Mientras las oficinas se llenan de tarjetas rosas, las cifras de feminicidios y violencia intrafamiliar en Colombia revelan una crisis que no admite festejos

 - La absurda costumbre de enviar mensajes cursis y superficiales en el Día de la Mujer

El registro histórico nos recuerda que el 8 de marzo nació de la valentía y entereza de un grupo de trabajadoras; un momento de inflexión para que el maltrato y la explotación laboral fueran resarcidos y, sobre todo, para que no volvieran a repetirse. Sin embargo, hoy esa memoria parece haberse transformado en una excusa para celebraciones de celofán: tarjetas rosas, conciertos programados y convivios de oficina que poco tienen que ver con la realidad.

A lo largo de la historia, muchas mujeres han transformado el tejido social, convirtiéndolo en un lugar más humano. No obstante, frente a esos avances, las cifras de violencia en las grandes masas sociales siguen siendo devastadoras. En distintos rincones del planeta, las noticias y las redes sociales nos bombardean constantemente: mujeres asesinadas, ultrajadas, acosadas y aniquiladas con desdén. El odio, el racismo, el fanatismo religioso, la violencia intrafamiliar y la impunidad sistémica se cobran vidas cada día. Casos van y vienen, algunos más abominables que otros, pero todos, sin excepción, son profundamente reprochables.

Si decidimos usar un lente crítico —y bien nítido—, las cifras nos aterran. De acuerdo con un informe del Consejo de Bogotá (agosto de 2025), a corte de junio de ese mismo año, la ciudad registró más de 17 mil casos de violencia intrafamiliar contra mujeres. El panorama es desalentador: 3.081 delitos sexuales, 3.921 lesiones personales y un aumento del 28% en homicidios intencionales entre 2024 y 2025. En un país donde el papel aguanta todo y las políticas públicas a menudo se quedan en el papel membretado, las niñas son las más afectadas, convirtiéndose en el blanco de una negligencia estatal que parece no tener fin. Ante este panorama, el debate de control político en los cabildos se centra en lo de siempre: la urgencia de fortalecer las casas de protección, una solución que, aunque necesaria, sigue siendo insuficiente frente a un tejido social fracturado, donde las garantías reales para salvaguardar la vida son todavía una deuda histórica en todas las regiones del país.

La situación trasciende la capital. La Defensoría del Pueblo, apoyada en datos del Observatorio de Feminicidios, ha advertido sobre la crisis en departamentos como Antioquia, Magdalena y Atlántico. Solo por mencionar algunos, los casos de violencia intrafamiliar reportados en Antioquia (971), Cundinamarca (812), Valle del Cauca (620) y Boyacá (469) son alarmantes. A esto se suma la vulnerabilidad extrema de 1.026 niñas y adolescentes, y de 302 mujeres con orientaciones sexuales e identidades de género diversas (OSIGNH-LBT), según cifras de la Fiscalía.

Ante este abismo, ¿valen la pena las cadenas de WhatsApp con música inspiradora, emoticones de rosas y frases como "mujer, tú vales mucho", "para todas las bellas mujeres de este grupo" o "mujeres súper poderosas"? Cuando todo se reduce a mensajes superficiales y vacíos, la conmemoración se vuelve innecesaria.

El 8 de marzo no debería ser una isla, sino la antesala al 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, promovido por la ONU. No deberían existir más excusas para los gritos, los golpes, las amenazas y las voces silenciadas, tanto en la presencialidad como en el entorno digital, porque este último, lejos de ser un "terreno feliz", se ha convertido en un campo minado.

Las plataformas digitales son hoy un trampolín para el ataque. La falta de regulaciones, la impunidad ante nuevas formas de violencia —como el ciberacoso, el troleo, el doxeo, la captación sexual en línea y la proliferación de redes misóginas—, sumado al uso arbitrario y poco ético de la IA, han agravado el problema. Por tanto, estas fechas internacionales deben ser días de alarma y memoria, no de fiesta. Son momentos para una concienciación real sobre la magnitud del problema y el compromiso ineludible de luchar con más fuerza para contrarrestarlo.

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No podemos dejar que estos nombres se conviertan solo en archivos judiciales o en una cifra más dentro de la frialdad de un informe. Debemos honrar su memoria con una postura que trascienda la indignación pasajera. 

En los últimos años, el eco de sus vidas arrebatadas sigue resonando con fuerza: en Estados Unidos, recordamos a Irina Zarutska (Carolina del Norte, 2025) y a Reene Nicolle Good (Minneapolis, 2026). En nuestra realidad colombiana, los nombres de Sara Millerey (Antioquia, 2025), Sofía Delgado (Valle del Cauca, 2024), Luz Mery Tristán (Cali, 2023), Yuliana Samboní (Bogotá, 2016), Sheridan y Keyla Hernández (Atlántico, 2026), entre tantas otras cuyas historias no llegaron a las portadas, nos exigen una verdad que no admite paños tibios.

Como lo dije hace cuatro años, este día no se trata de "cartelitos de hembrismo fortachón", ni de dar cabida a resentimientos o radicalismos sesgantes disfrazados de marketing copioso. Se trata de tomar lo aprendido de todas estas tragedias para generar una sociedad humana, sostenible y transformadora. Sin imposiciones, sin fanatismos y sin hegemonías de odio, entendiendo que, si no logramos converger en la concordia, la condición humana seguirá desdibujándose frente a nuestros ojos.

Con pequeñas pero esenciales actuaciones podemos generar cambios: desde un saludo cordial en el ascensor, una atención respetuosa en droguerías y EPS, un trato digno a las trabajadoras informales, la valoración justa del desempeño en equipos corporativos, hasta el respeto irrestricto en los hogares, en los matrimonios, hacia las hijas, compañeras de clase y hacia todas las mujeres que enfrentan injusticias en el transporte público o restaurantes. 

En fin, necesitamos respeto no solamente de forma y de medio, sino de fondo e integralidad. No tenemos superpoderes fantásticos y fenomenales, pero sí podemos ser todos, absolutamente todos, poderosos, fantásticos y fenomenales si nos detenemos a analizar qué hemos hecho con nuestra condición sapiens sapiens, la que nos cataloga como humanos.

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