La dama de Toribío

La Guerra inclemente en el Cauca cobra la vida de mujeres sin rostro

Por: Cristian Jimenez
septiembre 17, 2014
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La dama de Toribío

La madre aferraba a su pecho a sus dos hijos mientras su esposo sostenía el colchón que pretendía resguardaros de los proyectiles. Todos ubicados a un costado de la habitación esperando que terminara la jornada de combates entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejercito Nacional. Para el pueblo de Toribío se trataba de una situación del común: el estruendo de los artefactos detonados en contra del puesto de control de la Policía; la decoración que dejan los disparos en paredes y techos de las casas de los habitantes; el permanente desasosiego de un posible ataque; el llanto ahogado por el sonido de la munición al cortar el aire. Sucesos trascurridos en minutos, horas, incluso durante días. Esta vez la pugna inició a las cerca de la siete de la noche y concluyó a las dos de la mañana. Doña Olga preguntó a los suyos si alguno estaba herido, pretendiendo predecir un nuevo desconsuelo como el que padeció hacía varios meses al ver morir a su hijo mayor a causa de un disparo realizado desde los arbustos.

En la calles no se escuchaba ruido alguno después de los estruendosos sonidos provenientes de la guerra. Pasados los 30 minutos, los policías pasaron por las casas avisando la finalización del toque de queda; como si hubiera otra opción, pensaban los habitantes. La oscuridad no dejaba ver los daños causados a la vivienda por el combate; por tan razón, María y Federico ayudaron a su padre a levantar las partes de la cama con la finalidad de ensamblarla para poder consolar el sueño. Sabían que al amanecer la vida continuaría normalmente, haciendo de una ilusión el suceso de las anteriores horas. El cansancio los venció al momento de posarse sobre el colchón. Padre, madre, hijo y hermana, todos descansaban en una sola cama; ello no impedía el gozo del silencio que anhelaban desde la llegada del conflicto a la región. Por razones desconocidas, las mañanas prosperan más velozmente en el campo que en las grandes ciudades. Aunque ese día inició con proliferación de nubes, estas no impidieron la aparición de sol por encima de los tejados del pueblo.

La familia se levantó de la cama de la misma forma como lo han venido haciendo en años posteriores; los infantes se cubrían con la vestimenta de la escuela para dirigirse hacia allá en busca de un mejor devenir; padre y madre debían iniciar el camino en dirección a sus respectivos empleos. Antes de partir, se bebieron una «agua de panela» acompañado de un trozo de pan. Ese día le ocurrió algo inesperado a Doña Olga cuando vertía el agua en la vasija para preparar el bebedizo de las mañanas, en ese instante sintió una humedad que recorría su pierna derecha; será que me orine; no puede ser, no soy tan joven para ello y aún no he llegado a esa edad, pensó. Al fijarse en el recipiente, notó una perforación por donde se estaba escabullendo el líquido sin olor ni color. Ella no fue la única en percatarse de eso, los demás individuos alrededor también se fijaron del peculiar adorno en el objeto; momentáneamente todos descargaron risotadas, de esas risas nerviosas mezcladas con el alivio de no haber intervenido alguno de ellos en la trayectoria del proyectil que perforó la vasija.

Cada integrante de la familia se encontraba realizando las labores que le competían: Rogelio, acatando los quehaceres que le mandaba el capataz de la finca donde trajinaba; mientras Doña Olga, poseía la habilidad de convertir porciones de barro en objetos apreciables a los ojos del visitante, artesana con una tradición de varias generaciones a cuestas. Ambos no ganaban mucho, pero obtenía lo necesario para poner a diario un alimento sobre la mesa. No les importaba el sacrificio que demandara el destino, si con ello ayudarían a sus hijos a labrar un devenir diferente al de ellos. María y Federico eran muy jóvenes en ese entonces para entender las consecuencias de la edad adulta; sí, conocían perfectamente el rostro de la violencia pero aquel no expresaba tanta desmoralización como una vida poblada de adversidades a causa de una amnesia generalizada. El día trascurrió en completa normalidad para los cuatros integrantes de la familia; todos sin excepción, sabían de los deberes que los esperaban al llegar a casa para tratar de resarcir el daño dejado por la oleada de destellos que dio lugar entre la anterior noche y la madrugada de ese día.

