La decadencia de Popayán

La ciudad blanca, sobre todo la del centro histórico, como la pinta Wilches Chaux, es una anciana ajada y empobrecida, caída y vuelta a parar después de varios terremotos y batallas

Por: Felipe Solarte Nates
abril 04, 2019
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La decadencia de Popayán
Foto: popayan.gov.co

Popayán penosamente intenta conservar el orgullo y el fasto de épocas gloriosas, cuando junto a Santafé y Cartagena eran los principales centros del poder económico, político-administrativo y eclesiástico de la Colonia fundada durante la conquista a cruz y espada en territorios indígenas.

La profusión de templos, claustros de antiguos conventos y grandes casonas, hoy recicladas para la educación y el turismo, junto con la homogénea arquitectura del centro son testimonios de la antigua importancia la ciudad, que en la guerra de independencia —por la concentración del oro producido en numerosos “reales de minas” desperdigados en territorios que abarcaban desde Barbacoas en Nariño hasta el Chocó— jugó un papel decisivo financiando, tanto a los ejércitos patriotas como a los realistas, que en medio del fragor de batallas, como las de Palacé y Calibío, se turnaban para tomársela, saquearla de riquezas, ganados, caballerías, víveres y aperos, llevándose a los esclavos, indios, peones y funcionarios, como carne de cañón de sus ejércitos, con las amorosas y serviciales ñapangas detrás.

También jugó un papel decisivo al sacrificar a sus más brillantes intelectuales y pueblo raso participando en las batallas que derrotaron a los españoles y que después continuaron reclutados en variopintos ejércitos y guerrillas al mando de caudillos militares y estadistas como los condiscípulos de primaria: Tomás Cipriano de Mosquera, José María Obando y José Hilario López, quienes junto a la caza se entretenían haciendo la guerra abanderados en los partidos liberal y conservador, el federalismo y el centralismo, la educación religiosa y laica, la liberación de los esclavos, el libre comercio y la protección a los artesanos, al mando de numerosas guerras civiles cesadas por sus copartidarios en 1902, con la guerra de los Mil Días.

La decadencia de Popayán se aceleró cuando el territorio del Estado Soberano del Cauca, que abarcaba casi 600.000 km² del país, se fraccionó a partir de 1908, con la creación de los departamentos de Nariño y el Valle Cauca. “Nos quedamos con la casa solariega y se llevaron lo mejor de la finca”, cuentan que dijo un patricio.

Mientras el auge de la industria y el comercio nacional e internacional se concentraba en la pujante Cali, Popayán, con aureola de “ciudad histórica, religiosa y culta”, en torno a la Universidad del Cauca, continúo apegada a sus tradiciones y en especial a la Semana Santa conservada por los descendientes de las familias otrora más ricas e influyentes desde la Colonia hasta los convulsionados albores de la República.

Mientras la lucha política y el control de la burocracia nacional, departamental y municipal se convertían en motor de la vida cotidiana y como principal fuente de empleos, la actividad económica productiva giró en torno a las grandes haciendas coloniales que rodeaban la ciudad y municipios vecinos, más otras propiedades que pertenecieron a la iglesia y a Resguardos indígenas, y fueron desamortizadas “de manos muertas” durante los gobiernos radicales de la segunda mitad del siglo XIX, para negociarlas entre sus compañeros de lucha.

Entrado el siglo XX, mientras el eje económico, político y administrativo giraba en torno a Cali, en Popayán con la Universidad del Cauca todavía concentrando a destacados intelectuales y docentes, en ambiente de chisposa bohemia, los 'patojos’ tradicionales, entretenidos en tertulias y “chascarillos” repentistas generosamente lubricados por aguardiente de Japio y “chirrincho” ‘sacatinado’ por los ‘Pitingos’ del barrio Bolívar, cultivaban su ingenio versificador y rumiaban las nostalgias del pasado glorioso con riqueza y poder.

