La decadencia de Caracol Radio

"La liviandad de Gustavo Gómez, la insipidez de Darcy Quinn y lo malo que se puso el fútbol, me llevaron a cambiar de dial"

Por: Alexis Diaz
febrero 14, 2020
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La decadencia de Caracol Radio

Antes uno se regodeaba a placer escuchando Caracol. La estatura de sus producciones noticiosas, deportivas y de entretenimiento era sencillamente notable. Su impronta de calidad Incuestionable. Periodistas, locutores, conductores y analistas garantizaban además de información, aprendizaje. En épocas pretéritas, donde lo más cercano a la bonanza tecnológica de la que hoy gozamos era el reloj de Dick Tracy, los profesores de mi escuela intentaban reforzar nuestra escasa visión de la realidad instándonos a leer El Tiempo y a escuchar Caracol. Y Era fácil ser “caracolero”. Uno tenía la garantía de pegarse el Sanyo al oído y escuchar a calificados tratadistas , quienes con cortes quirúrgicos diseccionaban los hechos más relevantes. Cuando mi hermano mayor me sorprendía escuchando las épicas aventuras de Kaliman, el hombre increíble, con irónica locuacidad me gritaba: i póngase a oír Caracol !. Así crecí, amando a Caracol. Creyéndole a Caracol.

Hoy en día la cosa es diferente. La carrera de relevos en la Cadena ha ido dejando relegados en el recuerdo a esos “ semidioses “ que alimentan no sólo nuestra ávida imaginación, sino la necesidad de estar bien informado y que en el fragor del análisis terminaban por nutrir nuestro panorama universal. La actual égida del grupo Prisa parece no discernir la impronta bien lograda de Caracol en el tiempo , y se remite a simplificar los procesos de calidad, reduciéndolos a una menor expresión. Es lo que se ve, bueno, lo que se oye.

Me quiero remitir con temblor a tres ejemplos: La liviandad de Gustavo Gómez y la insipidez de Darcy Quinn en 6AM Hoy por Hoy obligan a mover el dial en busca de experiencias menos frustrantes y traumáticas . Son como un ataque amebiático en los umbrales del colon. El tono de Gómez no genera la credibilidad suficiente y que atañe a las credenciales de un director de tan cotizado producto. A veces opta por negociar la seriedad, canjeándola por apuntes mórbidos. Su compañera de fórmula suele “chapalear“, sin poder hacer pie, en temas que exigen honda reflexión. Uno termina sumido en el luto que inspira la pena ajena. Parecieran adolecer de autocrítica.

Y ni qué decir del Pulso del Fútbol. La bara que dejaron Peláez y Mejía fue demasiado alta. Aunque César Augusto Londoño asume su papel con dosificado decoro, aguantarse a Óscar Rentería constituye un acto no menos tortuoso. Se requiere un cóctel de estoicismo y masoquismo para no sucumbir a su polemismo rebuscado e insustancial. Su piromanía y su rancio estilo “ busca pleitos” quedó sepultado en la centuria pasada, pero él nunca lo supo. César Augusto Londoño debe quererlo mucho para soportar su quisquillosa perorata . El oyente con angustia intuye las muchas veces en que Londoño le lanza el salvavidas para rescatarlo de sus gaseosas posiciones . Esos sainetes libreteados alguna vez causaron admiración frente a colosos como Perea y Ortiz Alvear a beneplácito de una audiencia que aplaudía con delirio la supuesta resedumbre de los viejos polemistas. Pero ya no.

La Luciérnaga con de Las Casas y su “jediondo” elenco yace caída en desgracia. Se volvió una carpa de grosería y banalidad. Franquearon la angosta frontera entre el humor y la recocha. De Peláez, Gardeazabal y Diaz Salamanca no queda ni el polvo. Solo un ultraje al buen humor. El programa ya no cuenta con la agudez y destreza mental de quienes otrora informaban, analizaban y criticaban la noticia y sus protagonistas. De las admirables imitaciones a personajes de talla nacional no se avistan ni los despojos. De estas Álvaro Gómez Zafra es el último mohicano que inexplicablemente brilla por su ausencia . Lo peor es que tales blasfemias a nombre del buen humor parecieran pasar desapercibidas para las directivas de Caracol. Que alguien les diga que La Luciérnaga cayó derrotada ante los embates de un apagón.

Después de escuchar estos programas, - solo una muestra, de entre los más representativos de la parrilla Caracol - termina uno más desolado que un albañil escuchando a Carrasquilla. Se siente como el furtivo enamorado que envuelto en sus mejores galas, echa a rodar la carreta de su imaginación para augurarse una cita generosa en artes amatorias. Al final ella llega a la cita menstruosa y pidiéndole plata prestada para el arriendo. i Qué frustración !

Con todo, Caracol aún sigue siendo una marca de acogida multitudinaria, cosida a los afectos de los colombianos; pero a la sopa le han caído muchas moscas.....

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