Jhonny Rivera, el cantante que enloquece paras, guerrillas, narcos y gomelos

Acompañó en su despecho a la temible Karina, el paramilitar Ramón Isaza lo contrataba, sus discos retumban en las cantinas de Tumaco y en los bafles de los carros de alta gama

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octubre 19, 2017
Jhonny Rivera, el cantante que enloquece paras, guerrillas, narcos y gomelos

Salía de Samaná Caldas con su comitiva cuando, en plena carretera, una Toyota les cerró el paso. Jhonny Rivera se asustó al ver las armas recién lustradas, brillantes. No lo apuntaron, ni lo amenazaron. El que iba al lado del chofer se bajó y le dijo, con la voz entrecortada que su patrón, Ramón Isaza, era su admirador incondicional y que quería escucharlo cantar. Jhonny sabía que Isaza había sido socio del narco Ramírez Gacha y que fue uno de los fundadores de las Autodefensas Unidas de Colombia. Era temible hasta el punto que fue uno de los únicos hombres que se le enfrentó con todos los fierros a Pablo Escobar. Rivera sabía todo eso pero no podía hacerle caso al ofrecimiento del hombre. Le dijo la verdad: lo esperaban en Aranzazu Caldas para un concierto en la plaza del pueblo. Con firmeza les dio su número personal y los hombres de Isaza le hicieron una reverencia y con humildad se fueron. Al otro día lo llamaron y cuadraron para el fin de semana siguiente. Los esperaron en una vereda de Caldas, en pleno camino destapado. Los llevaron y los trataron como estrellas. Isaza quedó tan contento que lo llamó cinco veces más.

Jhonny Rivera a sus 44 años ha dado conciertos a Esmeralderos, paras, capos de la mafia y hasta las Farc cuando aún eran una guerrilla. Ha cantado en grandes plazas de España, Estados Unidos y Ecuador. Le han hecho reportajes para la revista Billboard y ha compartido escenarios junto a Vicente Fernandez, Diomedes Díaz, Ana Gabriel, Marc Anthony, Jorge Celedón y J Balvin con quien incluso grabó una canción. Sin embargo hubo una época en que todo fue tan oscuro que quiso quitarse dos veces la vida.

John Jairo Rivera Valencia nació el 23 de febrero de 1974 en la vereda Pérez del corregimiento de Arabia, muy cerca de Pereira. Hijo de un agricultor José Oscar Rivera' y una profesora, María Mabel Valencia. Muchas noches John Jairo tuvo que pasar la noche en la escuela que se convirtió en su segundo hogar. Trabajaba la tierra hasta el agotamiento y cuando quedaba tiempo estudiaba. Su único contacto con la tecnología ocurría cuando acompañaba a su papá a llamar al Telecom de Arabia en donde el viejo hacía llamadas. La primera vez que habló por teléfono tenía 17 años. A esa edad Gerardo y Jairo, unos primos que vivían en Bogotá, fueron a pasar vacaciones de fin de año a la parcela donde vivía. Le aconsejaron que si quería ser alguien tenía que irse para la capital. El joven campesino no entendió. Creyó que lo estaban invitando a irse con ellos. Cuando se fueron el salió con dos maletas. Los primos lo llevaron creyendo que había que dejarlo en otro sitio. Cuando llegaron a Bogotá se dieron cuenta de la confusión: Jhonny había entendido mal.

Fue un encarte para ellos. Al principio no sabían qué hacer con él. Lo dejaron durmiendo en el sofá y le consiguieron un puesto como mensajero. En esa época John Jairo no pensaba en ser cantante. Tan solo quería subsistir. Empezó a hacer puertas. Un carpintero del que se hizo amigo le enseñó la técnica. Una tarde un hombre le mandó hacer 14 puertas. Rivera le cobró 75 mil pesos por cada una. Al hombre le pareció bien y le adelantó la mitad. Creyó que las privaciones quedarían atrás. Puso un taller, compró sierras, lijas, todas las máquinas. A los 19 se sentía próspero y regresó a Arabia en plenas fiestas navideñas.

El 24 de diciembre, cuando la fiesta explotaba, se fue a tomarse una cerveza con uno de sus cuñados a la plaza central. Allí conoció a Gladys. Bailaron seis piezas seguidas y nunca se separaron más. Un año después nacería Andy, su único hijo. Se fueron a vivir a Bogotá y soportarían un largo infierno.

John Jairo no sabía nada de la vida y cometió el error de llevar al pequeño a la carpintería. El aserrín y la pintura destrozaron los pulmones del niño. Tenía una neumonía aguda y empezaron a echarse la culpa entre ellos. La relación se dañó y ella terminó devolviéndose para Pereira mientras John Jairo sofocaba sus penas con aguardiente y prostitutas. Una de esas noches de locura sufrió un accidente y destruyó un semáforo. Tuvo que rematar el taller para pagarlo. Al poco tiempo, con 27 años, se devolvió debiendo 12 meses de arriendo a Pereira. Gladys a su vez conoció a otro hombre y se fue a vivir a España. John Jairo creyó que se le acababa la vida. Vendía muebles puerta a puerta y a crédito. Nunca le pagaron una sola cuota. La deuda crecía como un tumor maligno. Una vez quiso tirarse de un puente. Otra noche pensó estrellarse con un camión mientras conducía su motocicleta cerró los ojos y esperó para escuchar el crack. Se arrepintió a último momento.

Se desahogó escribiendo la canción Sólo Dios sabe el dolor de una partida. No sabía de música, no tenía buena voz, nunca se había leído un libro o un poema, pero sentía como un carbón en brasas la pérdida de Andy. Se la llevó al productor Diego Pareja quien escéptico dejó grabar al muchacho de 30 años en su estudio.

Pasaron los meses y el éxito no llegaba. Trabajaba como obrero en una construcción cuando escuchó en la emisora Amor Stereo a la locutora María Teresa Pachón recibir una llamada. La oyente le pedía la canción Sólo Dios sabe el dolor de una partida del cantante Jhonny Rivera. La locutora se disculpó: “No conozco a ese artista, no lo tengo”. Sus compañeros en la obra de construcción lo convencieron que se fuera hasta Santa Rosa de Viboral, donde estaba la emisora para que se presentara. Se bañó, se fue en moto y emocionado dijo que él era el cantante. La locutora Pachón no podía creer que fuera un obrero de construcción. Su mamá se quedó con la boca abierta y lloró de la emoción al escuchar la débil voz de su hijo en la radio.

A partir de allí todo fue cuesta arriba. Lo único fue pilotear a los grupos armados que se sentían identificados con su música y lo buscaban. Entre las Farc tenía una fanaticada gigante. En Corinto Cauca, en el 2007, en un concierto que le dio a los guerrilleros, la temible Karina dijo que para ellos El dolor de una partida se había convertido en un himno después de que uno de los comandantes se había suicidado después de perder a su compañera en un combate y la última canción que escuchó fue ese canto al dolor. En los llanos del Yarí, en la X Conferencia de las Farc, Jhonny Rivera fue uno de los platos fuertes por encima de la consagrada Orquesta Aragón. El 1 de septiembre pasado Rivera también estuvo en el concierto que celebraba la incorporación de las Farc como grupo político en plena Plaza de Bolívar.

A pesar de la fama Rivera sigue siendo el mismo campesino de Risaralda. Un tipo tranquilo al que no le importa lo que le dicen sus rivales que no tiene voz para cantar, que es un producto de las emisoras. Sólo él y su familia saben lo mucho que le ha costado llegar a la cima

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