Julian Assange, en espera del veredicto

El 13 de enero se volvió a ver a Julián Assange tras 10 meses de aislamiento en la prisión de alta seguridad británica de Belmarsh, situada a una hora de Londres

Por: MH ESCALANTE
enero 27, 2020
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Julian Assange, en espera del veredicto
Foto: MH Escalante

Hace unos días, el lunes 13 de enero para ser precisos, se volvió a ver a Julián Assange tras diez meses de encierro y de aislamiento en la prisión de alta seguridad británica de Belmarsh, situada a una hora de Londres

En vídeos que circularon ese día en portales de información y redes sociales,  se ve furtivamente el rostro de Assange por la ventanilla de un furgón policial.  Esa mañana había comparecido ante los jueces, antes del fallo definitivo que dará a finales de enero o en febrero el Alto Tribunal Británico de Justicia y que determinará si el fundador de WikiLeaks es o no extraditado del Reino Unido a Estados Unidos por el delito de espionaje contra el gobierno americano.

Assange parece agobiado pero su fatiga mental y moral debido a su estado de encierro permanente desde hace casi 8 años no han borrado su espíritu combativo. Con un gesto de la mano Assange ajusta sus gafas y luego hace una V de victoria dirigida a los que “se trepan por las ventanillas del furgón como cangrejos en un balde”, es decir los fotógrafos.  Su rostro da cuenta de un hombre de mediana edad con el cabello más blanco y ahora con barba, lo cual establece una frontera entre el prisionero de hoy y el joven intrépido que era cuando estaba al frente de su famosa plataforma de información WikiLeaks.

Adiós a la juventud y a la insolencia de entonces, pese a que en los mejores años de WikiLeaks (2006 a 2012) Assange tenía ya que aprender a vivir bajo presiones políticas y mediáticas desproporcionadas para el tamaño de su humanidad.

Desde el furgón policial que lo llevaba de vuelta a la prisión,  Assange seguramente logró percibir también los grupos de militantes que exigen su liberación.  Los comités de apoyo se multiplican en Europa aunque sus acciones no sean aún muy mediatizadas. No obstante el 25 de enero los comités europeos fijaron una acción al frente de la prisión de Belmarsh bajo la consigna : “El último combate, Free Assange, No U.S. extradition”.

Julian Assange, programador, activista y periodista según Wikipedia, nació el 3 de julio de 1971 en un país-continente cuya buena parte del territorio se encuentra envuelto en llamas. En una autobiografía no autorizada el fundador de WikiLeaks recuerda su infancia errante pues a sus cinco años había vivido ya en muchas casas. Su casa fue el país entero por ese espíritu de libertad que le transmitió su madre, una militante de todas las causas que cambiaba de residencia según su sentir y sus necesidades (1).

Entre su ciudad natal Townsville y Sídney o Melbourne, los elementos naturales penetraron en el cuerpo de Assange desatando en él instintos de supervivencia superiores a la normal.  Assange se ve como un Tom Sawyer al aire libre que aprendió a dominar el medio ambiente y a vencer el miedo.

Para este apasionado de los metadatos, la Australia de su niñez fue un espacio en donde lo civilizado se mezclaba con lo salvaje: “Adonde fuera que nos mudáramos siempre tuve una mesa para mi ordenador y una caja para los discos. Aquello era un paraíso. Mirabas las estrellas y el cielo de la noche te permitía hacerte una idea de la infinitud. Pero luego mirabas tu ordenador y pensabas: el infinito también está ahí dentro pero de una forma menos distante…”

De acuerdo con el informe de un comisionado de Naciones Unidas que pudo tener acceso a Julian Assange hasta hace poco, sus condiciones de detención son similares a la tortura: aislamiento e incertidumbre jurídica sobre su caso, de ahí su deterioro físico y moral.

Si el tribunal británico lo halla culpable de lo que el gobierno de Estados Unidos lo acusa y lo persigue, es decir de haber violado información de alta seguridad del Pentágono y de haberla divulgado a través de su portal de información WikiLeaks, Assange corre el riesgo de ser condenado a 175 años de prisión en territorio americano. Y si se retiene la máxima acusación de espionaje, lo que pudo o podría poner en peligro la soberanía americana,  puede hasta ser condenado a muerte.

