Jorge Eliécer Gaitán: el fallecimiento de un hombre y un sueño

A propósito del 115 aniversario del natalicio del reconocido jurista, escritor y político colombiano

Por: Carlos Alberto Rey
enero 23, 2018
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Jorge Eliécer Gaitán: el fallecimiento de un hombre y un sueño

El 23 de enero de 1903, día en el que el presidente Theodore Roosevelt presentó al Senado Norteamericano el Tratado Herrán-Hay para la construcción del canal interoceánico en el istmo de Panamá, nació Jorge Eliécer Gaitán Ayala en un pueblo cundinamarqués.

Años después, en la celebración del aniversario de su inmolación —un sábado, bien lo sé—, llevaba la cuenta rigurosa de los días que nos separaban de la “mocha”, conocí al otrora líder liberal.

Aquella se ordenó que usáramos el traje de gala del Batallón Guardia Presidencial: el de Palacio. Un ornamento que hoy se me asemeja al del botones de un hotel de lujo, pero que en ese entonces era motivo de reconocimiento para quienes tuvieron la oportunidad de vivir en el Batallón de Infantería No. 37 la pérdida de su inocencia.

El brillametal dejó resplandeciente los botones dorados de la casaca azul rey, con acabados de rojo sangre en puños, cuello y hombreras. Los zapatos tenían la americana. Y la correa blanca con cartucheras mantenía su límpida apariencia a punta de betún.  Como miembro de la compañía de infantería del renombrado batallón debía acompañar al presidente a cumplir su visita protocolaria al Exploratorio Nacional, el monumento en que reposan los huesos de uno de los mártires de la democracia.

Llegada la hora arribamos al elefante blanco a la ignominia, recordando a un hombre que se mantenía vivo a fuerza de la izquierda revolucionaria, que en un arrebato de rebeldía arrebató a la sociedad al hombre bandera de la primera mitad del siglo XX, cuando los miembros de la clase política dominante, es decir, militantes de los dos partidos hegemónicos entonces, decidieron que su presencia física significaba un estorbo para la repartición.

No era la primera vez que escucharía del negro. Tampoco sería la última. Pero, en mi memoria se hallaban las imágenes de una época lejana, cuando el político llegaba con la camaradería de un amigo a la casa de la señora Emita en la villa de Bucaramanga. Con tal familiaridad ingresaba a la cocina, donde hallaba modernos utensilios como la nevera, la cocina y la plancha, todas ellas de carbón y leña.

Aún puedo recordarlo, en una imagen heredada por mi abuela, ingresando en su traje negro bien cortado, de confección inglesa, con camisa blanca almidonada en puños, solapa y cuello, despojado del sombrero que no aplacaba ni desordenaba el peinado del cabello indio, alisado con gomina.

— ¿Cómo está, Mechas? —Preguntaba a manera de saludo.

— ¡Muy bien, doctor Gaitán!— Respondía el fantasma en mi memoria.

— ¿Un café negro y sin azúcar?

— Usted sabe, mi Mechas, que a eso vengo.

Sus dientes blancos, a pesar del tabaco y el café, relucían en la tez morena del visitante, que no negaba una sonrisa a la empleada doméstica de aquella casa.

Cuando se quedaba a almorzar, el platillo era variado: pichones de palomo guisados con yuca cocida, arroz, mazamorra y plátanos; de acompañante agua y al finalizar vino. O tal vez una apetitosa carne seca, apenas pasada por las brasas, con una guarnición apropiada de yuca y papa salada. Después, a media tarde, otra taza de café, cargado y sin azúcar.

Lo que más recordaba la fantasmagórica figura del negro, además de su pintoresca forma de ser, era su galantería europea, que hacía ruborecer a Merceditas.

Ahora, cuarenta años después de su partida, era la persona que tenía oportunidad de ver a la distancia, ubicado en el postrero destino, en el sepulcro improvisado que políticos inexistentes hoy decidieron sería su última morada.

No entendí un carajo del discurso del emérito presidente Barco. Pero en su espera leí con detalle las palabras que el homenajeado dedicara a la posteridad el 7 de febrero de 1948, dos meses antes de entregar su vida:

Señor Presidente: Bajo el peso de una honda emoción me dirijo a vuestra excelencia, interpretando el querer y la voluntad de  esta  inmensa multitud  que esconde su  ardiente corazón, lacerado por tonta injusticia, bajo  un silencio clamoroso, para pedir que haya paz  y piedad para la patria.

