egresó de la Universidad como ingeniero electrónico, la cadena Todelar ( Tobón de la Roche) era muy fuerte. Con ella trabajó en variados cubrimientos ciclísticos hasta 1980.  Recuerda con atención las vueltas  a Colombia de los años 1975, 1976 y 1977. Pero en 1978, 1979 y 1980, ni Todelar ni Caracol, transmitieron la vuelta, ante el monopolio de RCN, que tenía prácticamente tres cadenas y no era negocio enfrentarla. RCN era la reina en el ciclismo. El cubrimiento en carretera se convertiría en un espectáculo que brillaba con luz propia. Los enlaces de FM aprovechando los cerros de nuestra tierra quebrada, era el desafío de una geografía hermosa y aventurera. Esa topografía quebrada les permitía el cubrimiento en movimiento, pues un transmisor hacía los puentes y enlaces en los cerros por donde iba la caravana multicolor. Era el mejor aporte del ingenio colombiano a la radio. Botero se había levantado en ese ambiente de magia y talento para atrapar grandes audiencias.

Para aquella época de receso, RCN da al salto internacional y cubre las primeras vueltas a España en 1980, pero haciendo falsos directos. Los periodistas no iban en el pelotón. Solo se adelantaban en los puertos montañosos o en las metas volantes, tomaban los registros minuciosos de los datos, como el lugar en que pasaban los punteros, diferencias con el pelotón, escapadas, caídas e incidentes diversos. Se iban a un teléfono público, anotaban el número y allí recibían una llamada desde Bogotá, entonces armaban el carnaval. Como no había televisión  en directo ni forma de atestiguar su táctica, eran los reyes. Toda Colombia y Suramérica se comía el cuento de los falsos directos.  Fue allí donde Botero, que ya llevaba una gran experiencia en Todelar, es llamado por Caracol, donde hace un gran equipo con Yamit Amat, Mike Smulson y otras figuras del deporte. Lo comisionaron para que viajara a Francia tres meses antes del Tour y buscara los mecanismos para transmitir en movimiento, en forma directa. No fue fácil, pues a diferencia de Colombia, la geografía francesa es plana con relieves más bien bajos. No había grande cerros que impidieran la señal ni que sirvieran como torres. Visitó varias empresas y ninguna se le midió a su oferta, pese a que llevaba los diseños.  Al final,  una empresa, en la propia embajada de Colombia, se le midió al servicio. Un  avión que permanecía sobrevolando la caravana de ciclistas enviaba la señal a una unidad móvil en tierra y ésta a su vez seleccionaba los canales que iban al aire.  Cada día de transmisión costaba, en aquel invento, cuatro millones de dólares. Solo el avión costaba dos. Pero valió la pena. Los de RCN, acostumbrados a los falsos directos, fueron los primeros sorprendidos, hasta tal punto que en algunos tramos de la competencia  recogían la información de Caracol para actualizarse y relanzarla casi a la par. ¡Fueron barridos en aquel año!

Botero recuerda que tuvo problemas en uno de los aeropuertos, pues llevaba más de cien mil dólares en efectivo para los gastos de su equipo y tuvo que hacer toda suerte de peripecias para salir adelante. Por ser colombiano creían que era un mafioso narcotraficante.

El ingeniero era tan responsable en sus transmisiones, se metía tanto en la parte técnica, que pocas veces se enteraba de los resultados, tanto que al término de aquella exitosa transmisión en Francia, donde la gente se quedaba boquiabierta con los locutores colombianos, que una persona se acercó para preguntarle quién había ganado la vuelta y no supo qué responderle. Los niveles de estrés que se manejaban eran muy grandes, por la responsabilidad de mantener al aire una transmisión, cuyo único avión le costaba a la compañía dos millones de euros.

De carácter rígido, Botero peleó con Yamit Amat durante una transmisión de unas elecciones en Estados Unidos, porque se les cayó la señal, no por culpa del técnico, sino porque los gringos le daban prioridad a las cadenas más grandes del mundo y Caracol apenas era conocida.

Botero no pudo nunca probar que la enfermedad que lo paralizó tuvo que ver con su ejercicio laboral al frente de la cadena Caracol, por eso no lo indemnizaron ni jubilaron por invalidez, máxime cuando  el origen de la enfermedad es incierto. Ataca a cualquier edad, en cualquier momento  a uno de cada 100 mil personas.  La única sospecha fueron unas fumigaciones de verano que estaban haciendo cuando estuvo en España, que estaba llena de plaguicidas en las zonas donde pasó la vuelta de aquel año, previo a la enfermedad.  No sospechó que en su cuerpo, mientras cumplía su labor técnica, unos soldados blancos, encargados de cuidar a los soldados rojos y custodiarlos del ataque del enemigo, posiblemente se empezaron a volver locos, cuando una ola de veneno se filtró por su cuerpo. Los leucocitos o glóbulos blancos enloquecidos  por el veneno empezaron a comerse la mielina encargada de llevar la señal a todo el cuerpo, entonces  Botero ya no pudo dirigirlo ni abrir el tubo de crema dental.

A los nueve meses, después de estar en una clínica, donde su mujer lo cambiaba de posición cada hora, Botero se levantó y empezó su tarea de rehabilitación, bajo el impulso de cinco mujeres, entre ellas su secretaria, que era la  encargada de abrirle la corredera cuando iba a orinar.  Para sus compañeros fue toda una proeza su regreso a la gerencia técnica de Caracol, donde dirigía en una silla de ruedas. Ya para esa época era un amante de la tecnología y solo le bastaba una buena secretaria y un computador para mandar. El problema,  en la oficina era ir al baño.

–        Yo sacaba mi soldadito, orinaba en un recipiente y  mi secretaria iba a depositar el líquido al baño.

Su valentía fue reconocida cierta vez que logro asomarse en el balcón interior de la compañía y los compañeros le dieron una lluvia de  aplausos.

No obstante su esfuerzo, poco antes de cumplir diez años, la empresa lo llamó a negociar para echarlo. Y lo echó. Para entonces ya tenía montado su plan B. No tenía  plata, pero tenía ideas. Se asoció  con un cuñado que tenía una bodega, empezando una novedosa empresa para fabricar antenas de radio.  Ha sido la única empresa colombiana en hacer este tipo de estructuras durante 28 años.  Y como siempre, la empresa que lo despidió para evitar pagarle media pensión,  fue la primera interesada en comprar las antenas, pero jamás le compró una sola.

Sin haber cantado una sola canción de Diomedes Díaz,  Botero luchó contra esta extraña enfermedad y desde su bastón dirigió la empresa que por 28 años le permitió seguir adelante. Sus hijos son dos excelentes profesionales, el barón es abogado especializado en telecomunicaciones y la mujer, es ingeniera.

Con su bastón chino importado desde USA, Botero recorre los municipios inspeccionando emisoras, llevando siempre en la pantalla de celular la imagen fresca de Alma, la mujer que lo ha llevado en sus brazos.

Nuestro recorrido termina en San Pedro, Sucre, donde  Botero, con rigor de cirujano, cumple sus funciones, mientras  en la emisora Sonorama Estéreo, suena un tema de Diomedes Díaz, el hombre que también sufrió de su misma enfermedad. Lo único que le llama la atención del tema es la jocosidad de la palabra armadillo. Nada más.

 

 

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