La caída del dólar es una trampa que terminará pasando factura

La caída del dólar celebra un alivio pasajero: obedece a deuda y capital especulativo, no a productividad. Beneficia importadores, pero golpea exportadores

Por: David Arturo Montero Forero
enero 26, 2026
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La caída del dólar es una trampa que terminará pasando factura

El rápido descenso del dólar frente al peso colombiano, observado entre diciembre de 2025 y enero de 2026, ha sido celebrado por muchos como una señal de fortaleza económica. Un dólar por debajo de los 3.700 pesos parecía impensable hace apenas un par de años y hoy alimenta titulares optimistas, alivios inflacionarios y discursos triunfalistas. Sin embargo, conviene bajar el volumen del entusiasmo. No todo dólar barato es sinónimo de buena noticia, y menos cuando sus causas son tan coyunturales como frágiles.

La reciente revaluación del peso no responde a un aumento estructural de la productividad, ni a un auge exportador, ni a una corrección de los desequilibrios externos de la economía colombiana. Responde, en buena medida, a una inundación de dólares. La histórica emisión de deuda externa por 4.950 millones de dólares, realizada por el Gobierno de Petro a comienzos de enero —la mayor en la historia del país—, introdujo miles de millones de dólares al mercado local en cuestión de semanas. En términos simples, cuando el Gobierno obtiene dólares vía endeudamiento y se anticipa su conversión a pesos, aumenta la oferta de divisas y el dólar cae.

A ello se suma la repatriación forzosa de inversiones de los fondos privados de pensiones. El Gobierno prepara un decreto para obligar a traer al país parte de los recursos pensionales invertidos en el exterior, que superan los 50.000 millones de dólares, con destino a proyectos de infraestructura. Solo el anuncio de esta medida ha creado una enorme expectativa de ingreso de dólares, llevando al mercado a anticiparse con un peso más fuerte ante la oferta esperada de divisas.

En paralelo, el contexto internacional jugó a favor. La debilidad del dólar global, producto del ciclo de recortes de tasas de la Reserva Federal, reactivó el apetito por activos de mayor rendimiento en mercados emergentes. Colombia, con tasas reales elevadas y una inflación en descenso, se convirtió en terreno fértil para el carry trade, es decir, capitales de corto plazo que entran, aprovechan el diferencial de tasas y fortalecen artificialmente la moneda.

El resultado es un peso fuerte, sí, pero sostenido por flujos financieros transitorios y no por fundamentos productivos. Eso explica por qué los efectos son tan ambivalentes. En el corto plazo, un dólar bajo reduce presiones inflacionarias, abarata importaciones y alivia el costo de la deuda externa. Para el consumidor de a pie, el impacto es tangible, pues electrodomésticos, viajes y algunos alimentos importados se vuelven más accesibles.

Pero el otro lado de la moneda es menos favorable. Los exportadores pierden competitividad de forma inmediata. El caso del café es ilustrativo: debido al efecto cambiario, cada carga de 125 kilos recibe hoy entre 500.000 y 550.000 pesos menos que hace un año. Menos pesos por cada dólar exportado implican menores ingresos rurales y mayor fragilidad social en regiones que dependen de estos flujos. Lo mismo ocurre con las remesas, una fuente clave de ingresos para miles de hogares, que hoy rinden significativamente menos. Una revaluación rápida beneficia al consumidor importador y castiga al productor exportador.

El mayor riesgo es confundir este episodio con una señal de éxito económico. Un peso fuerte sostenido por deuda y capital especulativo no es sostenible. Si los flujos se revierten —ya sea por incertidumbre electoral, deterioro fiscal, tensiones externas o simple agotamiento del carry trade—, el ajuste puede ser abrupto. La historia latinoamericana está llena de monedas que se apreciaron rápido y se depreciaron aún más rápido cuando cambió el viento.

Celebrar el dólar barato sin analizar sus causas es un error. Colombia no necesita una moneda artificialmente fuerte, sino una economía capaz de sostenerla con mayor productividad, más exportaciones de valor agregado y reglas claras que atraigan inversión de largo plazo, no capital de paso. Mientras eso no ocurra, cada peso ganado hoy en el mercado cambiario puede convertirse mañana en una factura más costosa. El dólar baja, sí, pero la pregunta relevante es por cuánto tiempo y a qué precio.

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