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La curiosidad comienza con una pregunta sobre el mundo y puede terminar con una pregunta sobre nuestra propia vida. Entre ambas caben la educación, el conocimiento, la creatividad, la innovación y la ciudadanía. Quizá por eso la curiosidad no debería considerarse un asunto secundario de la educación, sino una de sus fuerzas fundamentales.
Aristóteles abrió su Metafísica con una afirmación que conserva una sorprendente actualidad: “Todos los hombres desean por naturaleza saber”. Esa búsqueda comienza desde los primeros años. Un niño pregunta por qué llueve, cómo funciona un objeto, de dónde viene el dinero o por qué existen determinadas reglas. La familia es, por ello, la primera escuela de la curiosidad. Cuando un adulto escucha y ayuda a buscar respuestas, está enseñando que preguntar vale la pena. Cuando responde siempre “porque sí” o “eso no se pregunta”, puede estar transmitiendo exactamente lo contrario.
La investigadora Elizabeth Bonawitz, de Harvard, explica la curiosidad como un impulso que aparece cuando existe una brecha entre lo que sabemos y lo que queremos comprender. La idea resulta especialmente importante para la educación: la curiosidad no consiste simplemente en hacer preguntas, sino en experimentar el deseo de cerrar una brecha de conocimiento.
La escuela recibe después esa curiosidad y tiene una responsabilidad decisiva: transformarla en una capacidad intelectual. No basta con enseñar respuestas. Hay que enseñar a formular preguntas, buscar información, comparar fuentes, identificar evidencias y aceptar que una explicación puede ser corregida.
John Dewey vinculó educación, experiencia y pensamiento. Su planteamiento parte de que aprendemos cuando somos capaces de relacionar lo que hacemos con sus consecuencias. Desde esa perspectiva, una buena educación no debería matar la pregunta con una respuesta prefabricada, sino enseñar a investigar.
La ciencia también ofrece razones para tomar en serio la curiosidad. Un estudio publicado por Gruber, Gelman y Ranganath en Neuron encontró que los estados de mayor curiosidad se relacionaban con mecanismos cerebrales asociados con el aprendizaje y con una mejor memoria posterior. La curiosidad, por tanto, no es solamente una actitud intelectual agradable: puede favorecer las condiciones mentales para aprender.
Pero la pregunta no termina en el conocimiento. Puede llevar a la creación. Una persona que se pregunta si existe una manera diferente de hacer algo empieza a imaginar alternativas. La búsqueda de una respuesta produce conocimiento; el conocimiento alimenta la creatividad y, cuando una idea se convierte en una solución aplicable, aparece la innovación.
El economista Paul Romer, Premio Nobel de Economía en 2018, incorporó el conocimiento y la innovación tecnológica a la explicación del crecimiento económico. Su trabajo mostró la importancia de las ideas en el crecimiento sostenido. La conexión con la educación es directa: una economía que pretende innovar necesita personas capaces de aprender, investigar y producir nuevas ideas.
Esto no significa que la curiosidad, por sí sola, produzca desarrollo económico. Entre una pregunta y una economía innovadora existen educación de calidad, investigación científica, empresas, inversión, infraestructura, instituciones y mercados. La curiosidad abre la puerta; el conocimiento y la capacidad de convertir las ideas en soluciones permiten atravesarla.
Singapur ofrece un ejemplo revelador. En pocas décadas pasó de una economía centrada en actividades portuarias y comerciales a una economía con manufacturas avanzadas y servicios intensivos en conocimiento. El Banco Mundial destaca el papel del capital humano y de la formación permanente en esa transformación. Corea del Sur ofrece otra experiencia: la OCDE destaca sus fuertes inversiones en educación, ciencia, tecnología e investigación, junto con una fuerza laboral altamente cualificada.
Ninguno de estos casos puede explicarse por una sola variable. Ambos combinaron educación con industrialización, inversión, empresas competitivas, infraestructura, investigación y apertura a los mercados internacionales. Pero muestran algo importante: las sociedades que aspiran a competir mediante el conocimiento necesitan ciudadanos capaces de aprender durante toda la vida y de crear aquello que todavía no existe.
La universidad puede convertirse en el puente entre la curiosidad y la transformación. Una pregunta de un estudiante puede convertirse en una investigación; una investigación puede generar conocimiento; y ese conocimiento puede terminar en una tecnología, una empresa, una política pública o una solución para una comunidad. El Banco Mundial ha señalado que las instituciones de educación superior son componentes fundamentales de los sistemas de innovación.
La curiosidad tiene además una dimensión ciudadana. Una democracia necesita personas capaces de preguntar: ¿qué evidencia existe?, ¿quién se beneficia?, ¿cuánto cuesta?, ¿qué dicen otras fuentes?, ¿qué alternativas hay? Preguntar ayuda a distinguir información de propaganda, evidencia de opinión y argumento de simple afirmación.
Paulo Freire defendió una educación capaz de cultivar la curiosidad. Su planteamiento adquiere especial relevancia en una época de redes sociales, inteligencia artificial y circulación masiva de contenidos. Tener acceso a millones de datos no garantiza comprenderlos. La capacidad de preguntar, contrastar y dudar puede ser más importante que la acumulación de información.
Y entonces aparece la pregunta más profunda. Hay cuestiones que ninguna asignatura puede responder completamente: ¿quién soy?, ¿qué quiero hacer con mi vida?, ¿qué considero valioso?, ¿qué responsabilidad tengo con los demás?, ¿qué legado quiero dejar?
La curiosidad puede conducir del conocimiento del mundo al conocimiento de uno mismo. No entrega automáticamente el sentido de la vida, pero puede abrir la búsqueda mediante la cual cada persona construye ese sentido.
La familia puede sembrar la curiosidad. La educación puede cultivarla. La universidad puede convertirla en investigación. La empresa puede transformarla en innovación. La ciudadanía puede utilizarla para examinar el poder. Y cada persona puede llevarla hasta las preguntas fundamentales de su existencia.
La curiosidad no es un adorno de la educación. Es una de sus fuerzas motrices. Una sociedad puede tener mucha información y poca capacidad de preguntar; puede disponer de tecnología y no innovar; puede tener ciudadanos permanentemente conectados y, sin embargo, poco dispuestos a cuestionar lo que reciben.
La curiosidad no es simplemente el comienzo del aprendizaje; es una actitud ante la vida. Nos lleva de querer entender el mundo a querer entendernos a nosotros mismos.
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