El mundo ha cambiado tanto que pretender revivir los viejos valores es tiempo perdido

 - La Batalla Cultural está perdida
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El 27 de abril de 1937 muere en Roma Antonio Gramcsi. Tiene 46 años y un cuerpo diminuto lleno de enfermedades. Ha sido encarcelado por el régimen de Mussolini y sale de su celda, libre, solo para ir morir en un hospital. En la celda escribe sin parar y sin orden miles de páginas que van a ser conocidas como Cuadernos de la Cárcel. Póstumamente sus amigos del Partido Comunista italiano, del cual ha sido fundador, lo editan y se encuentran con una visión renovada del marxismo que seduce y escandaliza a la vez.

Gramcsi se pregunta por qué aparte de la Revolución Rusa de 1917, en el resto de Europa no ha habido un triunfo semejante del proletariado, que para Marx era una consecuencia inevitable del capitalismo. Plantea lo que se conoce como Hegemonía Cultural, para decir que no es la economía la que determina la suerte de la sociedad sino el poder que las clases dominantes ejercen sobre las clases sometidas, a través del control del sistema educativo, de las instituciones religiosas y de los medios de comunicación, para que éstas vivan su sometimiento y la supremacía de las primeras como algo natural y conveniente, como un acto de sentido común, impidiendo que se rebelen. Para Gramcsi la lucha social es contra esa hegemonía.

En nuestros días la nueva derecha en boga ha denunciado que ese trabajo de socavar los valores hegemónicos que mantienen el statu quo ha sido persistente y exitoso de modo que, a través de la educación, enseñando nuevos valores diferentes de los tradicionales; de la religión, a través del olvido de Dios; y de los medios de comunicación, que defienden esos cambios como acciones en defensa de los derechos de las minorías, se avecina el triunfo de la revolución soñada desde su celda por Gramcsi.

Y la forma de oponerse a esa catástrofe anunciada es volver a los orígenes: a la patria, a la religión cristiana, a la familia tradicional. O sea, retomar el control de la sociedad perdido por puro descuido a manos del activismo de izquierda y de la llamada cultura woke, que es algo así como un despertar social en defensa de las minorías. Gentes descreídas que abrazan causas perdidas.

Es exactamente en ese contexto que se inscribe la Batalla Cultural que quiere impulsar el gobierno de Abelardo de la Espriella. Una propuesta ideológica y política impulsada por el gobierno para redefinir los valores y principios de la sociedad colombiana: la tradición judeocristiana, la familia tradicional, el mérito, la disciplina, la autoridad, el respeto por la ley. Y la Patria por encima de todo. Las acciones del gobierno, en particular desde los ministerios de educación y cultura, estarán orientadas al parecer a ese rescate.

Si ganó la derecha más conservadora, no tiene nada de raro que trate de imponer sus ideas. Solo que la sociedad colombiana con el respaldo de sus instituciones legislativas y judiciales ha ido construyendo otra ética social al margen de la ética religiosa, en el fondo inspirada en valores cristianos, convertidos en derechos sociales; civilista, lejos del militarismo; con una nueva concepción de la familia, de la educación y de la libertad de prensa. Gramcsi se hubiera dado cuenta de que la rebelión contra la hegemonía cultural tampoco lleva al triunfo del proletariado sino a una sociedad más libre. Y es un proceso irreversible. Así que convertir la defensa de la tradición conservadora en una batalla cultural, es en esta época, es tiempo perdido.

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Por Óscar López Pulecio

Abogado especializado en Ciencias Socioeconómicas de la Universidad Javeriana, Bogotá. Ha sido embajador de Colombia ante la Asamblea General de la ONU, Nueva York; Cónsul General de Colombia en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Londres; Gerente Regional de la Caja Agraria, Valle del Cauca; y Secretario General de Anif y de la Universidad del Valle.