La aventura por el Amazonas en la que se basa 'El Abrazo de la Serpiente'

Richard Evans Shultes dejó su cátedra en Harvard para perderse en el Amazonas detrás de una planta sagrada que nunca encontró como lo relata este texto

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enero 14, 2016
La aventura por el Amazonas en la que se basa 'El Abrazo de la Serpiente'

El alumno de Richard Schultes, Wade Davis, escribió el libro El Río en 1966 en el que relató la aventura del botánico norteamericano. Este texto y las fotografías fueron la guía para que Ciro Guerra construyera el guión de la película y la atmósfera del film. En el prólogo de El Río que aparece a continuación se cuenta la historia completa.

Explorador botánico, científico, amante de todo lo indígena y amazónico, Richard Evans Schultes nunca pretendió ser fotógrafo. Sin embargo, se sentía discretamente orgulloso de sus "pinturas", como las llamaba. Las paredes del amplio cuarto piso del Museo Botánico de Harvard estaban cubiertas por sus fotos favoritas: los luchadores yucuna del Miritiparaná, la silueta de la Roca del Espíritu en las cataratas de Jirijirimo, jóvenes macuna mirando el fondo de las de Yayacopi. Cada foto tenía un marco de madera, estaba cuidadosamente reseñada y colgada en una forma que contribuía a realzar la calidad intemporal de la imagen. Como Schultes mismo, las fotos parecían haber sido creadas en otro siglo, en otro mundo.

Schultes era un fotógrafo ingenuo. Pensaba que una imagen bella era la fotografía de algo bello. Una foto interesante representaba algo bello. No era de los que se complacía en los matices y las metáforas, y el saber que sus fotos serían objeto de una crítica formal desde una perspectiva artística le hubiera divertido de lo lindo. Pero fue, sin duda, un fotógrafo consumado. Técnicamente hábil en el manejo de la cámara de formato mediano, abordaba la fotografía con la misma meticulosa atención que caracterizaba su trabajo con las plantas.

Tomó todas sus fotos con una cámara de objetivos gemelos y de rollos compactos de película con negativos de 2,25 pulgadas cuadradas. Introducidas en 1927, cuando Schultes tenía doce años, estas cámaras revolucionaron la fotografía popular al abandonar tanto los profesionales como los aficionados las grandes y aparatosas cámaras de placa que por entonces dominaban el campo. La Rolleiflex de objetivos gemelos fue una de las primeras cámaras verdaderamente portátiles, tosca pero liviana, de uso relativamente sencillo y que, aunque no completamente silenciosa, no hacía mucho ruido al accionarla. Los objetivos Zeiss era magníficos y la óptica tan precisamente sensibilizada como la de cualquiera de las cámaras en el mercado de hoy en día.

El diseño y las características técnicas de la Rolleiflex tuvieron un importante papel en el desarrollo del estilo de Schultes e incluso en su habilidad como fotógrafo. La cámara tenía un objetivo no intercambiable de ochenta milímetros. El dispositivo de abertura amplia era ideal para las condiciones de luz baja de la selva. La distancia focal limitada ¿en efecto, no se podía enfocar el lente, a menos de un metro y veintidós centímetros del objeto¿ implicaba que todos las fotografías colocaban a la persona dentro de su medio ambiente. Vemos el efecto creado por esta obligada distancia en muchas de las imágenes de Schultes, por ejemplo la de los dos muchachos Makuna tendidos en una hamaca, o la del joven kamsá en Sibundoy con una flor y una hoja del árbol llamado narcótico del jaguar en la mano. El fótografo está presente pero no es un intruso. Como bien dijo Robert Capa, si a usted no le gustan sus fotos acérquese más. Con la Rolleiflex uno no se puede acercar más, aunque quiera. Es una cámara que exige discreción.

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La Rolleiflex también tenía un temporizador, una demora de diez segundos, que le permitía a Schultes, valiéndose de un trípode, componer una imagen y luego ubicarse dentro de ella. Son unas cámaras no demasiado complejas, pero incluso lleva alguna práctica encuadrar correctamente la exposición en el visor. No hubiera sido posible sencillamente pasarle la cámara a un indígena para que tomara la foto. Las mejores fotos de Schultes ¿en Yayacopi con los muchachos macuna, cruzando un río en la selva con los especímenes botánicos en la mano, mirando como un ave de rapiña desde la cúspide del cerro de la Campana¿ son casi con certeza autorretratos.

