La Corocora, uno de los lugares más mágicos de Yopal

Un homenaje a este tradicional barrio de la capital del Casanare

Por: Juan carlos niño niño
julio 13, 2020
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La Corocora, uno de los lugares más mágicos de Yopal
Foto: Pard011 - CC BY-SA 4.0

En plena celebración de los 78 años de la fundación de Yopal, los ciudadanos del barrio la Corocora se aprestan a celebrar medio siglo de existencia, para lo que han estructurado el proyecto Vive la Corocora 50, como una estrategia para generar identidad y sentido de pertenencia no solo de la ciudad sino el resto del departamento, en el entendido que este mágico espacio es una muestra del sincretismo cultural en Yopal, en donde la cultura llanera se entrelazó con el aporte multicultural del interior del país, creando una auténtica idiosincrasia que se embriagó con la fría brisa del piedemonte, el ruido constante del exótico Cravo Sur y el exquisito olor del acacio mojado.

Y lo confieso: el barrio la Corocora ha suscitado desde mi niñez diversas y distintas emociones, siendo definitivamente un lugar sagrado de mi existencia, que casi nunca dejo de recorrer cada vez que vengo de Bogotá, para llenarme con esa inmensa paz que irriga en el ambiente, en donde siempre me pareció que sus pequeñas casas eran idénticas a las que dibujábamos en el colegio La Presentación —un cuadro que sostiene un cono invertido, con una ventana y una puerta en el centro— a excepción de esa imponente casona de dos plantas en una de sus esquinas —propiedad del coronel Miguel Ángel Contreras— que era la residencia oficial de intendentes y posteriormente del primer gobernador de elección popular, lo que le daba aún más respetabilidad y autoridad al barrio, en donde tuve la oportunidad de entrar un 24 de diciembre cuando don Getulio Vargas recién fue designado Intendente, acudiendo a mi memoria la elegancia de la arquitectura y la decoración, la alegría de quienes venían a saludarlo y las luces multicolores navideñas en el amplio patio, mientras se escuchaba un bello pasaje con el arpista Ramón Cedeño, el cuatrista José Ortiz y El Perico Ligero en los capachos.

Estas casas rodean un frondoso y acogedor parque, que al ser el primero con calles pavimentadas —anota mi gran amigo Carlos Gómez, quien creció y actualmente reside con sus esposa e hijos en ese sector— se convirtió en el sitio ideal para que los yopaleños pasaran la Nochebuena y el Año Nuevo —incluidas sus tradicionales novenas y los niños que se disfrazaban de los diferentes personajes en el pesebre—, en donde la infancia y la adolescencia de muchos pasó jugando yermis, ponchado, trompo, bolas, escondidas americanas, golosa y sin faltar la representación imaginaria de una tarde de toros coleados, que ratifica una vez más esa fusión de la cultura llanera con diversas tradiciones del país y el resto de Latinoamérica.

En el año de 1970, cuando el hombre recién había pisado la luna y estaba a punto de estallar el escándalo del Watergate en Estados Unidos, la Caja Agraria estaba entregando la primera casa de un programa de vivienda rural, que posteriormente se conocería como el barrio la Corocora —aclara en un interesante escrito don Óscar Hincapié, uno de los forjadores de este insigne sector— en los terrenos que adquirió por posesión el Grupo Guías Casanare y que cedió a cambio de que la administración municipal le reubicara otros terrenos, contando además Hicanpié —aquel sonriente y servicial señor de toda la vida, escritor, intelectual, dirigente, empresario, con un pelo blanco que nada tenía que ver con su edad pero si con su inmensa bondad— que “como los techos de las casas fueron pintados de rojo, los pilotos de las flotillas aéreas que operaban en la región reportaban a la torre de control su aproximación con algo así, como “ya se miran las corocoras” —garzas rojas—, teniendo en cuenta además que el barrio estaba pegado al antiguo aeropuerto de Yopal, en donde actualmente queda la Alcaldía de Yopal y el Parque El Resurgimiento.

Al contarle de esta columna a mi amigo de infancia César Gutiérrez sobre mi intención de escribir esta columna —hijo del desaparecido Indio Muisca, a quien se le conoció por manejar una Power verde sin puertas en la década de los setenta en Yopal— echó mano a los recuerdos y me contó que en la noches cuando los habitantes del barrio la Corocora escuchaban la aproximación de un avíón, salían corriendo a la destapada pista para iluminarla con linternas, con el fin de ayudarle a los pilotos a aterrizar en la misma y así evitar que se estrellaran contra las casas del barrio, una angustia bastante parecida a la que nos genera actualmente los sobrevuelos a las medianoche en Yopal de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC), que han explicado como una labor de instrucción para sus alumnos, en lo que sería la primera escuela que tiene la misma en el País.

