Con su visita a París, el Papa León XIV, demuestra que la fe católica sigue muy viva en el corazón de los franceses, aunque no sigan sus enseñanzas

 - León, superestrella
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Impresionante por decir lo menos, la bienvenida del papa León XIV en Paris. 700.000 personas llenaron ambos costados la avenida de los Campos Elíseos que va desde el Arco del Triunfo hasta la Plaza de la Concordia, llena a reventar, donde fue la misa. Ese es uno de los espacios urbanos más imponentes del mundo y representa por excelencia la República Francesa laica y poderosa. El arco de Triunfo de la Estrella tardó 30 años en construirse. Fue iniciado por Napoleón para celebrar su triunfo en la batalla de Austerlitz, que consolidó su poder en Europa y fue inaugurado en 1836 por Luis Felipe de Orleans, cuando ya Napoleón había muerto. Pero es un homenaje a las victorias de ese fugaz imperio. Y por supuesto, a la Revolución Francesa.

La Plaza de la Concordia, que se llamó inicialmente Luis XV fue terminada 1779 con una estatua del rey en su centro, durante el reinado de Luis XVI, quien perdió allí la cabeza en 1793. La guillotina puesta en el lugar de la estatua que fue destruida. Para entonces se llamaba Plaza de la Revolución. Terminado el régimen del terror, con Robespierre también decapitado allí, pasó a llamarse Plaza de la Concordia en 1795. En el lugar de la guillotina se erigió uno de los enormes obeliscos que escoltaban la entrada del Templo de Luxor, regalado por Mehmet Alí, Virrey de Egipto, en 1836, que aun hoy reclaman los egipcios.

Y en ese entorno que simboliza el triunfo de la razón sobre la fe, del estado laico sobre la religión, de la revolución francesa sobre el clero todopoderoso, un hombre amable, sin carisma, pero con la sencillez de un pastor de ovejas, como es el Papa León XIV, demuestra con su presencia que la fe católica sigue muy viva en el corazón de los franceses, aunque no sigan sus enseñanzas. La lección a aprender es que los derechos civiles, construidos por el pueblo francés a través de siglos de guerras internacionales y conflictos internos, muchos de ellos con el papado, son una cosa y las creencias religiosas otra. De alguna manera estupenda conviven en la sociedad, lo cual es quizás la mejor definición posible de lo que es una civilización.

Con más veras, cuando el mensaje papal sigue siendo el mismo. Inmutable a través de los siglos a pesar de los concilios y de los afanes reformadores de los papas modernos quienes desde León XIII han tratado de crear puentes entre las enseñanzas del evangelio y las conductas de los ciudadanos respecto de la indisolubilidad del matrimonio, el control de la natalidad, el aborto, el papel secundario de la mujer en la Iglesia, aun el capitalismo convertido en doctrina social. En fin, las realidades del mundo actual opuestas por completo a los dictados eclesiásticos, que han terminado por crear ese fenómeno sociológico digno de ser analizado de la figura papal arrastrando multitudes como han sido los casos de Juan Pablo II, Francisco y ahora León XIV. Adorados como dioses, con un poder de convocatoria espiritual que no tiene nadie más sobre la tierra, pero sin mayor influencia en el comportamiento material y cotidiano de sus fieles. Ni en la política de las naciones.

Los nombres que escogen los papas tienen un hondo significado. Quien más acertó en esa escogencia fue Francisco, así simplemente, el primero de ese nombre que recogió el legado de humildad del santo de Asís. Fue un fenómeno mediático mundial de identificación inmediata del mensaje original de Cristo que es el amor al prójimo, del cual San Francisco es la figura histórica más sobresaliente, con un arzobispo argentino. León XIV es el sucesor de León XIII, el papa que dedicó su trabajo a conectar la doctrina cristiana con las realidades económicas de su tiempo. Quizás este papa, norteamericano como es, conocedor de las sociedad opulentas y miserables, quiera hacer lo mismo. Sin embargo, cuando cientos de miles de franceses gritaban León a su paso, no estaban pensando en eso, sino en el poder espiritual de una figura providencial en un mundo descreído que quisiera creer en algo.

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Por Óscar López Pulecio

Abogado especializado en Ciencias Socioeconómicas de la Universidad Javeriana, Bogotá. Ha sido embajador de Colombia ante la Asamblea General de la ONU, Nueva York; Cónsul General de Colombia en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Londres; Gerente Regional de la Caja Agraria, Valle del Cauca; y Secretario General de Anif y de la Universidad del Valle.