Un hecho importante es que con la Rolleiflex el fotógrafo compone la foto desde arriba. El tema de la foto aparece en una superficie plana de vidrio mate. En esta forma, una escena tridimensional es vista en dos dimensiones por el fotógrafo, permitiéndole estudiar la imagen con cuidado y componerla antes de accionar el obturador. Esto era ideal en la situación de Schultes. Tenía una provisión de película limitada, y a veces pasaban meses antes de que pudiera desarrollarla. Por sus propias características, la Rolleiflex estimulaba la prudencia, al obligar al fotógrafo a ser atento y pausado en el encuadramiento de cada imagen. Schultes aprendió a ser fotógrafo en el campo y su habilidad aumentó con el tiempo. En cierto sentido, la Rolleiflex fue su maestra.

El diseño de la cámara también determinaba la forma en que debía ser tomada la foto. Esto resultó ser de vital importancia tanto artísticamente como en términos de la forma como los indígenas respondían al momento fotográfico. El punto de vista de la Rolleiflex no es a nivel de la mirada, como en el caso de las cámaras réflex modernas de un solo lente, sino a la altura de la cintura. Los indios amazónicos son por lo general de baja estatura. En vez de imponerse sobre sus sujetos, él los fotografiaba desde abajo, desde un punto de vista que realzaba la presencia dramática de los individuos. Esta cualidad estética es particularmente evidente, por ejemplo, en sus retratos del chamán cofán y en la sorprendente imagen del joven barasana en la roca de Nyi.

En un sentido más simbólico, la cámara Rolleiflex exigía por definición que el fotógrafo, al componer y exponer una imagen, literalmente se inclinara ante el sujeto de la foto, un gesto que en el ambiente de la Amazonia, con su historia de violaciones y abusos contra los indígenas, transformaba la agresividad del acto fotográfico en un gesto de solidaridad y humildad.

La fotografía, por supuesto, no es sólo el equipo. La palabra "fotografía" se deriva del griego "escribir con luz". Y la Rolleiflex era un instrumento tan exactamente afinado que en unas manos hábiles se convertía en una compañera de creación artística. Schultes comprendía los fundamentos del oficio. En la Amazonia esperaba la suave luz del atardecer, el momento del ocaso, tan fugaz en el trópico. Tenía un ojo innato para la composición y, sobra decirlo, un fascinante material.

La mayor parte de los indígenas que él llegó a conocer tan bien nunca habían visto una cámara ni sido objeto del fervor de un fotógrafo. Hay una inocencia en cada uno de estos intercambios visuales que dice mucho sobre el nivel de confianza que Schultes estableció a través de su carácter y su trabajo. Era ante todo un hombre bueno, honesto y sincero. Habiendo dejado atrás los confines de su propio mundo, experimentó a través de múltiples lentes ¿los ojos, el objetivo delicadamente afinado de la cámara, el reino visionario de las plantas mágicas¿, una sociedad exótica en pleno cambio. Era la persona indicada en el momento y el sitio indicados para realizar grandes cosas y dejar, además, un notable legado fotográfico.

Entre 1941 y 1953, durante doce años de trabajo de campo casi continuo en el noroeste de la Amazonia, Schultes tomó centenares de fotos, la mayor parte de plantas pero también de escenas y momentos que cautivaron su imaginación. Las clasificó y archivó, metiendo cada negativo en un sobre pequeño, pegando copias de seis centímetros cuadrados en el ángulo superior izquierdo. Allí escribía una mínima reseña del contenido y la fecha en que había tomado la foto. Guardaba esta enorme memoria en dos archivadores de metal en su oficina, en el sótano de su casa en un suburbio de Boston.

Encontré esta colección cuando estaba escribiendo El río, un libro que es a la vez una biografía de Schultes y un homenaje a Timothy Plowman, un brillante explorador botánico cuya vida fue trágicamente truncada por una enfermedad. Sin estas fotos, yo no hubiera podido escribir el libro tal como lo hice. Fue sobre todo de las fotos de donde saqué todos los pequeños detalles de atuendo y comportamiento, de aspecto y ademanes, de paisajes y selvas, de aviones y barcos de río, de tribus y ciudades, de tantas cosas transformadas desde hace mucho tiempo y devastadas por medio siglo de cambios violentos.

Entre estas imágenes había muchas que ya conocía bien. Había visto las copias enmarcadas y otras publicadas en los trabajos científicos de Schultes o en uno de los maravillosos libros ilustrados de los que fue coautor, Where the Gods Reign y Vine of the Soul, publicados el primero en 1988 y el segundo en 1992. Pero la mayor parte de las fotos nunca habían sido vistas. A medida que miraba ese material me sentía tanto maravillado como perplejo, asombrado por su riqueza y profundidad, pero también por algunas de las escogencias que había hecho al editar su obra para publicarla.

