Huele a revolución

"Qué hay que perder: la vida la están arrebatando con menos dignidad y las propiedades, si acaso se tienen, se pueden esfumar en cualquier momento"

Por: Efraín José Martínez Meneses
septiembre 25, 2020
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Huele a revolución
Foto: Las2orillas

Los síntomas son claros. De hecho, si fuera posible establecer una taxonomía de las revoluciones, podríamos determinar que estamos en un nivel de complejidad próximo al estallido; en este escaño el descontento social es evidente: el cada vez más descarado accionar de los gobernantes es oxígeno para la flama que mantiene encendida con la corrupción, la crisis económica, la incertidumbre de los jóvenes frente a un futuro en un país que los asesina, los endeuda y les ofrece sueldos que no compensan el esfuerzo y la inversión en educación, que les restriega constantemente que el nepotismo es el título de mayor valía.

La invisibilidad de los que mueren en la provincia profunda, el desprecio a las minorías raciales y la impotencia de la gente común frente a las injusticias y la impunidad están próximas a desatar algo sin precedentes en el país. Todo esto en un caldo que incluye vestigios de ilustración en la sociedad gracias a influenciadores y medios alternativos, que como en la admirada revolución francesa tienen sus nichos pensantes por todo el país y se expanden cada vez más diseminando verdades ocultadas por los medios corporativos.

No se puede esconder que solo existen dos grandes intereses del gobierno, representar los intereses de los grupos económicos patrocinadores y conservar el poder para poder proteger a sus corruptos y delincuentes. Deben sostenerse a como dé lugar, no importan los medios, salir de él y no tener recursos naturales, una política servil y mercados indefensos para ofrecer a las grandes potencias, los dejarían vulnerables, sin capacidad de negociación frente al primer mundo amoral y ambicioso, que de no ser porque nos consideran unos idiotas útiles, ya estaría enviando órdenes de extradición a la mayoría de la clase política del país.

¿Qué hay que perder? ¿La vida? La están arrebatando con menos dignidad. ¿Qué hay que perder? ¿Las propiedades? Si acaso se tienen, se pueden esfumar si un grupo armado, si un terrateniente o si un político se interesa en ellas. No llegamos a ser, siquiera, un tercer estado. La participación del pueblo en las decisiones de gobierno, se limitan a aquellas que puedan crear una dependencia a potenciales votantes que sostienen una democracia deforme, alimentada con migajas, con sobornos, con miedos. Nuestra democracia es un animal maltratado. Hoy muestra los dientes después de tanto atropello.

Puede ser un movimiento calculado, provocado, adrede, para crear el miedo el gobierno necesita un villano, un espantajo, las Farc ya no le son tan útiles, aunque han querido trasladar ese odio tan funcional que habían logrado, a cualquier cosa que les moleste sus opulentas existencias: periodistas, marchantes, la sociedad pensante. Es por eso que alientan la rebelión, desean que se vuelvan a crear grupos armados, los necesitan para generar la repetición del país, una y otra vez, porque en todas las versiones, ellos siempre tienen el mejor papel y el pueblo, simples extras mal pagos que mueren en las primeras escenas.

Sin embargo, ese cálculo, dadas las circunstancias, les puede salir mal. Las Farc y el ELN, aún en sus mejores tiempos, han estado lejos, muy lejos, de arañar el poder, pero han sido útiles para culparlos de la incompetencia estatal y para la ridícula campaña de miedo que ha sido efectiva entre quienes son tierra fértil para los miedos y los odios. Se puede salir de cauce. Hoy son millones y millones los inconformes. Hoy son millones y millones los que han perdido el miedo. Hoy son millones y millones los que ya no creen las mentiras y la manipulación, no son esta vez solo aquellos invisibilizados en los montes, esta vez la dignidad anda por ahí, en todas partes, en ciudades y veredas.

Tal vez, eso que estábamos buscando que nos uniera, no provenga de nosotros, sino de aquellos que nos han dividido siempre. Los jóvenes pueden hoy cambiar el país por uno que les guste, que los respete, y mandar a callar a esas generaciones criticonas que nunca hicieron nada más que sentirse a gustos con solo sobrevivir gracias a la sumisión desvergonzada. Ojalá hoy vayan por el poder y no dejen que se los arrebaten los oportunistas de siempre. Y esperamos de todo corazón que no se siga “asesinando la vida en primavera”.

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