La complicidad de la opinión pública

“Produce desolación observar la intelectualidad, apoltronada en las casas de estudios, editoriales y empresas de comunicación”

Por: Jorge Muñoz Fernández
Mayo 24, 2018
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La complicidad de la opinión pública

Dispositivos invisibles ejercen poder sobre todas las capas de la sociedad, opacan cerebros y colonizan el sentido común para impedir el pensamiento crítico.

Se configura la idea que existe la “opinión pública”, como si fuera una entidad autónoma, independiente de los grandes medios, cuando es evidente que su progenitura le pertenece y refleja sus intereses, que no son los mismos de la comunidad.

La pregunta que salta a la vista es muy clara: ¿Cuál es el estado de la opinión de un país, de una provincia o de una ciudad en un momento dado?

Sin la lógica y el discurso de los grandes medios no se formarían posiciones ideológicas frente a los intereses de los poderes dominantes y los que están en juego.

En las sociedades de masas pareciera que el público tiene sus propias plataformas sentipensantes, ajenas a la intervención de los medios de comunicación, cuando son éstos son los que le crean su propio lenguaje y formulan su contenido ético y estético frente a la sociedad.

Quienes se apoderan de ella, sobre los sujetos estadísticos, adquieren influencia y dominio, saben cómo emplearla, manipularla y conducirla,  y al apoderarse de ella saben cómo dirigir un segmente de la voluntad colectiva y tienen capacidad de inducirla.

Produce desolación observar la intelectualidad, apoltronada en las casas de estudios, editoriales y empresas de comunicación, ver cómo difunden lo que consideran inmutable y ejercen su dominio como turbas que frenan el advenimiento de los tiempos nuevos.

Desde una visión alquilada obran con sentimientos de propietarios y afirman, como guardias pretorianos, que  en sus paraísos están protegidos y no hay campo para dioses forasteros y extraños.

Son estamentos que desde su falsa conciencia permanecen armados culturalmente, al mejor estilo norteamericano,  para impedir que cualquier cambio sustancial abra sus puertas a la diversidad.

Mantener las huellas de los amos, no rescatar las pisadas de los encadenados y cautivos, salvar el discurso colonizador; no las proclamas salvadoras y rumiar el pecado original, es su misión comunicadora y desinformadora.

En su imaginario tradicional, guardián y custodio del egoísmo nacional, venden sus sueños como una seductora mercancía, que con avidez erótica devora la tribu de sus consumidores.

Hay un vacío extendido en todas las sociedades, una ruptura de los significados. Enajenación total: las clases pobres y medias soñando caminar con los zapatos de los acaudalados y opulentos.

En el desenfreno por conseguir dinero fácil se observa que la corrupción contamina todas la sociedad,  sin que “la opinión pública”, alentada por el anacronismo de los sistemas vigilantes del Estado, se pronuncie, antes por el contrario, con su silencio le otorga un carácter permanente y duradero, porque considera que hace parte del establecimiento, cuando Colombia ocupa, según Transparencia Internacional, el puesto 37 sobre 100 (La FM, mayo 24).

En un país donde la ética tiene aversión por la conciencia limpia y es su enemiga se necesita un presidente profundamente humano, que inicie una gran cruzada por recuperar la moral pública, hoy en las manos un bandidaje incrustado en las instituciones, con la tolerancia de la “opinión pública”, dependiente y subalterna, que bendice y glorifica, sesgadamente, a sus mentores y dirigentes deshonestos. Hasta pronto.

 

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