Tal vez como era de esperar, dado su carácter, nunca publicó una fotografía de sí mismo en el campo. Pero en la colección había docenas de evocadoras imágenes suyas, elegantes autorretratos, instantáneas tomadas por colegas, la mayor parte anónimos, que a su modo eran tan reveladoras del momento y el lugar como cualquiera de las otras en el archivo. La reflexiva modestia y discreción de Schultes también empañaban sus demás escogencias. Nunca pudo abandonar su convicción de que las fotos eran solamente ilustraciones. En sus dos libros, pero sobre todo en Vine of the Soul, las mejores fotos se pierden en un mar de imágenes más bien mediocres destinadas simplemente a ilustrar un objeto o un proceso: la elaboración, por ejemplo, de un preparado tradicional. Lo que hizo entonces fue dejar por fuera muchas de sus fotos más bellas.

Todo esto es comprensible dado su carácter y sus experiencias. Como muchos de los grandes exploradores de la Amazonia ¿Wallace, Bates, Spruce, el mismo Darwin¿, Schultes permaneció, por lo menos durante los primeros años, confinado por las restricciones de lo racional. Era la única forma de permanecer cuerdo durante los largos meses de soledad y aislamiento en la selva. Inevitablemente, la mayor parte de sus fotos se concentran en la superficie de las cosas.

Sus mejores fotos, en contraste, tienen una cualidad intemporal, etérea, incluso trascendente, como inspiradas y concebidas por una persona completamente diferente. La favorita suya era la del joven kamsá con la flor del narcótico del jaguar en la mano. El muchacho viste un poncho de lana blanco con rayas anchas. Su piel parece suave y sin mancha. El grueso pelo negro ha sido cortado al ras con una totuma. Su único adorno es un montón de collares de pequeñas cuentas de vidrio blancas y oscuras. La expresión de su rostro es completamente natural. No le teme a la cámara ni le preocupa su desaprobación. Tiene la frescura y el candor del modelo fotográfico que nunca se ha visto en una foto. Ni sentimental ni condescendiente, es no obstante una imagen tierna y melancólica. Es como si en el momento de tomar la fotografía, en el congelamiento de ese momento en la vida de este muchacho, Schultes estuviera dando testimonio de su vulnerabilidad y mortalidad y siendo a la vez testigo del desgaste implacable del tiempo.

La fotografía, como sugiere Susan Sontag, es un arte del ocaso, un arte de la elegía. El acto mismo de tomar una foto asegura que la imagen resonará en el tiempo con nostalgia. Pero esto solo no puede explicar el impacto de las imágenes más poderosas de Schultes. Tampoco puede explicar por qué un hombre que no era fotógrafo y que nunca se tuvo por tal, reuniría una de las mejores colecciones de fotografías de la época en el misterioso dominio de la Amazonia.

En su trabajo una generación antes, Edward Curtis había concebido la fotografía como una operación de salvamento, con la intención explícita de registrar los últimos vestigios de lo que consideraba un mundo condenado a la desaparición. Sus imágenes sepia se desvanecen como la tierra misma. Incluso sus fotos de exteriores recuerdan los telones pintados de fondo de los fotógrafos del oeste americano que captaron y congelaron a Jerónimo y a Toro Sentado capturados y derrotados. En contraste, el material de Schultes está vivo y liberado, y es espontáneo, incluso puro.

La Amazonia que conoció Schultes no era en manera alguna una tierra inocente. Sus logros como botánico y fotógrafo, por cierto, fueron tanto más notables por el hecho de que en muchas de las áreas por donde viajó, como el Putumayo, el Vaupés y los alrededores de Leticia, vivió bajo la larga sombra de las atrocidades del caucho. En El Encanto, sobre el río Karaparaná, y en todo su descenso río abajo desde La Chorrera hasta el Iguaparaná, encontró a menudo tanto ancianos como ancianas boras y huitotas, a quienes en su juventud les habían amputado orejas, dedos e incluso manos, por haber fallado en la entrega de su cuota de caucho. "La crueldad se apoderó de sus almas", le dijo a Schultes un cura al hablar de los capataces y los caucheros. "En esos años lo mejor que se podía decir de un blanco en el Putumayo era que no mataba por aburrimiento".

A pesar de esta oscura historia y de los relatos de asesinatos y violaciones que sabían todos los indígenas de la región, Schultes era bienvenido dondequiera iba. Confiaban tanto en él que pudo establecer dos productivos depósitos de caucho en Soratama y Jinogojé sobre el río Apaporis, sólo treinta años después de los peores estragos del comercio del caucho. Sólo para Schultes volverían los barasana, yatuyos, macuna, yucuna, y demás pueblos de la Anaconda a recoger el látex que ellos llamaban la "sangre blanca" de la selva.

