Luego de la brutal operación marítima y bélica de la presidencia gringa, en cabeza de Donald Trump, el pasado 3 de enero, que implicó el secuestro y encarcelamiento del presidente Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flórez, lo que hemos visto es el arrogante pavoneo del cabecilla del imperio amenazando y atropellando naciones y pueblos.
El asesinato de los principales líderes de Irán y el ataque a la nación persa, adelantado conjuntamente con Israel, es la más reciente bestialidad de esta delirante maquina bélica sangrienta del apocalíptico y caótico escenario geopolítico coyuntural.
Desde el pasado fin de semana, Trump y sus aliados, incluidos los de Tel Aviv, lanzaron una especie de “guerra relámpago” basada en ataques rápidos y sorpresivos (mientras se adelantaban aparentes negociaciones sobre temas nucleares) utilizando el poderío aéreo y marítimo para causar un colapso total en Irán. Su objetivo consiste en evitar una guerra de desgaste larga mediante la velocidad, la concentración de fuerza y la parálisis psicológica del adversario.
Este demencial acto de guerra reta su interpretación desde diversos ángulos, como el histórico, el geopolítico, el económico y el político, en los términos de la disputa y acción del movimiento popular global en la actual coyuntura, de auge de la ultra derecha contra las fuerzas políticas más retardatarias en plena ofensiva.
El caos parece ser el camino de esta aventura militar. El asesinato del principal líder, Ali Jamenei, y de otros destacados dirigentes del estado persa constituye un grave acto de atropello a millones de ciudadanos del mundo musulmán. Es un agravio que propicia el odio y la movilización popular contra el agresor imperialista.
Por la marcha de los acontecimientos, el gobierno iraní no ha caído, no ha implosionado, sigue intacto, ofreciendo una formidable resistencia. Vamos hacia una guerra prolongada y de intenso desgaste de los ejércitos gringo e israelí.
Lo que está cobrando forma es un conflicto armado sin horizonte claro, con un inicio lleno de espectacularidad, pero con un final que luce bastante incierto, pues tensiona la reputación de la disuasión estadounidense reconfigurando el equilibrio regional en el medio oriente.
Su análisis sugiere que “si la coalición no consigue degradar sustancialmente la capacidad iraní antes de que se agoten reservas críticas (interceptores, municiones, etc.), la disuasión puede invertirse: la potencia mayor aparecería incapaz de traducir su fuerza en resultados. En ese escenario, la credibilidad puede terminar erosionada”.
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