“El único crimen de Assange es haber denunciado los crímenes cometidos por el ejército americano en Irak y Afganistán”  declaran los manifestantes en Paris que viajaron a Londres para manifestar junto con otros comités europeos al frente de la prisión de Belmarsh.

Sin olvidar sus revelaciones sobre las prisiones clandestinas diseminadas por el mundo como la de Guantánamo, a las que ha sido conducidos prisioneros acusados de terrorismo. Muchos de ellos han sido detenidos y transportados (restitución) en vuelos secretos que pueden despegar en la noche desde cualquier aeropuerto de Canadá y Europa con destino a lugares inciertos en Egipto, Irak, Pakistán, Uzbekistán...   WikiLeaks dio pistas a periodistas como el británico Stephen Grey para un libro sobre ese tema (2).

“Mendax”, su seudónimo de hacker en sus comienzos en Melbourne en los años 80 y 90,  paga hoy un costo muy alto por haber subvertido el orden establecido. Por haber abordado el ejercicio de hacker con una visión de compromiso político. Puesto que por lo general se habla de guerras en los grandes medios de comunicación pero ninguno ofrece herramientas para que los receptores de noticias sean capaces de visualizarlas.  La destrucción de la guerra resulta vaga y la dimensión de los llamados “daños colaterales” es manejada con cifras, por lo demás inexactas.

La magistrada francesa de origen noruego Eva Joly, ex euro diputada, precandidata la presidencia de Francia por el partido Verde en 2012, publicó esta semana una tribuna en el diario Le Monde en la que recuerda el aporte de Julian Assange al derecho fundamental de informar y ser informado:

“Desde el New York Times hasta The Spiegel, incluidos The Guardian, El País y Le Monde, muchos de los llamados medios de referencia se hicieron cargo de los documentos secretos del ejército estadounidense obtenidos WikiLeaks. Esos documentos se clasificaron, analizaron y publicaron porque era urgente advertir a la opinión mundial sobre los excesos y abusos y  crímenes de guerra cometidos por los aliados en Irak y Afganistán en guerras libradas en nombre de la democracia y a raíz de los ataques del 11 de septiembre de 2001.

Los documentos transmitidos por WikiLeaks a la prensa revelaron el uso de la tortura. A finales del año 2010 Le Monde otorgó a Julian Assange el título de personalidad del año.

Han pasado casi diez años y ahora Julian Assange afronta un confinamiento solitario en la prisión de Belmarsh, conocida por albergar a terroristas y a menudo descrita como la versión británica de Guantánamo.

En noviembre pasado 60 médicos internacionales intentaron alertar al mundo sobre la salud física y psicológica de Julian Assange pues ellos consideran seriamente que podría "morir en prisión". Y desde entonces qué silencio. Qué falta de reacciones por parte de la prensa mundial. Cruel ironía. Sin embargo existe un vínculo obvio de causa y efecto. Julian Assange muere en prisión por publicitar esos crímenes de guerra. Por permitirnos estar informados”.

De sus primeros tiempos como hacker Julian Assange recuerda su júbilo cuando se paseaba por su ordenador y por la red que unía éste a miles de otros. “En el cuarto oscuro de mi última casa, perdida en medio del bosque, mi cara tenía un fulgor azulado mientras yo me obsesionaba por alcanzar un secreto bien guardado que me mantenía despierto hasta muy entrada la noche. A veces tenía la sensación de que la justicia en persona estaba escondida justo al otro lado del cursor y sus destellos en la pantalla”.

 

(1) Julian Assange, autobiografía no autorizada. Traducción de Enrique Murillo. Los libros del Lince, Barcelona 2012. ISBN 978-84-15070-20-7

(2) Les vols secrets de la CIA : Comment l’Amérique a sous-traité la torture. Traduit de l’anglais par Jean-François Chaix et Jean-François Sené. Editions Calmann-Lévy. Paris, 2007 ISBN 978-2-7021-3789-5

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