Desde la creación del Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric), en 1971, el avance de la lucha indígena por recuperar sus resguardos dejó a Popayán sin grandes haciendas ganaderas y lecheras, ni poderosos terratenientes, que al final negociaron con el Incora, para que los nasas, misaks y yanaconas recuperaran territorios de sus antiguos Resguardos.

A partir de entonces, el aumento de población y la presión de los nasas por extender sus territorios en el Cauca y departamentos vecinos, ha ocasionado conflictos y enfrentamientos con propietarios de algunas fincas restantes, con sus vecinos misaks, campesinos mestizos, comunidades afros y cultivadores de caña de azúcar, que tienen que afrontar en negociaciones conjuntas con la participación del gobierno para evitar que se agraven y vuelvan inviable al campo, azotado además por la acción de diversos grupos armados disputándose el narcotráfico, la minería ilegal y otras actividades delictivas en territorios que no fueron ocupados por el gobierno cuando se desmovilizaron las Farc.

Mientras tanto, en la actual minga, a los indígenas del Cauca, exigiendo el cumplimiento de antiguos acuerdos y extendiendo sus peticiones de mayor inversión en sus territorios, se les sumaron comunidades de otros departamentos, más organizaciones de comunidades negras que sumaron a la minga sus peticiones de ser incluidas en el plan nacional de inversiones.

El sitiar anualmente a Popayán para obtener más tierras y recursos del Estado es una simbólica retaliación histórica, que afecta directamente a los habitantes de la empobrecida ciudad y municipios vecinos, donde la gran industria no ha mostrado interés de instalar sus fábricas y la mayor fuente de empleo e ingresos la obtienen sus habitantes de algunos empleos públicos, en bancos, almacenes de cadena, pequeñas empresas, talleres, comercios, de la construcción y del rebusque, dinamizados por la plata de la coca producida en la región.

Sin embargo el prolongado bloqueo no solo afecta a Popayán. En Nariño, la situación es crítica y también resultan afectados en el Huila, Putumayo y Caquetá y de una u otra forma a más de siete millones de habitantes del suroccidente del país, sin contar las multimillonarias pérdidas económicas y la suspensión de eventos y del movimiento de pasajeros y carga nacional e internacional.

En la minga del 2019 y en vísperas de la Semana Santa, la temporada de mayor trascendencia cultural, religiosa y economía de Popayán, la situación se ha agravado por la intransigencia de los negociadores al no ceder en sus posiciones iniciales.

La pugnacidad de las partes, la institucionalización de los prolongados bloqueos y el odio racista propagado en diferentes escenarios, principalmente en las redes sociales, provocó los incidentes del miércoles 3 de abril, cuando algunos mototaxistas y particulares, atacaron las instalaciones del Cric en Popayán y se enfrentaron a algunos estudiantes y empleados de las oficinas que defienden la minga, mientras integrantes del Esmad intervenían para controlar los enfrentamientos.

No se sabe si el gobierno nacional y el presidente Duque —apremiado por el afán de desconocer los acuerdos de paz con las Farc; torpedear la reforma agraria integral y la política de restitución de tierras y titulación de baldíos; negado a reanudar conversaciones con el ELN; con la ayuda del fiscal Martínez, obsesionado por desacreditar a la JEP y a las altas cortes; preocupado además por la pérdida de gobernabilidad y mayorías en Senado y Cámara— esperan a que se alargue y agrave el conflicto y se le sumen otros en diferentes regiones del Cauca y el país, como las anunciados paros de los maestros y otros sindicatos, para así poder justificar la adopción de medidas de excepción y de fuerza, y además convocar a la Asamblea Nacional Constituyente que añora el jefe del Centro Democrático y del gobierno a la sombra, el también senador Álvaro Uribe Vélez, “para refundar a la patria” al estilo de la centralista, autoritaria y camandulera Constitución de 1886.

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