La cárcel Guangzhou en China: el infierno en el que otros diez colombianos esperan la muerte

Aislados, sin idioma, malviven hacinados con un solo punto de contacto con el mundo exterior: la tolimense Luz Miryam, la única mano amiga que se ocupa de ellos

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febrero 28, 2017
La cárcel Guangzhou en China: el infierno en el que otros diez colombianos esperan la muerte
Fotos: archivo Semana.com

Muchas veces, desde que está detenido en marzo del 2013, a Carlos Lenin Fajardo le ha tocado cerrar la nariz para comerse la verdura putrefacta que le sirven en la cárcel de Guangzhou. Incluso, muchas veces, han salido del arroz picante cucarachas caminando, moscas muertas, pedazos de caracol y hasta piedras. No hay un solo día en el que Luis Eduardo Ramírez no se haya arrepentido de haber llevado en el 2010 tres kilos de cocaína en su barriga. El trato que los guardias chinos han tenido con él ha hecho que los considere como demonios despiadados y, como le escribió en una carta a su hermano, se siente peor tratado que un secuestrado.

En las celdas de diez metros cuadrados, confundidos con otra docena de prisioneros, viven sus últimos días los doce colombianos condenados a la pena de muerte. Ninguno habla inglés ni mucho menos cantonés. No entienden nada de lo que sucede. No importa si es en Quingou o en Guangzhou –cárceles donde están los doce- las malas condiciones hacen que todo sea un tormento.

A ellos la prisión no les da ni siquiera una barra de jabón. Necesitan casi un millón de pesos mensuales para acceder cada día a una sopa de pastas sin insectos adentro, todo un lujo en las prisiones chinas. En ninguna de las dos cárceles donde están recluidos les permiten que sus familiares les lleven ropa. En invierno es usual ver a los prisioneros llevar pantaloneta o camisetas esqueleto. Las enfermedades pulmonares son una constante. El negocio lo hacen los propios guardas. Ellos son los que venden la comida y la ropa de invierno o verano. Los pocos familiares de los detenidos que han podido conseguir los siete millones de pesos que necesitan para viajar deben quedarse unos buenos meses en ese país para mantener las apremiantes necesidades de sus esposos, de sus hijos.

La cárcel es una de las más duras del mundo por sus condiciones y estricta vigilancia

Un ejemplo de esto es Luz Miriam Medina Pérez, una tolimense de 61 años quien vive en Guangzhou desde el 2013. El sacrificio lo hace para estar cerca de su hijo Walter Hugo Henao Medina y de su esposo Armando Sánchez. Ella, haciéndose entender a punta de señas, trabaja en labores domésticas y haciendo comidas que le den algo de margen para vivir en un apartamento atestado de gente a dos horas de la penitenciaria en donde las dos personas que más quiere en el mundo esperan lo inevitable.

Hay familias que aún no saben que sus familiares están presos. Comunicarse dentro de la prisión es casi imposible. Una llamada de 15 minutos puede costar $ 40 mil. En China los reclusos no tienen como generar algún ingreso dentro del penal. La gran mayoría de los detenidos aseguran haber firmado documentos ininteligibles en chino con los que han firmado, sin percatarse, su sentencia de muerte.

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