¿Iván Duque, la cara amable del uribismo populista?

Según el autor, aunque el candidato reniega de esta tendencia y se la achaca exclusivamente a algunos de sus contrincantes, también cae en ella

Por: Camilo David Cárdenas Barreto
marzo 16, 2018
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¿Iván Duque, la cara amable del uribismo populista?

"Izquierda radical" o "castrochavismo" son palabras que muestran hasta qué punto se ha deteriorado el debate político colombiano, que prefiere el uso de palabras polarizantes que generen miedo antes que discutir con argumentos las propuestas de campaña. A pesar de su semblante aparentemente tecnocrático, Iván Duque ha seguido esta embaucadora táctica de su jefe político Álvaro Uribe, pues una y otra vez caricaturiza las opciones de izquierda democrática con el supuesto espejo de Venezuela: "¡No caigan en las garras del socialismo! ¡No seremos otra Venezuela!, ¡tengan cuidado con el populismo!", vocifera una y otra vez, como en este video.

Pero cuando este discurso del "castrochavismo" y del "populismo" deje de ser eficiente o se vuelque en su contra, ¿qué le quedará al uribismo?

Duque ha dado a entender que hay "populismo" cuando un candidato promete lo que la gente quiere oír, pero no puede cumplir. En este sentido trivial de populismo, no habría político exento de esta práctica. Veamos brevemente, por ejemplo, las promesas que Uribe no cumplió en sus ocho años de gobierno —2002-2010—, bien porque estaba pensando con el deseo o porque la corrupción en que degeneraron sus políticas públicas no le permitieron darles feliz término; miremos, pues, su "populismo".

En un reportaje publicado por Noticias RCN intitulado El fin de una era: las promesas incumplidas, se hace un balance crítico del legado de ocho años de gobierno Uribe. Veamos algunos de los puntos más relevantes.

Desempleo. Uribe había prometido generar empleo y disminuirlo a un dígito, pero a 2010 "la desocupación ascendía a 11.6%, 2.519.000 colombianos no tenían trabajo y el rebusque superaba el 60%". En definitiva, "Colombia terminó con una de las dos tasas de desempleo más altas de América Latina". Fue una de las políticas que más fracasó del gobierno Uribe.

Reactivación del agro. El programa Agro Ingreso Seguro, que pretendía una reforma integral a favor de la productividad del campo, terminó convirtiéndose en uno de los escándalos de corrupción más sonados del gobierno Uribe y la razón por la cual el exministro de Agricultura Andrés Felipe Arias hoy está condenado por la Corte Suprema. El desvío de subsidios a favor de familias prestantes, en detrimento de que llegaran para quienes estaba dirigida esta política —los pequeños productores—, originó que la meta de reactivar el agro no se cumpliera: "… el sector agropecuario durante la era Uribe creció sólo la mitad de lo que lo hizo en promedio el resto de la economía: 2.9%; el desplazamiento aumentó y los campesinos no quieren volver a sus tierras". Un lamentable legado por donde se le mire.

Reducción del Congreso. Uribe quería reducir el número de congresistas de 266 a 150, "sin altos salarios, sin prebendas ni beneficios para ellos y sus familias". Pero no solo no cumplió ninguna de estas cosas, sino que permitió que el Congreso fuera cooptado por políticos apoyados por el narcoparamilitarismo. A 2013, 60 excongresistas habían sido capturados, la mayoría de Cambio Radical, y pertenecientes a la coalición de gobierno. Un grave hecho que minó la legitimidad material del Congreso.

Atención en salud. Uribe prometió mejorar la calidad y eficiencia del servicio de salud público; decía que había que lograr que "todo colombiano que tenga un carné de salud pueda quedar conforme con la atención". Pero nada de eso se cumplió, pues "los tiempos de espera, la calidad en el servicio [dejaron] mucho que desear". Uribe dejó un sistema de salud en crisis, debilitado por la falta de transparencia de las EPS, el clientelismo y la corrupción. El propio Juan Manuel Santos reveló en 2015 que el desvío de recursos de la salud a manos de organizaciones paramilitares entre 2002 y 2015 se calculaba en $530 mil millones. Hoy por hoy Uribe culpa a Santos de la persistente crisis del sistema, sin asumir su propia responsabilidad.

Infraestructura. Otro grave lunar de su administración. "El proyecto ferroviario más importante, el central, que uniría el interior del país con la Costa Atlántica no se cumplió. La licitación fracasó. Quedó al descubierto un escándalo de corrupción. Hasta el fin de la era Uribe se registran problemas con las licitaciones. La Ruta del Sol fue adjudicada después de varios intentos. El último: la Transversal de las Américas, fue adjudicado sí o sí y le costó la renuncia del director del Inco". El proyecto de la Ruta del Sol es sintomático de la corrupción en los procesos licitatorios, que desde los tiempos de Samper dejaron una billonaria obra sin terminar, desangre de las arcas del Estado y un futuro incierto. En 2009 Álvaro Uribe retomaría el proyecto y adjudicaría parte de éste a Consol, consorcio conformado por Odebrecht. Por estos hechos, el exviceministro de transporte del gobierno Uribe, Gabriel García Morales, fue condenado en diciembre de 2017, pues aceptó que recibió sobornos de Odebrecht para "celebrar  indebidamente" ese contrato.

Este resumen de sólo cinco puntos arrroja un balance más bien triste para el hombre que, dicen, "recuperó la patria". Iván Duque, su nuevo heredero, se convirtió en la cara amable y tecnocrática de un uribismo que pretende disimular este pasado reciente de ineficiencia, clientelismo y corrupción, igual que lo intentó hacer fallidamente el vapuleado Óscar Iván Zuluaga. Pero Duque no puede disimular el delirio uribista al que se debe: no sólo usa la táctica del coco del castrochavismo, sino que para montar una cortina de humo y proteger a su padrino político respecto a las pruebas que lo involucran en la fabricación de falsos testigos, ha llegado a decir que en La Habana se pactó la captura de Uribe.

En materia económica, al igual que Uribe, Duque lanza consignas populistas: "¡Más salarios, menos impuestos!". ¿Pero cómo lo logrará, dada la actual situación fiscal del país? No es clara su estrategia, como lo hace ver Semana. También ha llegado a decir que aplicará 6 días sin IVA al año —un día sin IVA cada dos meses—, o que la informalidad se debe al exceso de tributación y no a condiciones socioeconómicas como el conflicto armado y el desplazamiento —concepción que ha sido criticada por el economista Salomón Kalmanovitz en su columna Mano firme, corazón grande—, y todo ello a pesar de que 2nuestro recaudo tributario es del 20% del ingreso nacional, poquísimo comparado con un país como Suecia, donde es de más del 40%», como dice el economista Luis Carlos Reyes. A su vez, Duque menciona que "grandes, medianas y pequeñas empresas" no pueden tener la misma carga de impuestos, pero no toca el tema gordo de cuántos impuestos realmente están pagando los más ricos. En su retórica polarizadora, dirá que eso es promover la "lucha de clases", como si la política electoral no gestionara precisamente conflictos entre las clases sociales y no existieran los ejemplos de las democracias igualitarias nórdicas, que no riñen con la existencia del mercado. Debería recordar Duque las palabras de Jorge Eliécer Gaitán según las cuales "sin democracia económica no hay democracia política". La democracia resulta siendo un formalismo cuando sectores de la población venden su voto porque tienen hambre. Pero un tecnócrata del BID montado en el cuento de que en La Habana se pactó la cárcel para Uribe y no reformas democráticas para paliar el conflicto armado en un país profundamente desigual, no lo entendería.

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