Invidencia sin dejar de ver

Un mundo para los discapacitados

Por: Cristian Jimenez
agosto 11, 2014
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Invidencia sin dejar de ver
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-¿Puedo hacerle una serie de preguntas?

-No, a mi no me gustan esa clase de cosas; como yo, hay muchas personas que quizá le ayuden con ello.

Pertenecemos en una sociedad obsesionada con la perfección física; sin espacios apropiados para las personas que presentan irregularidades en su humanidad. Tendencia incrementada por la fascinación a la simetría promulgada por los medios de información –en la gran mayoría de veces. Impidiendo un desarrollo óptimo por las frecuentes restricciones -explicitas e implícitas- con quienes se encuentran limitados por una cuestión de naturaleza o, a causa de un acontecimiento en el devenir de los días. “Ignorantes somos todos, pobre de éste país”: escuché decírselo a un hombre con alcohol en su torrente sanguíneo; cuánta verdad a pesar del estado del sujeto en aquella ocasión. En verdad, los avances históricos de la población mundial no son comparables con el inmenso analfabetismo cultural del ser humano; hemos sido capaces de trascender a través de los años con las diferentes invenciones –tecnológicas- que gobiernan la actualidad, pero olvidamos la importancia de valorizar y amparar los individuos que componen los reducidos grupos que sufren inconvenientes por sus condiciones fisiológicas.

Nunca había tenido la oportunidad de compartir conversación con una persona que estuviera involucrada en el tema de las limitaciones física; ello cambiaría la tarde que nos reunimos un grupo no mayor de veinte individuos con el fin de ser participes de la charla mediada por el escritor mexicano, Élmer Mendoza; quien se encontraba en Bogotá  para la promoción de su último libro: “El misterio de la orquídea calavera”. El lugar de encuentro fue al interior de una de las diecisiete bibliotecas públicas de la ciudad; donde los sujetos llegaban en compañía, de a dos, de a tres y en la mayoría de veces, de a uno. Los minutos pasaban sin traer consigo a la figura de esa tarde; la espera obligó a la organizadora a tomar el teléfono móvil para saber el paradero del extranjero; llamada que no consumió más de varios segundos, al terminar, la mujer se acercó para dar conocer el pronto arribo del ser al otro lado de la línea telefónica. Acertada fue la afirmación: las puertas del ascensor se desplegaron para dejar ver la salida del sujeto, que se acomodó en la silla dispuesta para la fácil interacción del público con él.

Aunque estaban en orden los elemento para el “encuentro con el autor”, aún se encontraban muchas sillas sin ocupar; a la derecha se observan varios espacios al igual que a la izquierda –meditando, la fila donde me encontraba era la menos habitada del auditorio. Vacíos ocupados a medida que el tiempo trascurría, llegando a escasear los lugares para las personas superadas por la hora de iniciación del evento. Los asientos alrededor no habían sido abordados en la totalidad; dos, para ser más preciso: uno junto a mí y otro no tan distante. Los pocos que llegaron pasados los treinta minutos, agradecieron haber encontrado una zona donde poder acomodarse. Recuerdo el sujeto situado al costado de mi –debo aceptar que me desentendí de él en los primeros minutos de haberse sentado-, con aspecto nada anormal de lo cotidiano, excepto por la gafas negras que traía consigo; extraño es llevar ese artículo en la tenue visibilidad que provee la penumbra de la noche. No tardó en moverlas del rostro para guardarla en el bolsillo derecho de la chaqueta mezclada con la vestimenta de ese día; dejando ver una mirada ausente de la realidad aunque atenta al ambiente que rodeaba en ese instante al dueño de aquella visión. Quizás el sujeto se percató de la intromisión porque giro la cabeza para conversar.

-¿Hace mucho comenzó la charla? –preguntó sin saludar.

-No, hace unos pocos minutos inició –le respondí con la presencia de la duda.

-¿Ha leído alguna obra de él? –prosiguió con el interrogatorio.

-Solo algunas reseñas que varias revistas han hecho de los textos. ¿Usted si lo ha hecho? –me atreví a preguntarle.

-No; hasta ahora vengo a saber de él –agregó.

De la repentina forma como empezó el intercambio de palabras, así mismo se silenció el espacio; él regresó la vista al escenario mientras yo seguía fijándome en las acciones de sus ojos. Por más que tratara de concentrarme en no pensar en el inusual acto de observar del hombre, siempre retornaba a analizarlo con el fin de buscar solución a la incertidumbre que me invadía; de seguro es invidente –una de las opciones que consideré-; pero entonces cómo hizo para llegar sin ayuda, además no lo veía acompañado de un “bastón blanco” –nombre dado a la vara usada por las personas con limitación visual. Contemplé las manos para obtener algún indicio de la hipótesis formulada; nada, las palmas únicamente sostenían la mugre dejado ver entre las uñas. No le podía preguntar por el potencial disgusto que provocaría en él; preferí entonces acudir a la paciencia para obtener alguna conclusión.

Se incrementaba la ansiedad por la falta de respuesta en el trascurrir de los minutos. Monotonía modificada por el sujeto al sacar parte de unos binoculares –objeto cilíndrico con una cubierta de cinta negra para evitar la descomposición; hibridación que de seguro hizo él- del bolsillo izquierdo de la chaqueta, dirigiéndolo hacia el ojo derecho donde lo sostuvo con firmeza en distintas direcciones, aún así teniendo como prioridad al escritor. Me sorprendió ver que las personas no se fijaban en el hombre de la misma forma como yo lo hacía, para ellos lo normal se definía en ver una protuberancia plástica posicionada en frente de la pupila de aquel sujeto; Incluso le sonreían y saludaban cuando los señalaba con al artilugio en su vista. Asimismo observe el semblante gozoso que proclamaba el rostro del individuo, se sentía a gusto en un lugar donde no se tomaba en consideración la limitación que llevaba consigo. Impremeditado –como lo sucedido a lo largo de ese día- fue el enfoque que hizo hacia mi rostro con esa adaptación óptica; en ese instante percaté la paradójica realidad de haber sido yo, el observado. Terminado el evento, tuve la iniciativa de hacerle una pregunta al personaje, quien replicó con la firme idea haber sido buscado desde el comienzo por su condición.

 
@Cristian_Jz

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