Al indagar Carlos Gómez por esta versión a su padre —don Lucho Gómez— le dice que efectivamente es cierta, pero que también se dieron para casos en donde “los finqueros pedían el favor de aterrizar en esa pista sus avionetas, porque se quedaban sin gasolina y no alcanzaban a llegar a las pistas de sus respectivas fincas, entonces el mecánico de la avioneta del DAS José Zipagauta —quien además tanqueaba los aviones— le pedía el favor a diez vecinos para que salieran con linternas a facilitar estos aterrizajes, quedando pendiente con el lector hacer las pesquisas necesaria para confirmar algo que leí en alguna parte, en donde supuestamente el Rey de España Juan Carlos I y Gabriel García Márquez casi perecen en un aparatoso aterrizaje en la mencionada pista de la entonces incipiente población.

La adjudicación de las veintiocho casas fueron numeradas y posteriormente se entregaron por sorteo, quedando como anécdota que “los primeros propietarios fueron llamados a completar los cupos y entre ellos se colaron varios solteros” —relata el señor Hincapié—, en donde figuran nombres y apellidos tan insignes de nuestra ciudad como Héctor Piraguata y Lucila Piraguata (Casa 1), Daniel Mesa y Marora Mesa (Casa 9), Abelardo Torres y Rosa Graz (Casa 26), y los incautos pero respetables solteros Luis Ernesto Gómez, Daniel Vargas (QEPD), Ramiro Vargas y Luis Francisco Pérez, no sin antes anotar que Hincapié —también propietario y residente— ha podido establecer que el programa de vivienda fue gestionado por don Joaquín Caballero y las entregas fueron a cargo de Raúl Triana —gerente de la Caja Agraria—, “pero la realidad es que, quien sabe cuántos pasos hay del lugar donde funcionaba la Caja a la Corocora”, para que finalmente las entregara no él sino su secretario —el señor Exelino Cañón— porque “como todos saben, gerente que se respete delega en su secretario”, concluye Hincapié.

En los albores de mi adolescencia, la Casa 12 tenía para mí un aire enigmático y encantador —estaba al frente del Cerro El Venado, al entrar por la bajada que se aparta de la Marginal del Llano— porque albergaba a mediados de los ochenta a una de las adolescentes más bellas del pueblo —una despampanante morena con unos ojos azabaches y una hermosa cabellera negra— que se convirtió inevitablemente en mi amor platónico, que nunca tuve el valor de golpear a su puerta y siempre con las piernas temblando me devolvía cuando apenas había llegado al parque, aun cuando ella misma me sugirió con una sonrisa de buena voluntad que la visitara, y que ahora me honra con el gesto de leer cada una de mis escritos, pero que amablemente me ha pedido por razones de privacidad que no mencione su nombre, en cuanto cuento o crónica he redactado para Yopal, y en donde ella aparece de manera inevitable y sin esperar.

Es así como se debe exaltar y respaldar la iniciativa Vive la corocora 50 —promovida además por las familias Hincapié y Archila, en donde casualmente también ha surgido una hermosa historia de amor—, que busca en este año celebrar medio siglo de fundación “con variados y diversos actos culturales con suficiente carga de literatura, arte, música, cine, gastronomía y mucho más, para lo cual, habilitando el parque y las calles, llegaremos al rescate de uno de los eslabones, a punto de perderse en la bella y pujante historia contemporánea de Yopal”, explican sus organizadores.

Coletilla. Al redactar esta columna me encontré con la épica rivalidad en el barrio la Corocora del coronel Miguel Ángel Contreras (QEPD) y el dirigente sindical José Daniel Rodríguez, en donde este acusaba al coronel de estar al servicio del imperialismo yanqui y el destacado militar retirado lo acusaba de ser el émulo del guerrillero y exprimer ministro vietnamita Ho Chi Min.

La confrontación de estos dos extremos se hizo entre caballeros, dentro del marco del respeto y la estimación, que caracterizó sin duda a esa mágica y romántica población del piedemonte. Pero será tema de otra columna…

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