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El gran antropólogo colombiano Gerardo Reichel-Dolmatoff vio algo vehemente en los ojos de Schultes cuando se conocieron en Jinogojé en julio de 1952. Al principio pensó que era locura. Pero casi de inmediato se dio cuenta de su error. La obsesión de Schultes con las plantas y la selva no era la de un fanático, sino la de un estudioso cuyo conocimiento se había vuelto tan completo que se deslizaba hacia el reino de lo místico.

Quizás no es accidente que muchas de las mejores fotos de Schultes fueran tomadas en cuatro lugares, todos relativamente breves intervalos durante sus muchos largos años en la selva. En Sibundoy, experimentó por primera vez el mundo visionario del chamán. Su estadía de tres semanas entre los kofanes atrajo a los mejores hacedores de venenos, y lo llevó a una cultura más profundamente influida por las plantas mágicas que cualquiera de las que encontraría después. En su participación en la danza del Kai-ya-ree, una celebración ritual que sólo duraba cuatro días, fue sinceramente acogido por los yucuna y tanimuca, y constituyó un apropiado preámbulo de su viaje consecutivo a tierra de los macuna de Popeyacá, cuyos gestos de compromiso y bienvenida fueron pintarle a Schultes manchas de jaguar para que pudiera elevarse con el chamán hasta el reino visionario del yajé. Luego de estos tres encuentros iniciales estaba, por supuesto, el Apaporis, el río del destino de Schultes, donde se perdían vidas y se encontraban nuevos mundos, y donde su viaje de descubrimientos realmente empezó.

Ansel Adams describe la cámara como "un instrumento de amor y de revelación" y dijo que una gran fotografía es la "expresión plena de lo que uno siente acerca de lo que está fotografiando y es, por lo tanto, un expresión verdadera de lo que uno siente acerca de la vida como un todo".

Henri Cartier-Bresson escribió que las grandes fotos sobrevienen en esa fracción de segundo cuando la cabeza, el corazón y los ojos encuentran una alineación perfecta en el eje del espíritu. Las fotos de este libro revelan a las claras la precisión de la visión de Schultes, la amplitud de su mente y su imaginación, el alcance de su espíritu y, lo que es más importante, el tamaño de su corazón, tan expansivo y envolvente como la selva que tanto amaba.

Después de una larga y tenaz enfermedad, Richard Evans Schultes, el más grande explorarador botánico de la era moderna, murió al amanecer del 10 de abril de 2001. Supe de su muerte ese mismo día en Camboya al volver de un paseo por la selva de Angkor Vat. Unas semanas después, su viuda Dorothy le pidió a sus antiguos estudiantes que dijeran unas palabras. Por alguna razón, de todas las posibilidades yo escogí mencionar la forma como había persistido en la Amazonia a pesar de haber sido víctima de la malaria en más de una docena de ocasiones. Esa noche, ya acostado, sufrí las primeras convulsiones de lo que resultó ser una fiebre hemoglobinúrica, una complicación de la malaria particularmente fuerte y que puede ser mortal. Quedé convencido que el viejo profesor seguía realizando su magia. Mi aprendizaje nunca se detenía.

Había siempre en Schultes algo de avatar en relación con sus predecesores o sus seguidores. Cuando evocaba a quienes lo habían inspirado, sobre todo al botánico inglés del siglo diecinueve Richard Spruce ¿cuya permanencia de diecisiete años en la Amazonia superó incluso la suya propia¿, pensaba también en aquellos que heredarían su legado. Como maestro, su sabiduría le hacía entender que el estudiante era tan importante como el profesor en la línea de transmisión del conocimiento. Su círculo de discípulos iba mucho más allá de los muros de Harvard, su hogar académico durante toda su vida profesional. En su carrera docente, que se prolongó por décadas, formó y transformó docenas de vidas.

Tuve la suerte de estudiar con él como estudiante de pregrado y de grado. Aprendí mucho en esos años, pero sorprendentemente muy poco sobre el hombre mismo. Aunque orgulloso de sus muchos descubrimientos botánicos, Schultes era reacio a hablar sobre ellos, y nunca se le hubiera ocurrido mirar su trabajo en un contexto histórico. Su capacidad de introspección era limitada. Siendo un hombre práctico de acción, rehuía la publicidad y estaba tan alejado de la cultura popular de su época como un herbolario medieval. Sus referentes no eran los de su siglo.

