Hay algo que Julián Díaz ha hecho durante buena parte de su vida: caminar en contra de lo que tiene en frente. Lo hizo cuando no tenía un centavo y hoy, en “María: la caprichosa”, vuelve a demostrar esa resiliencia, interpretando un papel que no conocía, un hombre sin una pierna, el padre de la protagonista.
Un reto que jamás había enfrentado y que lo obligó a explorar nuevos caminos para ser convincente y demostrar porqué fue elegido para el papel. Hace décadas, sin embargo, el esfuerzo era otro. Cuando apenas comenzaba a formarse como actor en Bogotá, Díaz llegó a caminar durante horas para poder asistir a sus clases.
No tenía dinero de sobra ni una industria esperando por él. Pero sí la certeza de que quería actuar. Entre aquellos momentos hay más de cuatro décadas de carrera, 40 películas, decenas de producciones de televisión, teatro, escenarios internacionales y personajes que terminaron llevando su rostro mucho más lejos de las calles que alguna vez recorrió, a toda prisa, para llegar a tiempo a clases.

Hay algo que no ha cambiado: para Julián Díaz, actuar siempre ha sido un trabajo físico. Y María, la caprichosa se lo volvió a recordar.
Una pierna que debía sentirse real
Para construir a Don Manuel, Díaz decidió no conformarse con fingir una cojera frente a la cámara. Se metió de lleno en el personaje. Se amarraba la pierna, utilizaba aparatos y buscaba cualquier elemento que le ayudara a acentuar la dificultad para caminar.
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Su obsesión era que la cojera no desapareciera nunca, que estuviera presente en cada movimiento y que el cuerpo contara algo incluso cuando Don Manuel permaneciera en silencio.
Él mismo lo explica desde su manera de entender el oficio: esa es la magia de los actores, conseguir que algo que no es verdad termine pareciéndolo.
Durante el rodaje ocurrió algo que terminó llevando la idea mucho lejos. Una de las escenas de María, la caprichosa se grabó en un hogar para personas mayores. Díaz ya estaba completamente metido en el personaje. Desde que llegaba al lugar, cuenta, dejaba de ser Julián y se convertía en Don Manuel.
Allí, conoció a un hombre al que le faltaba una pierna. Díaz le preguntó cuánto tiempo llevaba sin ella. El hombre le explicó que la había perdido en un accidente. Entonces el actor hizo una pregunta que, en otro contexto, habría parecido parte de la ficción: ¿si todavía sentía dolor en la pierna que ya no tenía?

El hombre comenzó a hablarle del dolor fantasma. Díaz quedó sorprendido. Había construido para un personaje una experiencia que ese hombre conocía en carne propia. La ficción había terminado encontrándose con la realidad.
“Si está en el imaginario de uno, pasa en el imaginario del otro”, recuerda. Ese momento explica mejor que cualquier currículum la manera en que Díaz entiende la actuación.
El hombre que caminaba para llegar a clase
Quizá por eso cuesta separar su carrera del esfuerzo físico. Antes de María, la caprichosa, Narcos y de convertirse en uno de los rostros habituales del cine y la televisión colombiana, Díaz tuvo que abrirse camino en Bogotá, una ciudad despidada con los inmigrantes.
Había nacido en Candelaria (Valle del Cauca). Llegó joven a la capital. El dinero escaseaba y durante una época caminaba durante horas para poder llegar a sus clases de actuación. Incluso comenzó a acercarse a la carrera policial, pero terminó abandonando la idea para dedicarse completamente al teatro.
Estudió Licenciatura en Artes Escénicas en la Universidad Pedagógica Nacional y pasó también por la Academia Charlot.

Lo interesante es que nunca entendió la actuación como aprenderse un libreto. Su formación terminó convirtiéndose en una investigación permanente sobre el cuerpo, el movimiento y la presencia escénica. De allí, surgieron herramientas como Corpo-Ball y el modelo Creación Espontánea.
terminó llevándolo al cine.
De El Arriero a Narcos
En 2004, apareció en La sombra del caminante, de Ciro Guerra. Posteriormente, pasó por producciones como El Colombian Dream, Soñar no cuesta nada y El amor en los tiempos del cólera.
Cinco años después, en 2009, llegó uno de los personajes que marcaron su carrera: Ancízar López, protagonista de El Arriero, de Guillermo Calle. Después vendrían Crimen con vista al mar, Red Jungle, La Matriarca, El Paseo 7, Esto se calentó y otras producciones.
La televisión amplió todavía más su rostro. Pasó por Policías, en el corazón de la calle, La sucursal del cielo, Los Victorinos, Ojo por ojo, A corazón abierto y La Selección, entre muchas otras.

En 2015, llegaron Narcos y el reconocimiento internacional. Como Nelson Hernández, conocido como Blackie, Díaz pasó a formar parte de una producción que terminó llevando su trabajo a una audiencia internacional.
Mientras su rostro aparecía en grandes producciones, no abandonó el teatro. Durante más de dos décadas ha trabajado con Mapa Teatro y participado en montajes como Muelle Oeste, Ricardo III, Los Santos Inocentes y Los Incontados. También ha trabajado con otros colectivos y llevado sus obras a escenarios de Canadá, México, Brasil, Suiza y Bolivia.
Una carrera que tampoco cabe en una pantalla
Hay otra parte de su trabajo que ayuda a entender por qué Díaz no se ha quedado únicamente en ser actor.
Junto a su esposa, la creadora y bailarina Catalina Mosquera, fundó DIOKAJU Generación Arte Afro y desarrolló Escenafro, una propuesta que mezcla danza africana, danza afro contemporánea, tradición oral y teatro.
Mientras otros actores construían personajes desde la voz o la caracterización, Díaz convirtió su propio cuerpo en una especie de laboratorio y esa búsqueda terminó llevándolo al cine.
Este año llegó su nominación a los Premios India Catalina como Mejor Actor de Reparto por su interpretación de Nicanor Maecha en Francisco, el Hombre. Ahora María, la caprichosa le ofrece otra oportunidad. Allí vuelve a aparecer aquel Julián que caminaba durante horas para llegar a una clase de actuación. Sin embargo, en esta oportunidad no tiene que caminar hasta un salón, sino convencer al público de que una pierna que no existe todavía puede doler.
Para conseguirlo, vuelve a hacer lo que lleva más de cuatro décadas haciendo: poner su cuerpo y su ser al servicio de la actuación.
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