La derecha histérica y la izquierda dogmática

Buenaventura es el ejemplo de una sociedad participativa descuartizada, donde los pobres son sujetos y objetos electorales, nada más

Por: jorge muñoz fernández
mayo 25, 2017
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La derecha histérica y la izquierda dogmática
Foto: Redatia

Si entendemos el espacio público como territorio de participación, intervención o colaboración de clases y comunidades, no es necesario forzar la imaginación para darnos cuenta que se encuentra severamente desvalorizado. Nos preguntamos: ¿existe la democracia participativa que pregona nuestra Constitución, o interpreta una alegre fantasía que satisface a los políticos?

Tiempos hubo en que nuestros politólogos consideraron que en virtud de la Constitución del 91 éramos el país más democrático del planeta. Apareció el espacio de la participación como panacea para darle sentido a la democracia representativa y su naturaleza popular obtuvo un carácter histórico al tener asiento en el Concejo Nacional de Planeación. Era la medicina prodigiosa. Pero en la práctica, que es maestra de la verdad, ese espacio público devino en un mito democrático, en una parábola política y en una fábula que nos produjo desencanto y una brutal crisis del presunto aporte popular en la conformación del Estado.

Buenaventura es el ejemplo de una sociedad participativa descuartizada, donde los pobres son sujetos y objetos electorales, nada más. Apareció la anti-política como un medio de frivolizar la política, pero, al final, esa conducta, que pudiéramos llamar abstencionista, le otorgó mayor legitimación al sistema vigente. Al calor de la partidocracia, conformada por clanes, camarillas, sectas, micro y macro-poderes económicos, incluida la medio-cracia nacional y regional, llegó la resaca eleccionaria y provocó una estampida de los ciudadanos incautos que terminaron desnudos en el campo de los valores reaccionarios.

Caída la máscara de la institucionalidad gobernante, en el marco de una guerra que no fue, que no concitó al pueblo como Ejército del Pueblo, que dejó cincuenta años de enfrentamientos donde no hubo guerra de movimientos y posiciones, (sino excepcionalmente), que fuera capaz de dirimir el conflicto de la territorialidad en juego, nos precipitamos en el abismo de la derecha histérica que alentó tras bambalinas la confrontación derecha ‘acurrucada’ en el poder, con la cual solo se puso en evidencia que los grupos que se lo disputaban nunca estuvieron en crisis y se convirtieron en un movimiento populista que, desde el Estado y fuera del Estado, adquirió características perturbadoras y agitadas.

El primitivismo político, con alta dosis de teorías de estirpe ‘fascistoide’, se puso en boga como respuesta a la guerra que, sin desconocer su postura altruista, nunca obró con filantropía, como si lo hizo emblemáticamente el Movimiento 19 de Abril, M-19. Su posterior cauda electoral dejó ver la influencia que tenía en el pueblo después del cierre de la cortina armada. Sobre el mapa de la participación democrática, la civilización del capital y el predominio sobre la tierra, continuaron con la coerción, la violencia, la explotación y la cultura hegemónica; se hizo distintiva una forma de vivir blanda y muelle, de producir y soportar la espiritualidad sistémica.

La desigualdad social fue tratada con discursos gerenciales; lo mismo que con dogmas pertenecientes a la izquierda determinista y con discursos liberales y conservadores unidos por el mismo cordón umbilical como criaturas siamesas, al compás de la incubadora económica, ideológica y política del neoliberalismo. Anclados en plataformas comunicacionales, más que en debates serios sobre la realidad del país, se hizo de la política una industria electoral donde fue fácil observar la impronta del elitismo y la imagen utilitaria de los salvadores supremos. En esa onda política nunca aparecieron aristas alternativas en la curvatura del sentimiento ciudadano; la desnaturalización de los partidos políticos tradicionales no pasó por corrientes que mostraran opciones diferentes y la llamada izquierda nacional acusó profundas diferencias heredadas que no aceptaron la ética de vivir y actuar juntos.

Hoy, el nuevo flujo mundial populista de derecha, con el pelo conductor de Trump a la cabeza, otorgó orientaciones y reglas de ingeniería política para fortalecer el itinerario neoliberal, sin que aparezca el reclamo latinoamericano como proyecto regional, que en Colombia tiene un rostro de rechazo a la paz ‘castrochavista’ que cala mediáticamente en los sectores de la clase media, fáciles de orientar por su banalización de lo político. El viejo concepto de Estado-Nación está postrado por los efectos tecno culturales totalizantes y la Nación no puede asumir la carga del presente, es demasiada pesada. Tampoco el Estado puede dar un salto dialéctico que lo libere de la transnacionalización global, ni la nueva especialidad ‘del mercado de aguacates’ no define ni resuelve la reapropiación de nuestra territorialidad, que supone recuperar la independencia nacional.

Si la ideología es el cuerpo de ideas que une a las clases sociales, las motivaciones valóricas de la clase media, manipuladas por el miedo al ‘castrochavismo’, son recursos que ‘in crescendo’ arrastrarán al país a escuchar los violines de la derecha enajenada que, de llegar al poder, le asestará un golpe severo a la paz, mientras los individuos inseguros, idiotizados estratégicamente por la medio-cracia, ‘los medios son el mensaje’, creerán que solo podrán salvarse protegiéndose medrosamente en los templos de la derecha histérica.

 

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