La desfachatez del señor Bukele, el dictador más cool del mundo

Nayib Bukele no vio problema en autodefinirse en Twitter como “el dictador de El Salvador”. ¿Por qué podría ser el personaje estrella de 'El señor presidente'?

Por: Fredy Alexánder Chaverra Colorado
septiembre 23, 2021
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La desfachatez del señor Bukele, el dictador más cool del mundo
Foto: Instagram/@nayibbukele

El señor presidente es la principal novela del nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias y un referente indiscutible de la literatura latinoamericana. Publicada en 1946 tras años de sortear la censura, en tres partes y un epílogo magistral, Asturias describe la atmósfera inquietante y opresiva que rodea la vida y obra del misterioso señor presidente. Un artilugio literario basado en Manuel Estrada Cabrera, excelentísimo dictador de Guatemala entre 1898 y 1920. A más de 70 años de su publicación y tras convertirse en una pieza clave en un subgénero narrativo conocido como la novela de dictador, es una obra que no pierde vigencia al momento de describir los alcances y limitaciones del poder.

Pues bien, recientemente, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, no vio problema en autodefinirse en Twitter como “el dictador de El Salvador”. De esa forma, se burló de los cuestionamientos de la comunidad internacional a su evidente deriva autoritaria y a la progresiva ruptura del orden democrático que se viene acelerando en el pequeño país centroamericano. No es habitual que un presidente se autodefina como dictador, creería que es algo que no tiene antecedentes cercanos en la región, pues es una salida en falso que encierra un profundo desconocimiento sobre el daño que las dictaduras le han hecho al mundo.

Al señor dictador Nayib Bukele habría que recordarle que las dictaduras solo pueden ser sinónimo de opresión, muerte, desaparición forzada y persecución a los sectores opositores (como bien lo describe Asturias en su novela). No resulta divertido que se autodefina como “el dictador más cool del mundo”, mucho más proviniendo de una región que durante la segunda mitad del siglo XX se vio azotada por brutales regímenes dictatoriales. Así, solo refleja una actitud displicente con los miles de víctimas de esas dictaduras e incurre en aquella banalidad del mal, teorizada por Hannah Arendt.

Al parecer, Bukele se siente hostigado por una comunidad internacional, que se ha fijado en cada uno sus movimientos. A los constantes reclamos de Human Rights Watch se han sumado los Estados Unidos y la Unión Europea, con el gobierno Biden echando mano de la clásica receta de “sanciones y bloqueos” y Bruselas manifestando su preocupación ante la sentencia que habilita su reelección. Sin una solución diplomática a la vista y convencido de que la mejor defensa es el ataque, Bukele ha confrontado el intervencionismo y le ha pedido a Estados Unidos no inmiscuirse en los asuntos internos de El Salvador.

Su autonombramiento como dictador es el corolario de esa escalada de señalamientos y vientos cruzados.

Para José Miguel Vivanco, el látigo de Human Rights Watch, Bukele es un “potencial Hugo Chávez”, advirtiendo que las reformas avaladas por sus mayorías parlamentarias son un peligroso asalto a la democracia. Tras obtener una aplastante victoria en las recientes elecciones legislativas (sin cuestionamientos de corrupción o manipulación), Bukele obtuvo carta blanca para asestar dos golpes estratégicos: modificar la Constitución y controlar el aparato judicial.

Primero, cesó a los jueces mayores de 60 años, y posteriormente, reconfiguró la composición de la Corte Suprema (que le dio luz verde a su reelección inmediata).

Sin duda, el huracán Bukele, en esencia, refleja una forma de gobierno a la usanza de las dictaduras de antaño. El suyo ha sido un gobierno caracterizado por la cooptación de las instituciones; el hostigamiento a los medios críticos (como el periódico digital El Faro) y a los sectores opositores; su exaltación como “hombre heroico” enaltecido por un incipiente culto a la personalidad. Con la novedad de ser un dirigente obsesionado por la tecnología, la inteligencia artificial y que gobierna desde Twitter.

Sin embargo, tampoco hay que desestimar que en su ascenso al poder confluyó una mayoría convencida por un proyecto político personalista. En gracia de discusión, Bukele no se tomó el poder a la fuerza o le asestó un golpe al legislativo (aunque sí promovió su militarización cuando no tenía mayorías); al igual que Chávez y Uribe, su consolidación en el poder obedeció a un poderoso efecto de seducción en una mayoría, suficiente para ganar todas las elecciones y acumular el capital para hacerse con el control de la Asamblea y promover reformas estructurales al poder judicial.

A la fecha, Bukele sigue siendo el mandatario más popular de la región y en las elecciones legislativas de 2021 ratificó esa popularidad al sacar con su partido Nuevas Ideas 1.739.153 votos, equivalentes al 66,46 % de la votación. ¿Hasta dónde su deriva autoritaria no responde al mandato otorgado por esa mayoría?, ¿Bukele solo le está cumpliendo a sus electores?, ¿es tanto el hastío de un porcentaje considerable de la sociedad salvadoreña con los partidos tradicionales que conscientemente apoyan un proyecto político autoritario al margen de ARENA y el FMLN?

Son preguntas que requieren respuestas muy amplias y abiertas a comprender la realidad política de El Salvador en las últimas tres décadas.

Volviendo al dictador más cool del mundo, Bukele va comprendiendo que su país forma parte de una comunidad internacional y que El Salvador no es una autarquía. Esa comunidad internacional es responsable de velar, bajo intereses ciertamente cuestionables y diferenciados, por el mantenimiento de unos principios liberales que han sido determinantes en la construcción de una identidad política en el mundo occidental. Al quebrantarlos, el nobel dictador se expone a los cuestionamientos, a la vez que se empeña en escribir otro capítulo en la larga lista de aquellas trágicas novelas tan características de la realidad latinoamericana.

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