Cada individuo traspasaba del exterior al interior del hogar con pocos minutos de diferencia; los rostros divisaban el cansancio acumulado por la jornada de estudio o de trabajo. La primera persona que ingresara a la casa tenía el deber de encender la radio, de esa forma le daban la bienvenida a la penumbra. A pesar de lo exhaustos que se encontraban, les era necesario solucionar los daños en las paredes y el techo; con la ayuda de cinta adhesiva y trozos de cartón lograron obstruir el paso del aire que deambulaba por las aberturas dejadas por los proyectiles. La noche se hacía cada vez más corta; la comida había sido servida y digerida por todos; se acercaba el momento de descansar para iniciar la monotonía del día siguiente. “Por fortuna hoy podremos dormir”, pronunció Rogelio al no escuchar la melodía estruendosa que ejecutaban los altoparlantes del pueblo en caso de alguna amenaza. Cuando se disponían a descansar, percibieron una arremetida sin pausa en contra de la puerta.

-¿Quién será a ésta hora? –cuestionó Doña Olga.

-No me explico quién sea –respondió Rogelio.

-Ve a ver quién es.

-Deja que por lo menos me levante.

-¡Habrán, soy Armando! –se oyó el otro lado de la puerta.

-Espera un momento, compadre –replicó Rogelio.

-¿Qué lo trae por aquí a ésta hora? –murmuró Rogelio mientras estaba girando la llave que liberaba el seguro del candado.

Armando se adentró a la casa sin ser invitado; la respiración de aquel se divisaba afligida, le era difícil pronunciar palabra alguna. Tuvo que reposar durante varios minutos para adquirir fuerza en los pulmones y así difundir el recuerdo que lo había obligado a recorrer medio pueblo a saltos disimulados. Comenzó a hablar en el momento que pudo hacerlo. Entre el balbuceo se oyó: “no me vas a creer”, “si te contara”, “cómo podrías creerme”; comentarios a los que Rogelio frunció el ceño, continuo de un “¿qué sucedió? cuéntame de una vez”. El sujeto no quiso comentarle nada de lo que había visto, oído o sentido; solo le propuso que lo acompañara. Invitación de poco agrado para Doña Olga y ello lo dejo ver en la expresión de su rostro al mostrar esa permanente desconfianza a los ofrecimientos del compadre.

Tras la insistencia del individuo, Rogelio comenzaba a sentir curiosidad por conocer aquello que había notado aquel sujeto. Sin anticipo, engancho las chancletas a sus pies; mientras salía de la casa se envolvió en una chaqueta dos tallas mayores a la de él. Doña Olga se fijó del acto de su esposo y solo murmuro “cuídese, mijo”. Ambos caminaban con prisa, uno siguiendo al otro; no intercambiaron palabra en el transcurso del camino porque era perdida de aire, apenas si miraban el suelo para no tropezar con los desniveles que invadían las calles del pueblo. Los hombres habían caminado por veinte minutos, a esa distancia en la que se encontraban lo único que podían distinguir eran las luces emitidas desde el interior de los hogares. A tiempo que miraban el pueblo, se percataron de la cantidad de personas que se dirigían a las misma dirección hacía donde ellos iban. Rogelio, aunque no tenía la certeza de saber a qué lugar lo conducía su compadre, tenía la sospecha de que se tratase del riachuelo ubicado en las cercanías del caserío.

Después de unos minutos de continuo andar, ambos sujetos se encontraban en el lugar que tanto había exaltando a uno de ellos. Pero no eran los únicos allí, el espacio estaba aglomerado por personas del pueblo, quienes formaron un círculo para poder observar al individuo recostado sobre las piedras de la quebrada. Rogelio, comenzó a sentir molestia por estar posicionado en una zona donde no le era posible apreciar la escena con mayor detalle; por tal razón tuvo que sortear la multitud que conformaba una pared humana. Al llegar a la posición más beneficiosa para saciar su curiosidad, notó que se trataba de una mujer la razón de la algarabía; aquella, dejaba ver su humanidad al descubierto; sus ojos observan con las satisfacción de alcanzar el descanso eterno. El roce con el agua contribuyó a enaltecer las partes negras que cubrían cada rincón del cuerpo. Los labios, iluminados por el cíclope de la noche, pronunciaban palabras sin eco. Cuando el sujeto estaba sometido al trance de un suceso poco aislado de lo cotidiano, sintió sobre su hombro el peso de la mano izquierda de Armando.

-Igual, ¿no? –preguntó Armando.

-¿igual a quien? –Rogelio, regresó sin responder a la cuestión.

-A la finada, Ágata.

-No, para nada; ella me recuerda, a la también difunta, Inés.

En la conversación se entrometió el murmullo las demás personas, todas aquellas pronunciando nombres de mujeres: Imelda, Caridad, Helena, Tisbe, Joaquina, Brígida, Renata, Violeta, Oliva, presentes solamente en el recuerdo.

Ilustración cortesía de Rosario Llano.

@Cristian_Jz

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