Klim, el hombre de la cuarentena eterna   

Lucas Caballero Calderón, pionero del humor político en Colombia, permaneció en piyama durante 43 años encerrado en su apartamento de Bogotá, desde donde hizo de su pluma un látigo

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agosto 02, 2020
Klim, el hombre de la cuarentena eterna   

Era pálido porque rara vez le daba el sol. ¿A qué salía si no le gustaba la gente? La determinación vino cuando arribó Rojas Pinilla al poder en 1952. Se cansó de recibir amenazas y ofensas. Lucas Caballero Calderón no respetaba a nadie y tampoco le daba miedo nada. Así que si se metió a su apartamento en un quinto piso de un cómodo edificio frente al Parque de la Independencia en el centro de Bogotá.

Se puso la bata, se sirvió un whisky y encendió la recién llegada televisión en la dictadura de Rojas Pinilla, y evitó salir. Lo veía todo, desde Combate  y el  noticiero. Se enteraba y escribía sus notas periodísticas con la agudeza que los caracterizó.

Hijo de un general liberal de la guerra de los Mil Días, hermano del novelista Eduardo Caballero Calderón y esposo, durante muy pocos años, de Isabel Reyes, nieta Pepe Sierra, antioqueño de gran fortuna arraigado en Bogotá, Lucas Caballero , cachaco por excelencia, fue antes que nada un escritor incansable, de esos que leía y releía sus textos hasta que brillaran.

El televisor era como un Aleph donde veía las variaciones de su universo. Su capacidad para poner apodos era prodigiosa. Decirle Compañero Primo al presidente Alfonso López Michelsen, quien fue su compañero en el Gimnasio Moderno -de donde lo botaron-  porque estaba casada con su propia prima, Cecilia Caballero, o Don Gulito a Julio César Turbay eran osadías que le valieron, por ejemplo, ser despedido del diario El Tiempo en 1976, por orden expresa del entonces presidente López a raíz de unas acusaciones contra su hijo Felipe, quien era su secretario privado en Palacio.

Cuando lo corrieron el propio director del Tiempo, Eduardo Santos, tuvo que ir a su apartamento del Parque de la Independencia para despedirlo. En una de las pocas ocasiones que salía de su encierro era para ir a la hacienda familiar Tipacoque, que inspiró  el Diario de Tiapcoque de su hermano Eduardo. En uno de los paseos campestre  conoció a su discípulo, su querido “Salmonete” Daniel Samper Pizano, quien se convirtió en un contertulio.

El Tiempo fue su casa editorial y luego El Espectador, adonde aterrizó después de haber sido despedido en 1976 , allí tuvo uno de sus años de mayor brillantes en su medio siglo como columnista. La pelea con su pluma la afiló contra la dictadura de Rojas pero la mantuvo viva y encontró en Julio César Turbay y su represión con el Estatuto de Seguridad con unas Fuerzas Armadas el blanco perfecto. .

Tenía manías del escritor: se levantaba a las 10 de la mañana y en la cama le servían el desayuno, le traían los periódicos y conversaba largo por teléfono  con sus amigos de siempre. Luego escribía. Escribía sobre la máquina con sus dos dedos índices. Padecía. Escribir nunca fue un placer, era un compromiso que lo tensionaba. Sin embargo escribía rápido y no revisaba. Y cuando se encerró empezó a escribir las  columnas más radicales que se recuerden: inauguró el humor político en Colombia.

A primera vista una de las columnas de Lucas Caballero parece jovial, fácil de hacer, sin pretensiones. Ese estilo sólo se lo pudo dar el manejo de la técnica, la cultura. Detrás de la desfachatez, del desenfado de escoger como  seudónimo un nombre sacado de un pote de leche en polvo, estaba un intelectual, formado en Europa. Estudió en Suiza y desde allá lanzó una de sus frases más memorables: “Una de las ventajas de haber nacido colombiano consiste en que el placer de viajar se multiplica por mil”.

Regresó a Colombia con problemas nerviosos y  le recetaron reposo en Tipacoque, la hacienda done siempre regresó. Desde allí mandó unas cartas maravillosas a Don Luis Cano, director del Espectador y le ofreció ser columnista, con su primer seudónimo, Lukas.

Le pagaban 1.50 y tenía que completar el ingreso con un modesto trabajo en el archivo del ministerio de Obras Públicas, cuando el ministro era Alfredo Araújo.

Hay columnas suyas sobre las que el tiempo se ha cebado. Hay cosas absolutamente inadmisibles hoy en día, como por ejemplo llamar al procurador Germán Bula, Idi Amín, por su color de piel -a veces también decía que él veía la televisión en Blanco y Bula- o burlarse de Julio César Turbay por su ascendencia libanesa “Germano Gulito, Germano berdecto”, pero es difícil ver balines más certeros y brillantes que sus columnas, perfectamente escritas desde el estilo y de un humor atrevido y único. Sin duda fue el precursor de los Daniel Samper, de Garzón, de Osuna, de Matador, de todo el humor político colombiano.

Klim inauguró, -quien iba a imaginarlo-, la cuarentena voluntaria. Y aprendió a vivir así, aislado en soledad, sin necesitar nada de la calle, del mundo exterior. Escogía las visitas y cuidada su rutina, casi que  En estos tiempos de encierro Klim estaría desde la ventana de su apartamento, empijamado y con un whisky, viendo el mundo arder. Ojalá tuviera 107 años y aún pudiera escribir.

 

 

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