La comunidad gay que se rebeló al grito de #FuriaMarica

Cientos de besos se repartieron en la noche bogotana frente al Centro Comercial Andino, para repudiar la intolerancia a los LGBTI

Por: Marcos Velásquez
Abril 19, 2019
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La comunidad gay que se rebeló al grito de #FuriaMarica

Que una pareja de enamorados se tome de la mano y caminen públicamente mostrando su enamoramiento no está mal.  Que la misma pareja de repente se detenga y uno de los dos le arrebate un beso suave de los labios a su enamorado, no está mal.  

A lo sumo, quien esté fisgoneando la intimidad expuesta por quienes desean que todo el mundo se entere de su sentimiento, dado que no quieren que se les escape de las manos y no saben cómo detenerlo, se ruborizaría y hasta sentiría envidia por tal acto de espontaneidad y aceptación del afecto en público, de quienes lo están viviendo.

Toda esta escena es posible, siempre y cuando, la moral con la que ha sido formada la sociedad en la que por azar o por karma se encuentra dicha pareja, permita los actos espontáneos de las parejas heterosexuales, es decir, hombre y mujer.  Dado que la moral se toma como el parámetro de reglas y de normas de convivencia y conducta de los hombres en una sociedad.

Por ello, el pensamiento moralista dentro de una sociedad es el principio de todo totalitarismo, dado que para quienes practican dicha moral, lo bueno es como ellos dicen que es lo bueno y lo malo es todo aquello que no cabe dentro de lo bueno, planteando solo dos posiciones que, por lo demás, siempre serán excluyentes.  Cabe acotar que dicho estilo de pensar no permite ningún tipo de conciliación.

Si a la moral le sumamos posiciones religiosas que no necesariamente son espirituales, haciendo hincapié en los fanatismos propios de algunas masas, y posiciones políticas que actuando como masa también viven el fanatismo totalitario, encontramos que el imperio de la moral es la posición deontológica que habita nuestra convivencia ciudadana y social, recopilada en el sin número de códigos o manuales que pretenden normalizar cómo debemos vivir en nuestra sociedad.

Colombia tiene exceso de posturas deontologías donde puede mirar el deber ser, más no cuenta con una formación ética que permita abiertamente asumir la responsabilidad de los actos.  No en vano el exceso de la religiosidad hipócrita, por no decir solapada, ha educado a un pueblo a partir de la defensa de las apariencias, de la construcción de las mentiras piadosas y el ocultamiento de la verdad, antes que asumir públicamente la responsabilidad de los actos.

Por ello, no es extraño que en Colombia, aunque estemos en el Siglo 21, aun hay posturas oscurantistas a nivel político, religioso y social, que se filtran a través de ciertos “ciudadanos de bien”, que solo permiten que su moral sea la única que exista, la misma que no les permite comprender que, ya sea biológico o por elección inconsciente, el placer no se enseña, él se descubre y con él se hace lo que se puede, teniendo presente que ningún código puede limitar la forma de sentir, aunque sí puede ayudar a respetar, siempre y cuando sea ética y no moral su aplicación. 

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