Opinión

La empalagosa voz de Julio Sánchez Cristo

A “Magia Salvaje” le sobran tanto sobrevuelo de dron, tantos adjetivos y tanta voz en off

Por:
septiembre 10, 2015
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La vi en medio de los arhuacos, en pleno corazón de la Sierra. Los indígenas estaban hipnotizados ante las imágenes de Colombia: Magia Salvaje y yo estaba aburrido viendo los riscos, los ríos, las aves. Preferí mirar el cielo encima de Nabusímake, ponerme los audífonos, escuchar por centésima vez en el día Animals y sacarme de encima la empalagosa voz de Julio Sánchez Cristo describiendo lo obvio, lo que se ve en la pantalla. La culpa por supuesto no es de Julito sino del que escribió el guion. ¿Por qué esa necesidad de narrar lo que se ve? ¿Por qué decir que los colibríes bailan en el aire si estamos viendo sus alas agitarse? ¿Por qué nos cuesta tanto el silencio?

Desde que juego a ser periodista renuncié en las madrugadas a Pink Floyd y los Rolling Stones para centrarme en las noticias. El único programa que escucho es el de Julio. Con todo lo elitista que puede ser, lo sesgado, lo mariaisabelero, es el más objetivo de los locutores radiales desde que se retiró Hernán Peláez. Esa voz aterciopelada que disfrutamos tanto se vuelve insoportable en los noventa minutos de Magia Salvaje.

La voz de Julio va a ser un gancho para que la gente abarrote las salas del que promete será el documental más exitoso en la historia de Colombia. Seguramente llorarán contemplando los paisajes, el paraíso tóxico que es mi tierra. Valoro el esfuerzo del Éxito de invertir cinco años de trabajo y tres millones de dólares recorriendo el país profundo para encontrar, entre las hojas secas de árboles amazónicos, a la diminuta rana amarilla capaz de matar a un batallón de soldados con su veneno, o al cóndor sobrevolar, con sus alas inmóviles, la cordillera de los Andes. No queda más que aplaudir a la gente de Ecoplanet y la férrea voluntad de sacar adelante un trabajo tan agobiante física y mentalmente como fue hacer un documental que pretendía cubrir la inmensidad del territorio nacional. Con la publicidad agresiva y la campaña que se ha emprendido desde la W, la gente acudirá en masa a ver, como nunca antes se ha visto, la Colombia profunda desde un dron. Es mejor que exista Magia salvaje a que nunca se hubiera hecho.

Sin embargo, no me gustó. Su formato me pareció anticuado, rígido, aburrido. Más televisión que cine, más Discovery que Flaherty. Si uno quisiera conocer mejor a Colombia debería meterse en los archivos que hay en Youtube de Yuruparí o ver los viejos capítulos de Naturalia. La falta de foco que presenta el documental es preocupante; si hubiera un hilo conductor, si el intento de concientizar a la gente sobre la buena utilización del agua hubiera funcionado, estaríamos hablando de un hito, de una obra digna para verse en los colegios, en las escuelas, un clásico del cual todos nos sentiríamos orgullosos y no de esta postal hecha para traer ecologistas patisucios de Europa.

A Magia Salvaje le sobran los sobrevuelos de dron, los inagotables adjetivos y tanta voz de Julio Sánchez Cristo. En este documental queda claro que la voz en off, en el cine, está mandada a recoger. Ni siquiera el más potente de nuestros locutores radiales pudo darle dignidad a una película que pertenece a un género que, a mi juicio, ya es obsoleto: el de los documentales tipo NatGeo.

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