Llegué a conocer y apreciar completamente la extraordinaria amplitud de sus logros sólo durante los años que pasé trabajando en su biografía. Al escribir El río, decidí romper la larga y más bien densa narración, intercalando fragmentos de diálogos en algunas partes, incluso en los primeros capítulos estrictamente biográficos sobre sus primeros años. Aunque, por supuesto, yo no había presenciado esas conversaciones, fui en extremo cuidadoso de que se ajustaran a la realidad. Me aseguré de comprobar, por ejemplo, que un determinado encuentro sí había tenido lugar. Sabía cuál había sido la agenda, los asistentes, el resultado e incluso el momento del día en que ocurrió, de modo que hasta podía fijar con cierta exactitud el tono de la luz en el recinto donde se llevó a cabo.

Para Schultes, estos diálogos, y por cierto todo el libro, asumieron un especie de realidad mágica. Durante sus últimos años, según Dorothy, tenía siempre el libro en la mesa de noche, y cuando no podía dormir, lo abría al azar y leía sobre su vida. Poco antes de morir, me llamó aparte y me dijo, señalando un trozo de diálogo en el texto, "¿Yo te conté alguna vez lo que me dijo Mrs. Bedard cuando la conocí en 1943? Mira, ¡aquí está!"

Esto me parecía divertido y a la vez conmovedor. Ahí estaba, después de todo, el hombre que había hecho posible mi vida. Ahora el libro se había convertido en su vida. Su vida se había convertido en mi imaginación, y ésta le había devuelto significado y contenido a la vida de un anciano que estaba lentamente decayendo, como les sucede inevitablemente. Fue por estos días que decidí publicar un libro con sus mejores fotografías, apoyado en parte por extractos de textos que le habían devuelto a él su historia.

Richard Evans Schultes fue tal vez el personaje más notable que yo haya conocido. Explorador, mentor, buscador y estudioso: era esto y mucho más. Amazonia perdida es una última oportunidad de compartir su historia, con la sincera esperanza de que su vida y contribuciones no sean olvidadas. Él merece más que un simple reconocimiento. Generaciones enteras de investigadores, antropólogos, botánicos y escritores, cuyos corazones han sido inspirados por su ejemplo, tienen con él una enorme deuda de gratitud.

Agradezco a mi buen amigo Chris Murray, quien ayudó a editar el archivo y le presentó el proyecto a su socio en Insight Editions, Raoul Goff, y a su notable equipo editorial y de diseño en Palace Press International: Robbie Schmidt, Noah Potkin e Iam Szymkowiak. Deborah Snyder de Synergetic Press, editor de los dos libros ilustrados de Schultes, amablemente nos cedió algunos scans de fotografías. De manera generosa Guillermo Cabo compartió con nosotros la colección fotográfica de su abuelo, Guillermo Cabo, quien viajó con Schultes en dos ocasiones entre 1951 y 1952. Maxwell MacKenzie me ayudó a comprender el significado de la cámara Rolleiflex en el trabajo de Schultes. Me gustaría agradecer también a Bob Bender de Simon & Schuster, la editorial de One River, de cuyo texto he tomado algunas partes. Mi objetivo no era reescribir la historia de Schultes, sino más bien complementar sus fotografías de forma que les agregara contexto y significado, y que al hacerlodivulgara la importancia de lo que este notable hombre alcanzó tanto en sus exploraciones como en sus fotografías. Como siempre, debo agradecer a mi familia, Gail, Tara y Raina.

Finalmente quisiera agradecerles a los hijos de Schultes, Neil, Evans y Alexandra, por confiarnos el legado fotográfico de su padre, y a su amada viuda Dorothy. No se ha dicho o escrito lo suficiente sobre esta notable mujer. Tan liberal como conservador él, tan apasionada como él moderado, no se quedó sentada en su casa sin hacer nada mientras su esposo recorría los senderos de la selva. Una estrella de la ópera en Boston, con su propio programa de radio y una audiencia de Nueva York a San Francisco, durante la Segunda Guerra Mundial participó en giras con la USO (United Service Organizations) en las islas Aleutianas, volando de Attu a Point Barrow, cantando en más de 250 conciertos en menos de ocho meses. Al final de la guerra se encontraba en Nápoles, estacionada en el Palacio del Rey. Durante el resto de los cuarenta siguió cantando en Austria e Italia, en el Festival de Edinburgo y más frecuentemente en la New York City Opera. Siempre que estaba en la ciudad, brillaba como vocalista de la banda femenina de Phil Spitalny. Esto ayudaba a pagar las cuentas mientras esperaba el regreso de Dick de la Amazonia. Nunca pensó en otro hombre. Finalmente se casaron el 26 de marzo de 1959. Hoy vive y goza de buena salud en las afueras de Boston.

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