(...)

Señor presidente: Nuestra bandera está enlutada y esta silenciosa muchedumbre y este grito mudo de nuestros corazones solo os reclaman: que nos tratéis a nosotros, a nuestras madres, a nuestras esposas, a nuestros hijos y a nuestros bienes como queráis que os trataran a vos, a vuestra esposa, a vuestros hijos y a vuestros bienes.

 Palabras olvidadas que reposan en un muro del abandonado monumento donde yace la osamenta de un hombre que resignó su vida personal en procura de un sueño colectivo, abandonando a una hija en su infancia y a una esposa en edad madura, para que su memoria fuera olvidada por la sociedad, logrando la consecución de los objetivos de la entonces minoría.

¿Quién es Jorge Eliécer Gaitán Ayala?

¡Nadie! … Ni siquiera un recuerdo.

Así pues, ad portas del aniversario 115 de su nacimiento, ocurrido el 23 de enero de 1903, quisiera poder decir en su tumba "feliz cumpleaños", pero tampoco se podrá, porque su historia ha sido refundida en el olvido y el gobierno nacional, como antaño, contribuirá a que la muchedumbre pierda el recuerdo de este magno hombre, que si al caso figurará en los billetes de 1000 en desuso.

Por un tiempo más, junto a su madre, la maestra Manuelita Ayala, reposa en una tumba olvidada el hijo de don Eliécer, hermano de Rosa, Leonor, Manuel José, Miguel Ángel, José Antonio, Rafael, Jorge Eliécer –el primero– y otro, de nombre desconocido, hijo del primer matrimonio de su progenitora. Padre de Gloria. Esposo de Amparo Jaramillo Jaramillo. Residente de la Calle 42 No. 15-52, expropiada por el gobierno, porque la viuda se negaba a dar sepultura al mártir. Inhumado en la sala de su casa. Trasladado unos metros más allá. Exalumno del Colegio Simón Araujo para liberales. Bachiller del Colegio Martín Restrepo Mejía. Abogado de la Universidad Nacional de Colombia. Doctor en Jurisprudencia de la Real Universidad de Roma. Magna Cum Laudem de la misma institución: El criterio positivo de la premeditación. Cuyas ideas permanecen vigentes en la doctrina del derecho norteamericano. Diputado de la Asamblea de Cundinamarca. Concejal de Bogotá. Alcalde de la misma ciudad. Representante a la Cámara. Presidente de esta Corporación. Senador de la República. Presidente del Congreso. Magistrado de la Honorable Corte Suprema de Justicia. Ministro de Educación Nacional en la época de don Eduardo Santos. Ministro de Trabajo de don Darío Echandía. Presidente de la Dirección Nacional Liberal. Candidato Presidencial. Fundador de la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria. Rector de la Universidad Libre. Amigo personal de la señora Emita y especialmente, amigo de mi abuela.

Un hombre y un sueño, fallecido dos veces: la primera por balas de origen desconocido, la segunda por la ignominia del gobierno y la traición de sus amigos.

“No conozco la primera idea que haya triunfado por la razón; sí conozco la razón que ha triunfado por el sentimiento. Y aún he visto a la razón vencida cuando sus enemigos tenían una pasión tan grande.

Fue el amor, es decir un sentimiento, y no la razón, la que dio estoicismo a Sócrates, resignación a Cristo, intrepidez a Huss, dignidad a Campanella, impasividad a Praga, y, en fin, gloria y triunfo a ese cortejo de sacrificados que entre sangre, lágrimas y fuego han forjado el bienestar humano”.

“Las cenizas inmaculadas del gran asesinado suben al cielo en mirajes de dolor y sobre los horizontes se extienden en una floración de donde los astros del porvenir proyectan fúlgidos reflejos, que serán los encargados de custodiar esta tumba".

La historia se engalana con su nombre, el héroe se levanta ante los pueblos y Colombia llora la desaparición de Jorge Eliécer Gaitán Ayala.

A propósito, para que mi buen amigo deje de buscarla, frente a mí, en esta habitación, se encuentra la casaca azul rey con franjas rojas, que sirviera aquel día en el Exploratorio Nacional de atavío para homenajear a los difuntos. Aún hoy relucen sus botones dorados. Y sus charreteras rojas reciben al atardecer los rayos solares que me hacen recordar aquéllos tiempos.

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