Hugh Hefner, ese viejo maldito que odiaba a las mujeres

Fue un genio pero también, según declaraciones de exconejitas y novias, la vida a la que las sometía en la mansión Playboy era un infierno

Por: Miguel Bejarano
septiembre 29, 2017
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Hugh Hefner, ese viejo maldito que odiaba a las mujeres

Muchos machistas adecuaron sus perfiles de Facebook para despedir a lo que ellos consideraban un rey. Decían que tenía pintando en el rostro la satisfacción de nunca haberse masturbado. Desde los 30 años siempre tuvo a su lado a una conejita que, como una esclava, satisfacía sus deseos.

Con Hefner no muere solo el hombre que hizo una fortuna desnudando mujeres y volviéndolas famosas sino que también termina una época. La época en la que la mujer solo lograba celebridad mostrando sus tetas. La época cuando la mujer solo aspiraba a atender una casa grande, llena de invitados desagradables dispuestos a ser atendidos a su gusto. Eso era la Mansión Playboy, la casa de explotación de mujeres más célebre y elegante del mundo. Allí los Rolling Stones rumbiaron y metieron perico durante una semana. La casa en donde hasta presidente de Estados Unidos calmaron su estrés masculino acostándose con jovencitas.

Y las jovencitas en algún momento hablaron y denunciaron al monstruo. Adentro de la casa solo eran objetos de placer dispuestos a hacer felices a su dueño y a sus amigos. Hefner tuvo muchas cosas buenas y Playboy en su momento llegó a publicar grandes reportajes y entrevistas. Además, destinó buena parte de su fortuna a restaurar clásicos de Hollywood, sus tardes de cine en el salón principal de la mansión eran célebres; pero en general era un viejito desagradable y verde que le gustaba tocar los traseros firmes de muchachas a las que les llevaba 75 años. Qué porquería.

Y que porquería ver cómo los hombres despertaron a su macho de redes poniendo memes y homenajes. Sí, Hefner era el macho desagradable y poderoso que ellos siempre quisieron ser. El sueño de llegar a los 91 años atestados de viagra a un sitio público rodeado de una docena de bendecidas y afortunadas que no tienen otro camino a la trascendencia que sentarse a aguantarse el olor a alcantarilla que despiertan tantos viejitos. En realidad Hefner no tuvo la culpa. Hefner solo supo interpretar lo que los machos querían y los machos solo quieren y les interesa una cosa: someter, arrodillar, reducir a su mínima expresión  a una de esas muchachas bonitas que solo quieren amor y un castillo que atender. Ser la dueña del castillo de ensueño que una educación machista las obligó a desear

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